MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 30: EL PARTIDO DE WATERPOLO CON MÁS TENSIÓN DE LA HISTORIA: LAS SEMIFINALES HUNGRÍA-URSS DE MELBOUNE 56

Se le ha considerado el partido de waterpolo más importante de la Historia, al menos –y no es decir poco- de la Historia olímpica. Las circunstancias que lo rodearon tuvieron mucho que ver para que se desarrollara como lo hizo, muy por encima de su ya importante resultado olímpico, pues se disputó en unas semifinales, es decir, jugándose el pase ni más ni menos a una final del torneo deportivo más importante. Sucedió hace décadas, más de medio siglo, pero sigue vivo en la memoria, especialmente en la de los húngaros. Los magiares se toman muy en serio el waterpolo, deporte que consideran casi como propio y que les ha proporcionado muchas alegrías olímpicas. No ganar en unos Juegos Olímpicos en esta disciplina para ellos supone casi una afrenta, pero con mucha diferencia lo supuso en los Juegos de Melbourne de 1956.

Al disputarse esa edición en el hemisferio sur los Juegos de Verano tuvieron lugar en el invierno europeo. La potente selección húngara se encontraba concentrada en las montañas, alejados de Budapest, así que no pudieron vivir de cerca los tristes e históricos acontecimientos que se desarrollaron en la capital esos días. El 23 de octubre de 1956 empezaron a desatarse los incidentes, que empezaron con una pequeña manifestación, y que derivaron en una ocupación militar soviética por medio de tanques, intentando aplastar el movimiento popular en contra del control del país por parte de la todopoderosa URSS. Se trataba de un auténtico levantamiento ante el que la Unión Soviética no se anduvo con chiquitas. Miles de húngaros perecieron en la defensa de su hegemonía nacional.

Los waterpolistas seleccionados podían incluso escuchar los disparos desde su concentración y, con mayor claridad aún, ver el humo que producían los incidentes. Alguien –alguna autoridad, política o deportiva, eso puede que no se sepa nunca- decidió que nada debería alterar su preparación de cara a la Olimpiada, así que se les trasladó a la frontera con Checoslovaquia. Los jugadores aún no sabían la medida de la gravedad de la situación, aislados como estaban. Solo a su vuelta de Melbourne tendrían conocimiento de ello.

Dejamos a Hungría envuelto en el aplastamiento de sus movilizaciones y, pocas semanas más tarde, al combinado olímpico ya en Melbourne dispuesto, con más fuerza e incentivos que nunca, a ganar el oro por sus compatriotas. Jugaban por todo el país, como más tarde reconocieron los mismos jugadores.

                                                Recreación del partido

Según iba avanzando el torneo olímpico los magiares -entre los favoritos, si no los que más-, conseguían victoria tras victoria. En Australia parecía que jugaban en casa, puesto que siempre fueron animados tanto por la comunidad húngara exiliada como por la población local, que seguramente se puso de su parte debido a las penurias que estaba padeciendo en esos días la población húngara. Siempre apoyados, llegaron a la semifinal, que fatídicamente les enfrentó a la Unión Soviética. No podía haber rival más deseado y motivante.

De esa semifinal se puede contar mucho más que el resultado, claramente y desde el minuto uno favorable a los húngaros. Los centroeuropeos, aparte de ser sobre el papel superiores, tenían una clara consigna: poner nerviosos a sus rivales. No les costó pues, educados en el por entonces sistema soviético, todos dominaban la lengua rusa y, así, no tuvieron problema de insultar a sus oponentes en su lengua materna. El objetivo era ponerles nerviosos, enfadarles. Como declararía años más tarde el ídolo húngaro Ervin Zádor –y posterior protagonista del mayor incidente durante el partido-: “Si se enfadaban empezarían a pelear; si peleaban, no jugarían bien; si no jugaban bien, les batiríamos”. Y así ocurrió. Fue en todo momento un partido duro, bronco, con cinco jugadores expulsados en total.

La ventaja húngara alcanzó los cuatro goles a cero en el cuarto y definitivo cuarto. Y, cuando estaba a punto de terminar el encuentro, la tensión derivó en algo más que brusquedad. Quedaban dos minutos para el final. Un jugador húngaro le pidió al mencionado Zádor que marcara a Valentin Prokopov. El soviético, marcado por la estrella magiar, cometió un garrafal error por el que entró en la historia a punto de darse el pitido final: golpeó fuertemente a Zádor en el ojo. Eso fue el desencadenante de lo que se ha dado en llamar el “Baño sangriento de Melbourne”. Ervin Zádor comenzó a sangrar abundantemente, teniendo que salir de la piscina y, lo que es peor, dañado de la suficiente gravedad como para no poder disputar la final (que, adelantémoslo, acabaría ganando Hungría proclamándose así campeona olímpica). El público, enfurecido, enloqueció. Muchos espectadores se abalanzaron sobre el banquillo soviético, llegando a escupir a sus integrantes. La policía tuvo que escoltarles a la salida, tanto a los soviéticos como al público, obligado a evacuar el recinto. Mientras, multitud de fotógrafos solo buscaban una instantánea: la sangre derramándose sobre el cuerpo de Zádor. Dado el revuelo, el partido tuvo que ser dado por finalizado sin llegar el reloj a marcar su final. Los húngaros fueron declarados finalistas y, mucho mejor que ello, habían vengado a sus compatriotas que lucharon (muriendo muchos de ellos) frente a los soviéticos. Una dulce venganza, aunque acabara bañada en una sangre a la que nunca tuvo que llegarse. Estaba claro que en juego había más que una plaza para la final, por muy importante que fuera el logro deportivo. La selección húngara de waterpolo había ganado algo más que un partido.

Tras la final muchos de los jugadores húngaros prefirieron no volver a una Hungría cuyos conatos de revolución para librarse del control soviético habían sido aplastados. Desertó la mitad de toda la delegación olímpica, entre ellos Zádor, quien años más tarde llegaría a entrenar a un jovencísimo nadador, un tal Mark Spitz. ¿Les suena el nombre? Pero casi lo más increíble de esta historia es que, pasados exactamente 50 años del violento partido, los jugadores protagonistas del mismo tanto de la URSS como de Hungría se reunieron en Budapest y, contra todo pronóstico, se abrazaron y compartieron unas jornadas de auténtica hermandad, pasados ya los tensos momentos de 1956.

El húngaro Ervin Zádor abandona la piscina sangrando

El húngaro Ervin Zádor abandona la piscina sangrando

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GEMELOS OLÍMPICOS: GARANTÍA DE ÉXITO

La historia del deporte está repleta de dinastías: padres, hijos y hermanos que heredan el gusto por un deporte y llegan, incluso, a competir juntos o uno en contra de otro. En este artículo nos centraremos únicamente en unos cuantos pares de gemelos que además han conseguido ser medallistas olímpicos. Sólo unos pocos de la ingente cantidad que ha poblado la historia olímpica, pues hasta ahora suman 127 parejas de gemelos hermanos, 53 de gemelas y 4 de gemelos de distinto sexo. La estadística también nos dice que el deporte en el que más ha habido ha sido el atletismo, seguido del remo y de la vela. Repasemos las parejas de gemelos con más éxito en Juegos Olímpicos:

Quizá los más conocidos sean los tenistas estadounidenses Bryan, durante muchos años números uno en la categoría de dobles. Sólo les distingue la mano con la que cogen la raqueta, pues uno es zurdo y otro diestro. El número de los torneos conseguidos por Mike y Bob Bryan es ingente y en cuanto al torneo olímpico se refiere han logrado el oro en Londres 2012 y el bronce en Pekín 2008. No revalidaron su título en Río ya que no acudieron por “preocupaciones para su salud”, en aquellos días en que el virus del zika llegó a inquietar a tantos deportistas.

