DOMINIQUE MOCEANU: LA VIDA OSCURA DETRÁS DE UNA GIMNASTA PRECOZ

Durante un tiempo captó la atención del público estadounidense, que caía rendido a los pies de la que se había convertido en la gimnasta más joven (14 años) en ganar una medalla olímpica –y en la última, puesto que luego se subió la edad mínima para competir en unos Juegos- y, a su vez, en componente del épico equipo de “Las Siete Magníficas”, el primer equipo de gimnasia artística femenina de Estados Unidos en convertirse en campeonas olímpicas. Era de origen rumano y nacida en Hollywood. Desde luego que Dominique Moceanu llevó una vida de película…de género de melodrama.

Hija de padres rumanos gimnastas frustrados por no haber llegado a despuntar en la élite de ese duro deporte, su padre, Dumitru Moceanu se empeñó, antes incluso del nacimiento de su primogénito –que resultaría ser Dominique- que éste iba a convertirse en un gran gimnasta. Desde que era un bebé que apenas gateaba los padres de Dominique iban preparando su cuerpo a la gimnasia, colgándola de la cuerda de la ropa. A los tres años se puede considerar que lo que Dominque practicaba ya era gimnasia. Con cuatro años intentaron que la acogiera en su seno el prestigioso matrimonio rumano de entrenadores compuesto por Béla y Márta Károlyi, famosos por haber entrenado a Nadia Comaneci y por su exitoso y productivo sistema de enseñanza, duro y exigente donde los haya. Años más tarde Dominique confesaría que había sufrido en demasía los abusivos métodos del matrimonio. Pero eso fue más tarde, ya que hasta los exigentes Károlyi se negaron a entrenar a una niña tan pequeña. Le pidieron a su padre que se la llevara cuando cumpliera diez años.

Dominique despuntó desde bien pronto, ganando pruebas y convirtiéndose en la más joven –aún en edad junior- gimnasta de su país en ganar el campeonato nacional de EE.UU. Eso le abrió las puertas del potente equipo senior, donde, huelga decir, era la componente más joven y además la que más alto quedó entre sus compatriotas en la clasificación de su primer campeonato como senior.

La jovencísima gimnasta aceleró decididamente su vida: en lo deportivo y en lo personal. Para cuando contaba 16 años ya se había convertido en la fuente económica de su familia, cuyos padres dejaron de trabajar. Se calcula que por entonces ya había ganado unos diez millones de dólares que administraba directamente su padre. Dominique pronto se dio cuenta de que su padre estaba abusando de los ingresos que generaba ella (además, se había convertido en una deportista muy popular, apareciendo en muchas portadas de revistas y en anuncios), despilfarrándolos. A los 17 años solicitó en los tribunales el “divorcio” de sus padres, que le fue concedido. Se emancipó y pasó a llevar las riendas de su vida, aunque la relación con sus progenitores no se estropeó y siguió el contacto con ellos.

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Llegó entonces su máximo momento deportivo: los Juegos –en casa- de Atlanta 96. Junto a sus compañeras, protagonizó una de las medallas que más se recuerdan. Ya se esperaba de ella una medalla a nivel individual, pero se lesionó poco antes, en el transcurso del campeonato nacional. La lesión le impidió participar en los trials nacionales clasificatorios para los Juegos, pero no se prescindió de ella ya que había hecho al fin y al cabo un buen papel en el campeonato nacional. A Atlanta acudió aún con un fuerte vendaje en su pierna pudiendo contribuir, no obstante, con sus actuaciones al oro por equipos. En la última de las pruebas, la de salto, fue ella la que falló y sus fallos tuvieron que ser enmendados por la gimnasta que iba a actuar tras ella: Kerri Strug. Ésta iba a protagonizar la proeza de lesionarse en pleno salto y ser capaz de realizar un segundo salto, lesionada, que valió para el oro por equipos, imagen que se recordará para siempre. La lesión de Strug, que se había clasificado para la final individual, permitió que Moceanu tomar su lugar en la misma; asimismo se había clasificado para dos finales por aparatos, aunque no destacó particularmente en ninguna de ellas.

Tras el éxito por equipos de Atlanta 96 la fama que adquirieron todas sus componentes subió como la espuma. Realizaron una gira –en la que estaba Moceanu- de 34 espectáculos en otras tantas ciudades. Dominique pudo después por fin tomarse unas vacaciones, las primeras en once años. Entretanto los Károlyi se retiraron –de hecho, Dominique fue una de las últimas gimnastas que entrenaron- y la joven cambió de entrenadora. Su estilo explosivo y atrevido cambió y se volvió más elegante. En la etapa postolímpica Dominique llegó a perder la forma y no consiguió ganar ningún título importante. Si acaso los Juegos de la Buena Voluntad de 1998, una competición menor aunque con grandes gimnastas, ya que en esa edición Moceanu acabó la primera, por encima de las competitivas  Jorkina, Amanar, Produnova, etc. Dominique quería haber repetido experiencia olímpica en la siguiente cita, la de Sidney, pero una lesión se lo impidió. Se retiró ese mismo año, aunque intentó volver seis años más tarde.

A su vida personal, tan volcánica ya desde su más tierna infancia, quedaba por llegar un momento que ella misma califica de “bombazo”: ya casada y a punto de dar a luz a su primer hijo recibe un día una caja con cartas y objetos personales de una tal Jennifer Bricker. Resultaba ser una muy dotada gimnasta paralímpica, que había nacido sin piernas. Jennifer adoraba la gimnasia y parecía haber nacido para ella. Durante los Juegos de Atlanta la seguía pegada al televisor y, por casualidad o no, Dominique Moceanu era su ídolo desde siempre. Jennifer había sido adoptada por los Bricker porque sus padres biológicos la habían rechazado al nacer sin piernas. Sus padres eran los Moceanu y Dominique, su