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El remo, en su modalidad de doble scull, es propicio para la participación de gemelos, ya que se requiere mucha coordinación y sincronía. Las gemelas idénticas neozelandesas Caroline y Georgina Evers-Swindell lo practicaron con éxito a principios de este siglo, logrando los mayores galardones y honores en su país pero, sobre todo, el oro olímpico y por duplicado. Sucedió en Atenas 2004 y en la cita sucesiva de Pekín. De hecho se convirtieron en las primeras mujeres en defender el título olímpico en su clase, aunque lo hiciera por un escasísimo margen de una centésima frente al dúo alemán. Una vez retiradas el Comité Olímpico de su país les hizo entrega de la Copa Lonsdale que viene a premiar la contribución más destacada en terreno olímpico para Nueva Zelanda.

Foto de FISA

Foto de FISA

Sincronía –nunca mejor dicho- es la que se le exige al dúo de natación sincronizada. ¿Qué mejor que una pareja de gemelas para realizarlo? Eso debió de pensar Estados Unidos, potencia de primer orden en la época de los Juegos de Barcelona 92, a los que acudió con las hermanas Sarah y Karen Josephson. Con ellas lograría el oro en dúos. En Seúl 88 habían sido ya plata. Tras su éxito en Barcelona se retiraron, habiendo ganado 16 campeonatos consecutivos. Hay que decir que ambas tuvieron también éxitos como solistas, categoría en la que participaban como rivales.

Foto de Shaun Botterill/Getty Images; Heinz Kluetmeier/SI

Foto de Shaun Botterill/Getty Images; Heinz Kluetmeier/SI

Volvemos al remo, esta vez con los gemelos alemanes del Este Jörg y Bernd Landvoigt. Participaban en la categoría de dos sin timonel. Su racha entre 1974 y 1980 era impresionante, pues ganaron todas menos una de las 180 carreras que disputaron. Lo curioso es que la que perdieron fue frente a otra pareja de gemelos: los por entonces soviéticos Yuri y Nicolai Pimenov. Los Landvoigt componían la pareja perfecta para su categoría, puesto que uno era zurdo y el otro diestro (cada remero en esa categoría ha de coger un solo remo y cada uno lo hace con una mano diferente). Juntos ganaron dos oros olímpicos: los de Montreal 76 y Moscú 80, así como el bronce en el ocho con timonel de los Juegos de Múnich 72. En cuanto a sus rivales directos -los citados gemelos Pimenov-, su palmarés es mucho más escaso, pues en cuanto al torneo olímpico se refiere se limitó a una medalla de plata, en la citada categoría del dos sin timonel en Moscú 80. Como curiosidad hay que resaltar que Nikolai se convertiría con el tiempo en un reputado pintor, ganando incluso un premio en la Olimpiada Cultural de 1992 (donde, por cierto, como deportista sólo alcanzaría el 15º puesto)

Los gemelos Landvoigt

Los gemelos Landvoigt

Puede que estas parejas de gemelos queden demasiado atrás en el recuerdo, pero no ocurre lo mismo con el siguiente ejemplo: el de los gimnastas de Estados Unidos Paul y Morgan Hamm. El último de ellos es el menos conocido al haber conquistado menos triunfos. La única medalla olímpica que consiguió fue la de plata en Atenas 2004 en la competición por equipos, al lado de su hermano Paul, quien aparte de la citada medalla conseguiría la plata en barra y, sobre todo y por encima de todo, el oro en el concurso individual. Esos éxitos le han convertido a Paul Hamm en el mejor gimnasta masculino de Estados Unidos y en el único en haber conseguido el oro individual tanto en Juegos Olímpicos como en el Mundial. El oro individual de Paul Hamm pendió de un hilo en un momento dado de la competición pues tras ir bien situado tras tres rondas se cayó en el salto, lo que le hizo bajar desastrosamente en la clasificación. Sólo los fallos de su rivales le volvieron a colocar en una buena posición, siendo cuarto tras la quinta y penúltima rotación. Finalmente ganaría por el margen más estrecho de la historia: 0.12 de punto.

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Otros gemelos campeones olímpicos en el mismo deporte pero en distintas categorías son los australianos John y Tom Anderson. El primero ganó en la clase Star en los Juegos de Múnich, mientras que su hermano lo hizo en la clase Dragon en los mismos Juegos.

No podemos dejar de lado los deportes de invierno, con dos parejas de gemelos bien notables: la compuesta por los patinadores de velocidad holandeses Michel y Ronald Mulder, gemelos que ocuparon juntos el podio, emulando de esta manera a la otra pareja más destacada de gemelos en deportes de invierno: los célebres hermanos estadounidenses Mahre (Phil y Steven), los primeros gemelos en hacerlo en unos Juegos de Invierno, éstos en esquí alpino en Sarajevo 84, en la prueba del slalom.

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Los Juegos de Río ofrecieron varias historias curiosas de gemelos, alguna con polémica incluida. Dos parejas de deportistas alemanes tuvieron protagonismo: por una parte los gemelos idénticos Lars y Sven Bender, que no solo son físicamente irreconocibles sino que sus movimientos y estilos de jugar parecen calcados uno del otro. Ambos pudieron juntarse de nuevo gracias al torneo olímpico de fútbol. Durante años jugaron en el mismo equipo, hasta que en 2009 separaron sus carreras. Alemania les cedió las dos únicas plazas que tiene para jugadores mayores de 23 años. Le salió bien la jugada a Hrubesch –seleccionador olímpico-, ya que los germanos alcanzaron la plata.

Sus compatriotas Lisa y Anna Hahner fueron objeto de críticas en su propio país al entrar juntas de la mano en la meta de la maratón, traicionando de este modo según algunos el espíritu deportivo de la competición. Esa misma prueba fue en la que participaron las trillizas olímpicas Luik, de Estonia, que dieron la vuelta al mundo al clasificarse todas para la prueba olímpica y ser indistinguibles.

Foto de Alexander Hassenstein/Getty Images

Foto de Alexander Hassenstein/Getty Images

Hasta los Juegos de Río no llegaron los gemelos eslovacos Pavol y Peter Hochschorner, con cuatro medallas olímpicas –de las cuales tres oros- de los que nos hemos encargado ya en estas páginas. Como ellos, la lista se completa y se completará en el futuro con muchas otras parejas de gemelos medallistas. Todo un aval de éxito.

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GENZEBE DIBABA: “LA DETENCIÓN DE MI ENTRENADOR PERTURBÓ MI PREPARACIÓN PARA RÍO 2016”

Jesse Owens y Usain Bolt comparten con un tercer atleta algo que sólo ha ocurrido en tres ocasiones en la Historia de su deporte: batir tres récords mundiales en tres eventos diferentes en un periodo no superior a quince días. ¿Quién es el tercer atleta que ha logrado tal gesta? Se trata de una etíope de apariencia diminuta: Genzebe Dibaba. Es la “mujer récord” por excelencia. A día de hoy tiene siete plusmarcas mundiales, aunque pocas horas después de escribir estas líneas atacará una más. En febrero de 2015 batió con escaso margen de tiempo los récords de los 1.500, 3.000 metros y el de las dos millas. Mediofondista que cubre muchas distancias (y que, nos confesó, probará también pronto la larga distancia de los 10.000) no es sino una más de un clan familiar que, en su conjunto, ha conseguido docenas de medallas, incluyendo diez olímpicas.

Porque Genzebe tiene un gran ejemplo a seguir, fundamentalmente el de su hermana Tirunesh y su prima Derartu Tulu. La primera, por citar sólo sus mayores logros, ha sido tres veces campeona olímpica y tiene tres medallas más en JJ.OO, mientras que Tulu cuenta con dos oros y un bronce olímpicos. Genzebe tiene en ellas un ejemplo a seguir y las valora dándolas una importancia fundamental en su carrera: Estar compitiendo, estar en una pista de atletismo, es siempre gracias a mi familia. Así lo entiendo yo. Desde que era una niña he visto a mis familiares ganar oros en Juegos Olímpicos y otros campeonatos y ellas me enseñaron lo grande que era el atletismo. Es gracias a ellas y debido a ellas que soy lo que soy. Me han hecho fuerte. No he necesitado nada de otras personas ya que he obtenido todo de mi propia familia. Ellas son la razón por la que compito y soy una atleta. Ellas me han apoyado mucho”.

Su hermana mayor Tirunesh es un espejo a seguir para Genzebe, pero no se obsesiona con superarla. Es más, no cree que pueda hacerlo, según nos contó, al menos en cuanto a medallas olímpicas se refiere: “No creo que pueda llegar nunca a superar a Tirunesh, porque ella tiene muchas medallas, pero espero hacer algo de historia olímpica yo misma por mi parte”.

Foto de Kirsty Wigglesworth/AP

Foto de Kirsty Wigglesworth/AP

Es verdad que Genzebe Dibaba parece estar más pendiente de hacer récords que de conseguir medallas, porque hasta ahora, en una carrera que comenzó en 2009 “sólo” ha conseguido un oro mundial (en los 1.500 del Mundial disputado en Pekín en 2015, así como un bronce en esa misma cita), tres oros en Mundiales en pista cubierta y, sobre todo, una plata olímpica en Río, en la carrera de los 1.500. Sus dos experiencias olímpicas fueron bien dispares. Genzebe nos las repasa: “En Londres me lesioné, así que no pude acabar la carrera. Estaba segura de que podría haber conquistado el oro, especialmente durante el mes previo a los Juegos porque estaba en un estado de forma espléndido y estaba pensando en el oro olímpico, pero los Juegos Olímpicos son también una cuestión de suerte. En esa ocasión no la tuve”. Efectivamente, una lesión en la última vuelta de su serie hizo que se retirara de los Juegos, unos Juegos en los que, por sus tiempos, tendría que haber salido con el oro colgado del cuello, si no al menos con alguna medalla de otro metal.

A Río iba con más experiencia; Genzebe no podía consentir que algo parecido a lo de Londres 2012 le volviera a ocurrir. Lideraba la carrera cuando, a unos 300 metros del final, no pudo con el ataque de la eventual ganadora, la keniana Kipyegon. En la meta Genzebe alcanzó el segundo puesto, que podría saber a poco, pero no fue esa la impresión que le quedó a la etíope: “En Río conseguí la plata y me siento muy contenta y orgullosa de haberla logrado porque no deja de ser una medalla olímpica. Salí contenta de Río, ya que conseguí mi primera medalla olímpica”. Y es que, si bien sus marcas la situaban como favorita en las vísperas de la carrera olímpica, un suceso poco más de un mes antes pudo haber dado al traste con cualquier aspiración de medalla. Estando en Sabadell, los Mossos d´Esquadra llegaron a detener a su entrenador, Jama Aden, por un asunto tan grave como el tráfico y el suministro de sustancias dopantes. Algo así pudo haber incluso acabado con la carrera de Genzebe, pero ella dio nunca positivo en ningún análisis y finalmente su entrenador fue liberado tras la detención inicial. Mas todo el embrollo afectó a la mediofondista, en vísperas casi de la mayor cita deportiva en años. Así cuenta Genzebe cómo pasó esos duros momentos: “Fue realmente muy molesto para mi preparación de cara a Río. La Prensa, mucha gente, no paraban de preguntarme por el asunto y eso molestaba a mi preparación. Fue un asunto que me sorprendió mucho, estaba en shock. Nunca habría pensado que podría pasar algo así. Yo creo en el trabajo duro. Me fastidió que esto ocurriera antes de unos Juegos Olímpicos. Lamento mucho que esto pasara porque tanto yo como mi entrenador creemos en el trabajo duro”.

Pasado el mal rato y la medalla final en Río 2016 Genzebe sigue corriendo y consiguiendo récord tras récord. Piensa en la próxima cita olímpica de Tokio, pero no le obsesiona ni siente presión por lograr el oro que debe, tiene que llegar para una atleta tan prestigiosa como ella. Tokio está lejano aún y se presenta más como un sueño que como un plan: “No puedo a día de hoy planear aún nada sobre los Juegos de Tokio porque están muy lejos y nadie sabe lo que puede ocurrir de ahora a entonces. Pero mi sueño y mi objetivo es alcanzar el oro en olímpico allí. No siento presión ni obsesión por ello”.

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LAS SOMBRAS DE HUMBERTO MARILES, EL MAYOR CAMPEÓN OLÍMPICO DE MÉJICO

Existen también historias oscuras detrás de campeones olímpicos. La figura que trataremos aquí es, cuanto menos, contradictoria. Sus compatriotas se debaten entre la vergüenza y el orgullo patrio, pues se trata ni más ni menos que del mayor y más grande medallista olímpico mejicano, pero con un recorrido postolímpico errático y delictivo. Humberto Mariles era militar, teniente coronel, para ser exactos. Practicaba hípica en una época en que incluso sólo les estaba permitido a los militares participar en esta disciplina en unos Juegos Olímpicos. Sus éxitos tuvieron lugar todos en la primera edición celebrada tras la II Guerra Mundial. Es por ello que Mariles (que consiguiera a la postre dos oros –en salto individual y por equipos- y un bronce –en el concurso completo-) cogiera los Juegos de Londres 1948 con tantas ganas. Había estado en plena forma los ciclos olímpicos anteriores, pero la paralización debido a la guerra impidió que debutara en unos Juegos.

Mariles era todo un carácter. No le importó enfrentarse al mismísimo presidente de su país, Miguel Alemán, cuando éste le comunicó que no participaría en Londres, por la sencilla razón de que no iba a ganar. Mariles montó en cólera y decidió partir y, de paso, demostrar a su comandante en jefe lo equivocado que estaba. Gracias a que él y sus compañeros regresaron victoriosos de los Juegos no solo se libraron de un posible castigo por desacato, sino que fueron recibidos con honores como héroes. Alemán llegó a proclamar en público el orgullo que las medallas de Humberto Mariles proporcionaban al país.

Hay que destacar que en Londres Mariles ganó con un caballo, Arete, tuerto. El equino había ido perdiendo la vista en un ojo debido a una deficiencia orgánica, hasta el punto de tener que extirpárselo finalmente. Pese a ello, sus cualidades eran tales que Humberto Mariles decidió llevarlo a la esperadísima cita olímpica en lugar de Resorte, el caballo con el que ya había estado entrenando.

Hasta aquí los momentos heroicos de este singular teniente coronel. Tras las condecoraciones, los homenajes, el aplauso general al convertirse en el primer mejicano en ganar un oro olímpico, el primero en ganar dos medallas y el único en ganar tres en una misma edición, llegaron los malos tiempos. Todo a raíz de una desacertadísima decisión tomada una noche de casi veinte años después de sus éxitos olímpicos, la del 14 de agosto de 1964. Esa noche Mariles se había tomado alguna que otra copa de más, pero condujo su coche. En plena carretera tuvo un incidente con otro automóvil; ambos conductores discutieron y Mariles cogió su arma de militar y disparó al estómago del otro conductor, que fallecería a la semana. Mariles llegó a estar meses escondido, a la fuga, pero finalmente se le juzgó y condenó a 20 años de cárcel. No cumplió ni mucho menos su condena y, paradójicamente, fue recibido de nuevo como un héroe a su salida de prisión. Incluso se realizó un desfile en su honor, ¡qué cosas tiene la pasión por el deporte!

Su historia se complica. Es posible que los años pasados entre rejas no hicieran ningún bien al ex campeón preso. Ya se sabe de las malas compañías carcelarias, de los chanchullos y tejemanejes que se llevan entre manos en esa institución. Es más que probable que, durante sus años pasados en la cárcel, Humberto Mariles realizara negocios con narcotraficantes. Ello resultaría ser su perdición.

De repente, con una hija a punto de casarse, a Mariles le entra la urgencia de ir a París. Posteriormente se descubriría que tenía en su posesión 60 kilos de heroína pura que supuestamente iba a sacar de Francia para distribuirla en Estados Unidos, donde alcanzaría un precio de en torno a los 15 millones de dólares. En el día más fatídico de su vida –más incluso, que aquel que acabó con el disparo al automovilista- se le vio comer con dos individuos en un restaurante. Se supo más tarde que se trataba de narcotraficantes. Al detenerlos la policía los individuos confiesan su relación con el mejicano y detienen a su vez a Mariles. Detenido en la cárcel Mariles fallece a los doce días, aparentemente de un edema pulmonar. Un análisis posterior determinó que había sido envenenado, aunque las causas de su muerte nunca llegaron a ser totalmente aclaradas. Una nube de dudas envolvió su fallecimiento. Se le llegaron a practicar dos autopsias, pero sus resultados nunca se dieron a conocer. Méjico no llegó a pedir su extradición en los días de su encarcelamiento y nadie, esos días, quiso ponerse en contacto con el antiguo héroe olímpico. Su vida, como su muerte, fue una pura contradicción. Sin duda el campeón olímpico más oscuro de la Historia.

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SERGUEI GRINKOV Y EKATERINA GORDEEVA: LA MEJOR PAREJA DE PATINAJE QUE FINALIZÓ EN TRAGEDIA

El siguiente relato es una historia de superación y éxito deportivo, una historia de amor y una tragedia personal con muerte incluida. Lo tiene todo para convertirse en una novela o película. Y todo lo que a continuación vamos a contar les pasó a unos campeones olímpicos (perdón, bicampeones) en plena carrera deportiva. Ellos fueron los rusos Serguei Grinkov y Ekaterina Gordeeva. Formaron una de las mejores parejas del patinaje artístico, cortada de raíz por la muerte de él. Sabemos el final, trágico. Vayamos al principio.

El principio ve a un Serguei niño muy apto para la práctica deportiva en una por entonces Unión Soviética que buscaba campeones. Con cinco años empieza en el patinaje y, según se va formando y creciendo, su entorno se percata de que sería mejor patinador en la modalidad de parejas, más que en la de individual que practicaba en sus inicios. Tenía por entonces 14 años, edad en la que sellaron su destino, al unirlo desde el comienzo con una pequeña de tan solo diez años: Ekaterina Gordeeva. Ya nunca más se separarían. Muy pronto comenzaron sus éxitos, primero en el campo junior y, desde 1986, en el senior con el primero de sus cuatro Mundiales. Era el comienzo de algo que parecía imparable. Juntos parecían ganarlo todo, cuanto menos no bajar del segundo puesto. Así ocurrió en cinco Mundiales, cuatro Europeos, tres –prestigiosos- campeonatos nacionales de Rusia, pruebas del Grand Prix, cuatro de lo que entonces se denominaba “Mundiales profesionales” e infinidad de otras competiciones. Hasta 25 llegaron a ganar y, si no lo hacían, nunca bajaban del segundo cajón del podio. Y eso que sufrieron, como en aquel insólito percance del que fueron víctimas en el Europeo de 1987. Comenzado su ejercicio, los jueces pararon la música porque se apercibieron de que Grinkov tenía mal atado un patín y pararon la música. Ellos no se detuvieron y realizaron todo el programa sin ella. Una vez acabado, no les puntuaron porque sin el elemento musical no está permitido patinar. No pudieron repetir su ejercicio debido al agotamiento.

Gordeeva y Grinkov destacaron también en los Juegos Olímpicos, como no podía ser de otra manera. En los dos en los que participaron –Calgary 88 y Lillehammer 94- ganaron el oro. Entre medias de ambas citas habían empezado a realizar exhibiciones, que en su época eran prácticamente la única fuente de ingresos en el patinaje. Otras parejas aparecieron, pero ellos siempre despuntaron sobre todos. Entre ambas citas también, Ekaterina y Serguei se convirtieron en pareja sentimental, matrimonio y padres de una niña. No es de extrañar, pues, que patinando juntos se apreciara su complicidad. La magia surgía espontánea en sus actuaciones, durante las cuales los ojos de uno no se despegaban de la otra y viceversa. Se llegó a decir que eran la mejor pareja de todos los tiempos. Se dijo también que su patinar era tan suave, tan etéreo, que parecían flotar.

Año y medio después de su segundo triunfo olímpico ocurrió lo imprevisto: era noviembre de 1995. Ekaterina y Serguei se encontraban en Lake Placid, Estados Unidos, entrenando para su inminente gira. Serguei se desmayó y falleció al poco de un ataque al corazón. Solo después los médicos descubrieron que el patinador tenía bloqueadas las arterias y más tarde hicieron otro descubrimiento: le encontraron una alteración en un gen que provoca infartos prematuros. Su caso se hizo tan famoso que ese gen tiene ahora el nombre de “el factor de riesgo de Grinkov”. Tras acusaciones a servicios médicos por no haber efectuado chequeos más profundos, siendo deportistas de élite, a Ekaterina le tocó pasar un duro periodo de duelo. Tuvieron que transcurrir unos meses para que encontrara la fuerza suficiente para volver a patinar en público. Y lo hizo para y “con” Serguei. Fue en una gala homenaje al patinador fallecido. Ella dijo que sentía como si Serguei patinara a su lado. Ekaterina, su pareja de siempre, le dedicaría un libro (“Mi Serguei: una historia de amor”) y un documental. Durante un tiempo Gordeeva siguió patinando como solista y más tarde esporádicamente al lado de otros grandes patinadores en exhibiciones. Su historia no acaba aquí, pues se casó tiempo más tarde con otro grande del patinaje: Ilia Kulik, campeón olímpico a su vez en Nagano 98, pero eso es otro cantar, u otro patinar…

Grinkov y Gordeeva en Lillehammer 94

Grinkov y Gordeeva en Lillehammer 94

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ANNA BESSONOVA, EXGIMNASTA DE RÍTMICA UCRANIANA: “LUCHAR CONTRA LAS RUSAS ME HIZO MÁS FUERTE”

Se paseó por los pabellones de medio mundo demostrando su valía y su arte, porque su deporte también es arte. Pudo, en ocasiones, con la “armada” de gimnastas rusas, llegando a convertirse en campeona del mundo, en una época dominada por gimnastas del calado de Yevgeniya Kanayeva, Olga Kapranova o la gran Alina Kabaeva, entre otras muchas. Ha sido siempre su deporte –la gimnasia rítmica- dominado como pocos por un país, Rusia, y si además tenemos en cuenta el factor jurado obtenemos como resultado que una gimnasta no rusa tiene que duplicar esfuerzos. Anna Bessonova, la ucraniana a la que nos referimos, reflexionó para Rincón Olímpico sobre este peliagudo aspecto: Solo cuando me retiré comprendí que la constante lucha contra las rusas, que siempre estaban por encima del resto, me hizo más fuerte. Si a menudo perdía contra ellos ello me hacía dos veces más fuerte. Todo lo que ocurrió en mi carrera estaba predestinado que así sería. No estoy molesta con nadie. Para mí era importante que me comprendieran y que los espectadores me entendieran, dejar de alguna manera una huella en la historia de la gimnasia rítmica. Eso lo conseguí, así que mis sueños se cumplieron. No lamento nada en absoluto”. Porque se ha sostenido a menudo la sensación de que las gimnastas ucranianas (como Ekaterina Serebrianskaya, Alexandra Timoshenko, Elena Vitrichenko, Tamara Yerofeeva, Ganna Rizatdinova en la actualidad o la propia Bessonova) no han sido puntuadas en justicia en un campeonato tras otro. Sí, conseguían subir al podio, pero en contadas ocasiones mordían el metal más valioso.

Sea como fuere Anna Bessonova consiguió dos medallas olímpicas en sendas participaciones: bronce en el all-around tanto en Atenas 2004 como en Pekín 2008. ¡Lástima que en los Juegos Olímpicos no se disputen las finales por aparatos! De hacerlo, el palmarés de Bessonova estaría mucho más cargado. La ex gimnasta, todo en mito en su país y en el mundo de la rítmica en general, nos habló de sus experiencias olímpicas: “Para mí los dos Juegos Olímpicos en los que participé fueron muy diferentes. En mi primera experiencia olímpica para mí lo importante era hacer una buena actuación, hacer un buen papel para mi país. De Atenas apenas recuerdo nada, salvo los duros entrenamientos ya que estábamos muy concentradas en la competición. No me daba cuenta de lo que ocurría alrededor. No esperaba una medalla, sin embargo conseguí el bronce, por lo tanto salí muy contenta”.  En cuanto a Pekín 2008: “ya acudí como campeona del mundo y fui allí para hacer una buena actuación. La lucha fue muy dura. En Pekín sufrí una lesión. Los médicos me prohibieron participar porque podría ser peligroso pero yo les dije que esa era mi Olimpiada y que pensaba participar, en primer lugar por los espectadores y seguidores en Ucrania, que me apoyaban mucho. No podía decepcionarles. No había oportunidad de cometer un error. Salí e hice todo lo que dependía de mí”. Tal esfuerzo fue recompensado con una medalla: “Finalmente conseguí otro bronce, que me satisfizo porque una medalla olímpica es un logro muy importante. Conseguir bronce no supuso una decepción para mí, ya que pocas gimnastas pueden decir que han conseguido dos medallas de bronce olímpicas. De alguna manera he entrado en la historia de este deporte, por ello estoy muy feliz, satisfecha de lo que me ha deparado el destino”.

Anna Bessonova en Pekín 2008 Foto de Odd Andersen/AP

Anna Bessonova en Pekín 2008 Foto de Odd Andersen/AP

Anna Bessonova parece conformarse con esos dos bronces, que nos da pudieron haber sido medallas de otro metal de haber nacido unos kilómetros más al norte. La ucraniana se siente feliz de haber cumplido su sueño: “Por supuesto que mi sueño siempre fue el de participar en unos Juegos Olímpicos y mejorar siempre, lo que no significa necesariamente conseguir medalla en todas las ocasiones. Para mí tenían una importancia mayor los espectadores y siempre trabajé con el fin de gustarles. Ellos me “pagaban” con su aplauso y aceptación, que suponía mucho para mí y era lo más importante en mi trabajo”.

Nadie mejor que ella, que ganó un oro Mundial y bronce olímpico, para compararnos esas medallas y esos campeonatos. ¿Hay alguno que valore más? “Son medallas muy diferentes, ambas muy importantes. Los Mundiales para mí también fueron muy importantes y luché duro por ellos. Todo el mundo me apoyó y ayudó para ganar el Mundial  y siempre recordaré ese Mundial [el de Patrás 2007]. Por otra parte, unos Juegos Olímpicos son algo muy distinto, con un ambiente bien diferente; la sensación y el valor de las medallas son distintos. Mis medallas de bronce olímpicas las considero prácticamente como si fueran de oro, ya que la lucha para conseguirlas fue muy dura y les doy mucho valor. Agradezco a mucha gente esas medallas: con quien entrené, la gente que me apoyó. No podría haberlo conseguido sin ellos. No es mi medalla, sino la medalla de Ucrania, de un colectivo muy grande”. Y es que la “causa ucraniana” es una constante en el país de origen de Bessonova desde que se acentuó el conflicto armado con Rusia. El patriotismo en los deportistas ucranianos, que se sienten (y son) representantes de su país parece darles alas para demostrar al mundo que ellos siguen ahí, que luchan con orgullo por Ucrania. Alguien desde dentro, como Bessonova –que sigue ligada como entrenadora de equipos de categorías inferiores de su país- nos explica cómo viven ellos esta peculiar etapa de Ucrania: “La situación en mi país no es la mejor. Me gustaría que acabara todo esto y el deporte saliera de esta. Nosotros seguimos el día a día de entrenamientos y competiciones como si no hubiera ocurrido nada. Los deportistas ucranianos hoy en día representan de alguna manera el patriotismo. Por ejemplo, ahora Ganna Rizatdinova participa en competiciones más por su país que por ella misma. No defiende su nombre, sino el de Ucrania, todo por lo que está orgullosa Ucrania, por lo que sufre y lucha cada vez de manera más fuerte el país. Todas estas gimnastas saben que hoy en día están defendiendo la bandera de Ucrania, que ahora no está en su mejor momento. Ellas lo entienden y es estupendo. Los ucranianos eso lo valoran mucho y se enorgullecen de ello”. No podía haberse explicado mejor.

Anna Bessonova, coleccionista de medallas en Europeos, Mundiales, pruebas del Grand Prix, etc. llegó a competir como miembro del conjunto de Ucrania, ganando una medalla de oro en un Mundial. Hija de un jugador de fútbol del potente Dinamo de Kiev y de una bicampeona mundial de conjuntos de rítmica, soñó desde pequeña con ser olímpica, al ver a su compatriota Timoshenko ganar el oro en Barcelona 92, en los tiempos del llamado Equipo Unificado. Anna entró en la prestigiosísima escuela de rítmica de las Deriuginas, donde se formó y con las que colabora ahora en su faceta de entrenadora. De su pasado, marcado por la lucha casi encarnizada con las rusas y por su deseo de hacer feliz al público durante los entre 75 y 90 segundos que duran las rutinas individuales, se queda con lo mejor: “Solo quiero recordar los aspectos positivos”. Una auténtica campeona dentro y fuera del tapiz.

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CURIOSIDADES DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE MELBOURNE 56

-Por primera vez unos Juegos Olímpicos se celebraron en el hemisferio sur. Por lo tanto, tuvieron lugar en el invierno europeo (entre noviembre y diciembre)

-También por primera vez un deporte se tuvo que realizar en otro país, bien lejano. Se trata de las pruebas de equitación, que por culpa de la cuarentena en Australia hacia los caballos se realizaron en la lejana Estocolmo, seis meses antes

-Se les recuerda por dos hechos, uno negativo y otro positivo. Negativo fue que se produjo el primer boicot olímpico: la ocupación soviética de Budapest con tanques provocó el boicot de España, Países Bajos y Suiza, pero sí que acudió Hungría –ocupada-. Por otra parte Egipto, Líbano e Irak boicotearon los Juegos por la presencia de británicos, israelíes y franceses en los Juegos, pese a pedir al COI su sanción por la intervención de esos tres países en la crisis del Canal de Suez y la Guerra del Sinaí. Finalmente, China los boicoteó al haber sido aceptado Taiwan

-El aspecto positivo fue que se les recuerda con el nombre de “Juegos de la amistad” por haber marchado medio millar de atletas juntos bajo la bandera olímpica en la fiesta de clausura. Esto llevó a una nueva iniciativa que nació en esta edición: la unión de todos los deportistas en la ceremonia final, desfilando mezclados por primera vez. Todo fue idea de un joven local –John Ian Wing-, que mandó una carta al comité organizador con la idea

Todos los atletas marchan juntos en la ceremonia de clausura

Todos los atletas marchan juntos en la ceremonia de clausura

-La rivalidad de Melbourne con la otra gran ciudad australiana, Sidney, llegó a poner en peligro la realización en Australia de estos Juegos. Esto provocó retrasos hasta el extremo de que casi se celebraron en Roma

-Esta edición presentó grandes problemas logísticos por la lejanía de la sede y la dificultad y el coste de los traslados. Por ello la participación en número fue un tanto baja

-Debido a las inusuales fechas de celebración de estos Juegos Olímpicos muchas competiciones europeas y de Estados Unidos tuvieron que cambiar totalmente sus calendarios

-Las por entonces dos Alemanias se presentaron unidas bajo una misma bandera e himno, dado que el COI solo reconocía a una Alemania

-100.000 espectadores asistieron en vivo a la ceremonia de apertura en el Melbourne Cricket Ground, con la presencia del príncipe Felipe, duque de Edimburgo

-La Unión Soviética fue la primera en el medallero final, superando por primera vez a Estados Unidos

-Estos Juegos marcaron el inicio de la épica carrera de la nadadora local Dawn Fraser, que acabaría ganando en su carrera ocho metales olímpicos

-Su compatriota, la atleta Betty Cuthbert, se convirtió en la oficiosa reina de los Juegos, aunque también la llamaron “la chica de oro” debido a sus tres oros en la pista

Betty Cuthbert

Betty Cuthbert

-El campeón en 200m. braza Masaru Furukawa nadó todos los largos de la piscina sin sacar la cabeza –método que está prohibido desde hace años-

-Innovación en la natación: apareció el bañador de nylon

-Otras mejoras técnicas que se introdujeron: el florete eléctrico en esgrima o el nuevo cronómetro digital

-Los nadadores australianos fueron los primeros en afeitarse sus cuerpos para mejorar sus marcas

-Se introdujo el estilo de mariposa en la natación por primera vez en unos Juegos

-Gran actuación del país organizador, puesto que Australia se colocó tercera en el medallero, triplicando las medallas logradas en los Juegos anteriores

-A destacar la gesta del equipo de hockey hierba de la India, que ganó en Melbourne su sexto oro consecutivo

-Países como Bolivia, Costa Rica, Paraguay y otros rechazaron la invitación del comité organizador para participar en estos Juegos

-El recorrido de la antorcha olímpica hasta llegar a Melbourne contó con una anécdota: un tal Barry Larkin quiso protestar por esta tradición, creada en Berlín 36, por considerarla un vestigio nazi. Así, se coló y entregó una antorcha falsa elaborada con la pata de una silla y una lata de conservas, que llegó a entregar al alcalde de Sidney en el propio Ayuntamiento

Barry Larkin con la antorcha olímpica

Barry Larkin con la antorcha olímpica

-También Melbourne 56 supuso el inicio de la carrera olímpica de la leyenda soviética de la gimnasia: Larisa Latynina, ganando en esta ocasión seis medallas (cuatro de ellas oros)

-Otras estrellas fueron el también atleta y también ganador de tres oros, el estadounidense Bobby Morrow (último blanco en ganar los 100 metros) y el nadador local Murray Rose, asimismo con otros tres oros

-Los deportistas húngaros fueron siempre aclamados por el público australiano. El mayor éxito lo obtendría el boxeador László Papp cuando consiguió su tercer oro al batir a José Torres

-Otra estrella de Melbourne 56 y también húngara fue Ágnes Keleti, gimnasta que se llevó de estos Juegos un total de seis medallas

-Se produjo un hecho insólito en la prueba de los 3.000 obstáculos, al descalificar al ganador y luego admitir su recurso apoyado por sus rivales, consiguiendo de esta manera –Chris Brasher se llamaba- el oro

-A recordar el hecho de que el atleta estodunidense Harold Connolly y la checoslovaca Olga Fikotová se conocieron en la villa olímpica iniciando un romance que acabó en una agitada boda por falta de permisos del país de ella. Fikotová acabaría nacionalizada americana y participaría en la siguiente edición olímpica representando a Estados Unidos.

-En estos Juegos se varió el sistema de puntuación del pentatlón moderno, empezando a usarse el que está vigente hoy en día

-El equipo de EE.UU. de baloncesto no encontró rival. Dirigido por el mítico Bill Russell ganó cada uno de sus encuentros por al menos treinta puntos de diferencia

-Hubo dos deportes de demostración: el fútbol australiano y el béisbol

-El episodio más triste a la vez que más comentado de estos Juegos tuvo como protagonistas, cómo no, a la URSS y a Hungría, en un enfrentamiento en la fase final del waterpolo masculino lleno de violencia, en la que el jugador húngaro Ervin Zádor salió sangrando abundantemente de la piscina. El público llegó a insultar y escupir al banquillo soviético, dando lugar a la intervención de la policía. El partido acabó con victoria húngara

Bill Russell, la estrella del equipazo de baloncesto de Estados Unidos

Bill Russell, la estrella del equipazo de baloncesto de Estados Unidos

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EL REY DEL BIATLÓN OLE EINAR BJØRNDALEN, EL MÁS GRANDE EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE INVIERNO

Es toda una leyenda, LA leyenda del biatlón mundial. Su figura es tan alargada que solo otro grandísimo biatleta como es Martin Fourcade podrá acercarse a la del noruego Ole Einar Bjørndalen. Sus cifras, victorias, medallas, apabullan. Es, a día de hoy, el más grande biatleta de la historia, apodado “El Rey del biatlón”; también “El caníbal” por su concienzuda preparación, que durante una extensísima carrera ha dominado a sus rivales. Y podemos seguir gozando de él, porque Bjørndalen decidió tras Sochi continuar hasta la próxima cita olímpica de Pyeongchang, a la que llegará con 44 años, en un intento para agrandar su leyenda, si eso es posible.

Es probable que el carácter –necesario en cualquier deportista de élite y en especial en un deporte que se practica en condiciones climáticas y físicas tan duras como el suyo- del noruego le venga de una infancia caracterizada por las necesidades. Siendo el pequeño de cinco hermanos hubo de forjarse un carácter que le ha venido bien en su carrera deportiva. Su físico natural ha ayudado, indudablemente, puesto que Ole Einar parece nacido para la práctica deportiva: no solo ha destacado en la dura disciplina del biatlón (una de las más completas en los deportes de invierno), sino que ha ganado alguna que otra prueba de alto nivel en esquí de fondo, ¡incluso ha ganado un campeonato internacional de volley playa! También tendrá que ver el severo plan de vida que lleva, entrenando una media de un millar de horas al año desde los 15 años de edad (y esas son muchas horas ya). Como todo buen campeón, Bjørndalen es serio en su entrenamiento, su dieta y las prohibiciones de la vida diaria que no se puede permitir, como beber alcohol, que solo toma a modo de colutorio para evitar que entren en su cuerpo virus que le impidan competir o entrenar en el frío invierno. Su profesionalidad le ha llevado a ser el primer biatleta con un entrenador personal de tiro (su punto débil, por decir algo) y un psicólogo deportivo.

Los Juegos de Lillehammer nos parecen hoy lejanos, casi remotos, pero en ellos ya estuvo Ole Einar. Había despuntado en el Mundial junior que se celebró un año antes, lo que hizo que le quitara el puesto al más que válido biatleta Eirik Kvalfoss en los Juegos a disputar en su propio país. No realizó nada destacable por entonces. Pocos se esperaban aún en qué se convertiría Bjørndalen.  En la próxima cita –Nagano 98- ya caerían sus primeras medallas olímpicas, incluyendo su primer oro. Fueron las primeras de ¡¡13!! Medallas en la máxima cita deportiva, ocho de ellas del máximo metal. Sus números en Copa del Mundo y Mundiales son sencillamente abrumadores. Son tantos que se haría interminable la lista. Solo mencionares un dato significativo: A los 24 años ganó todos los eventos de biatlón de esa temporada.

Huelga decir que el biatleta noruego domina todas y cada una de las especialidades de su deporte, habiendo ganado en todas (esprín, individual,  salida en masa, persecución y relevos tanto masculinos como mixtos). Si se crearan más pruebas dentro del biatlón, Bjørndalen contaría con (aún más) victorias en ellas.

Merece la pena, no obstante, detenernos algo en su brutal –no podemos poner otro adjetivo a su carrera- trayectoria olímpica. Y para ellos tenemos que dedicar un apartado especial a “sus” Juegos de Salt Lake City 2002, donde se convirtió en el indiscutible rey. El noruego, que por entonces contaba con 28 años, llegó en el momento cúspide de su carrera y ocurrió lo que tenía que ocurrir: arrasó, ganando oro en todas las pruebas disputadas. Y eso que aún no se disputaba por aquel entonces ni la salida en masa ni el relevo mixto. De hecho Bjørndalen, aun contando con un palmarés olímpico envidiable ha sido un perjudicado por la escasez de pruebas en su deporte dentro del calendario olímpico (la persecución, por ejemplo, solo se introdujo en la edición de 2002). De haber contado con las pruebas que actualmente se disputan las medallas olímpicas de este mito serían, incluso, aún más numerosas.

En la Olimpiada celebrada en Turín en 2006 se tuvo que “conformar” con tres medallas, pero ninguna de oro. El año preolímpico a los Juegos de Vancouver barruntó su retirada. Menos mal que no lo hizo, pues muchas alegrías estaban por esperarle, como –de momento- cuatro medallas olímpicas más: un oro y una plata en Vancouver y dos oros en Sochi. En la ciudad rusa pocos pensaban que podría tener prestaciones tan buenas, visto su edad (40 años) y, sobre todo, la fuerza de una nueva y potente figura emergente del biatlón: el francés Fourcade. Pero en la ciudad rusa Ole Einar superó a su compatriota –y casi homónimo-, el fondista Bjorn Daehlie, consiguiendo su 13ª medalla olímpica. Nadie, de ningún deporte invernal, ha conseguido más que él en unos Juegos Olímpicos. Fue elegido masivamente entre todos los deportistas presentes en los Juegos de Sochi como representante de los atletas en el COI, cargo al que ha tenido que renunciar para dedicarse en cuerpo y alma a su séptimo sueño olímpico bajo el nombre de Pyeongchang 2018.

Ole Einar Bjørndalen –que tiene ya una estatua dedicada en Noruega- puede que deje un legado en el mundo del biatlón que se cumpliría en un par de décadas, pues su hija Xenia tiene todas las papeletas de convertirse en una gran campeona, si hereda los genes de su padre y de su madre, la otra grandísima biatleta (y reina de los Juegos de Sochi), la ØØØØØbielorrusa Darya Domracheva, con la que el noruego se ha casado.

Foto de Martin Rose/Bongarts/Getty Images

Foto de Martin Rose/Bongarts/Getty Images

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JOAN LINO: “UNA HORA ANTES DE LA FINAL DE ATENAS ME DIO UN BAJÓN POR LOS NERVIOS Y EL ESTRÉS”

Durante años ni en sus mejores sueños Joan Lino pudo esperar subirse al cajón de los Juegos de Atenas de 2004. Sus capacidades en el salto de longitud podrían augurarlo, pero no impedimentos extradeportivos. Como muchos sabrán, Lino nació y se crió (en el sentido deportivo también) en Cuba. Allí llegó a entrenar en concentraciones junto a sus ídolos Iván Pedroso y Javier Sotomayor, sobre los que el ex atleta nos contó: Fueron mis ídolos y por suerte amigos. Tuve la fortuna de poder estar concentrados con ellos hace muchos años en Cuba y mantengo con los dos una buena relación. Son personas a admirar desde el punto de vista deportivo pero también humano. Son personas muy asequibles, que habiendo todo lo que han ganado te los puedes encontrar por la calle y son humildes y te tratan como cualquier ser humano”.

Una de esas concentraciones le trajo a España, en concreto a Guadalajara. Allí se enamoraría de una española y finalmente decidió quedarse en el país de su novia. Lino, que ya había representado a Cuba internacionalmente y había conseguido éxitos en competiciones, tuvo que esperar cuatro largos años para poder seguir participando en campeonatos. Cuatro años alejado de las pistas, de los triunfos; sin nación, siendo apátrida, esperando recibir la nacionalidad española y el permiso de Cuba para poder participar oficialmente; cuatro años privado de realizar su trabajo, justo en sus mejores años deportivos. El saltador vivió así esos interminables meses: “El proceso [de nacionalización] fue complicado. Para mí, que lo estaba viviendo internamente, el estrés que me generó la situación de no saber si iba a poder participar o no es un poco difícil de llevar, pero poco a poco iban saliendo buenas noticias, gotita a gotita, hasta que llegó el día en que me dieron la nacionalidad, que para mí fue una liberación. Para nosotros los deportistas el no poder hacer lo que quieres por una normativa, es un poco complicado”. Lógicamente, a Joan Lino Martínez le llegaron a asaltar dudas y temores: “Sí que temí no ir porque no lo controlas, no depende de ti. Los factores externos eran los que permitían hacer lo que quería. Durante el proceso me sentí indefenso porque es una situación en la cual te limitan al hacer tu trabajo, que es lo que quieres hacer, y no es que estés haciendo algo que sea ilegal. Al estar en ese limbo legal te quedas en un vacío que te quedas…Digamos que es una ´experiencia más´”.

Y cuando parece que está perdida toda esperanza, en medio de su peor momento económico -en el que dependía incluso de la ayuda de su suegro-, llega lo inesperado: a un mes vista de la cita olímpica de Atenas llegan los permisos: el sueño olímpico podrá realizarse. Con los papeles en la mano ahora le toca al propio atleta decir al suya. Ya no puede escudarse en “factores externos”. Es su momento, su responsabilidad. Quizá más presionado que otros por tener la “obligación” de responder a los esfuerzos de España; quizá inquieto por no saber si había perdido el nervio competitivo, por no haberse testado con sus rivales en competiciones previas. Mucha presión que Joan Lino canalizó de la mejor de las maneras:“Digamos que me ha servido de mucho el haber vivido “bajo presión”, al venir de un país donde la situación política y económica es diferente y digamos que estamos acostumbrado a trabajar bajo presión. Hay que saber llevarla y canalizarla y al final, afortunadamente, salió todo bien”, nos confesó el de La Habana. Joan parecía seguro de sí mismo: “Yo estaba convencido de que había hecho un buen trabajo. Llevaba dos años maravillosos de entrenamiento, de acumulación de trabajo y eso te da la seguridad de que vas a hacer algo importante. Sabía que iba a salir a darlo todo e intentar hacerlo lo mejor posible. ¡Claro que soñaba con una medalla olímpica!, porque al final todos soñamos con eso, pero sabía que era muy difícil. Tenía la “seguridad” de haberme preparado bien y haber hecho un buen trabajo, aunque luego podría salir bien o mal”. Pero…poco antes de la final olímpica se derrumbó: “Una hora antes de la competición yo estaba tirado en el suelo porque no podía respirar, me dio un bajón de los nervios y estrés. Me tuve que sentar porque no podía. Estaba cansado, cansado, cansado. Tenía todavía una hora de entrenamiento antes de entrar en la pista. Me senté, respiré, caminé, tomé agua y me fui a recuperar un poco. El estrés de los Juegos Olímpicos es muy grande”.

Foto de Associated Press

Foto de Associated Press

Seguridad-inseguridad ante una final olímpica. Dicha dicotomía se vio también reflejado en dos guiños con su entrenador: por una parte ambos “no queríamos hablar nunca del podium ni de la posibilidad de medallas. Íbamos a disfrutar de la experiencia y lo que viniera, bienvenido sería. Luchando siempre por lo máximo” y por otra el entrenador de Lino había preparado, en secreto, el chándal de la ceremonia de premiación “por si acaso”. Finalmente el hispano-cubano sí que se subiría al podio, consiguiendo un valioso bronce que suponía su mejor marca personal (y que estuvo solo un centímetro por encima del cuarto clasificado, el jamaicano James Beckford). Y, en el podio, todo ese estrés se desató: “Sentí de todo y sentí que no me vieran llorando delante de no sé cuántos millones de personas. Muchos me dicen que eso es lo de menos pero no, tienes que intentar al menos mantener un poco la “decencia” porque esa imagen se queda para el resto de tu vida. Estaba nervioso de estar intentando mantener el tipo. Eran muchos años de entrenamiento, mucha lucha. El proceso de nacionalidad se me alargó mucho, digamos que hubo muchas cosas que hicieron que esa medalla me supiera mucho mejor de lo que en principio sabría”.

Al saltador aún le quedó por saborear la gloria de un oro, el del Europeo de pista cubierta en “casa”, en Madrid, pero desde que se retiró ha sido una continua lucha por encontrar su sitio, que a veces cuesta tanto en el caso de deportistas, por muy de élite que sean: “He estado dando clase de entrenamiento particular. Siento que me retiré en una época difícil, en plena crisis, que se nota mucho. A partir de ahí he estado haciendo cosas por mi cuenta, saltando de un lado a otro, con un poco de inestabilidad, pero poco a poco voy saliendo. Estoy en un proyecto laboral de ayuda a los ex deportistas, un proyecto que me apasiona y espero que siga adelante”. También se ha inmerso en el mundo de los atletas paralímpicos, entrenando a Eva Ngui, aunque los resultados no fueron todo lo fructíferos que se esperaba y cortaran la relación profesional pronto. No obstante, según el medallista olímpico, fueron unos años de gran aprendizaje para él mismo, un aspecto del deporte –el paralímpico- que mira más al interior del deportista, según ha confesado.

A Joan Lino le privaron de una carrera mayor, de poder haber conseguido más triunfos. Afortunadamente no tuvo la desgracia de, sin ir más lejos, Niurka Montalvo. Al menos Joan pudo vivir una Olimpiada, un podio, una medalla y, como remate, la experiencia olímpica plena, esa que se llena de anécdotas en la villa olímpica, como un aspecto, desconocido para los “terrestres” que no tenemos la fortuna de vivir la experiencia como deportistas olímpicos: el “mercadillo olímpico”: “Se monta el último día un mercadillo en la villa olímpica de intercambio de pins, mochilas, ropa… de manera espontánea. Todo el mundo sabe que a mediodía del último día todo el que esté irá a intercambiar algo. También eso te da la oportunidad de bajar a la tierra a todos esos ídolos que normalmente ves. En la villa olímpica todos los grandes campeones son personas accesibles”. Serán accesibles, pero no todos están a la misma altura, literalmente, como le pasó a nuestro protagonista cuando una vez se puso al lado del baloncestista chino Yao Ming: “estaba sentado en un banco y sentado en ese banco era más grande que yo. Siempre me quedo con la imagen aquella de él”. En definitiva, que Joan Lino vivió de una única experiencia olímpica por causas ajenas a él…pero la exprimió al máximo.

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JEFF BLATNICK, EL LUCHADOR QUE GANÓ EL ORO OLÍMPICO TRAS SUPERAR UN CÁNCER

Probablemente no hayan oído nunca el nombre de Jeff Blatnick, del cual hablamos aquí por su excelente trayectoria en Juegos Olímpicos, pero además de ser un campeón olímpico Blatnick tiene una gran historia humana detrás. Nacido en el estado de Nueva York en 1957 Jeffrey Carl Blatnick entró en los anales olímpicos de su país, potencia olímpica, al convertirse –junto a Steve Fraser- en el primer estadounidense en ganar una medalla de oro olímpica en lucha grecorromana. Ocurrió en casa, en Los Ángeles 84, pero muy bien podría haberse adelantado el hecho cuatro años antes si su país no hubiera boicoteado la edición anterior, celebrada en Moscú, para la que Blatnick se preparaba a conciencia.

Tras la mala suerte de pillarle en su mejor momento un boicot, llegó la recompensa a la espera y a tanto entrenamiento. Su deporte, claramente minoritario y necesitado de patrocinio, no le daba para vivir, así que tras la frustración de los no-Juegos de Moscú 80 Jeff Blatnick tuvo que ganarse la vida de portero en un local de Minocqua, Wisconsin. Su físico, indudablemente, ayudó.

En plena preparación para la cita más deseada, la de los Juegos en casa del 84, la vida le dio otro tortazo a Blatnick. En 1982 se le diagnosticó linfoma de Hodgkin, por culpa del cual le extirparon tanto el apéndice como el bazo. Parecía que su sueño olímpico iba a ser irrealizable.

Pero los deportistas de élite están hechos de otra pasta, son luchadores por naturaleza y Jeff Blatnick no iba a ser una excepción. Se recuperó y retomó los entrenamientos. Pocos habrían pensado que, con solo dos años de distancia, podría competir en los Juegos de Los Ángeles. Y no solo lo hizo, sino que se subió a lo más alto del podio. Allí también cumplió otro sueño que poquísimos deportistas tienen el honor de realizar, pues fue el abanderado de su país, en su caso en la ceremonia de clausura. Estaba dispuesto a seguir con su carrera olímpica, pero un nuevo golpe le impidió hacerlo. El cáncer había vuelto y esta vez el tratamiento de quimioterapia no le permitió continuar con los entrenamientos. Tuvo que retirarse y, de esta manera, a la cita de Seúl 88 acudió, sí, pero como comentarista televisivo.

Desde su retirada el ex campeón olímpico no dejó de pelear por su deporte, tanto por la especialidad que le convirtió en campeón olímpico como por la de las llamadas artes marciales mixtas. Respecto a la lucha grecorromana de diversas maneras: como comentarista televisivo, dando charlas motivacionales, entrenando de forma voluntaria en un instituto de Nueva York y en su puesto de director para el estado de Nueva York de USA Wrestling, el equivalente a la Federación Nacional de Lucha. Para las artes marciales mixtas Blatnick fue fundamental en su constitución. Incluso se dice que fue él quien dio nombre a esta modalidad deportiva. Realizó muchas tareas que sirvieron de empuje a este moderno deporte, bien desarrollando su reglamento, bien comentando los combates en televisión, bien codificando el manual que está aún hoy vigente. Viajó por todo Estados Unidos concienciando a los no iniciados y cambiando la percepción negativa que muchos tenían sobre la posible violencia de esta modalidad. Se considera a Blatnick como el gran impulsor de este deporte en sus peores y más arduos tiempos.

Respetado y con un parque con su nombre en su localidad natal –Niskayuna, Nueva York- donde se pueden practicar varios deportes, Blatnick murió a una edad temprana, 55 años, no a consecuencia del cáncer sino de complicaciones en una operación de corazón. Su vida, en definitiva, estuvo llena de obstáculos que fue superando y venciendo uno a uno, en el aspecto deportivo y en el personal.

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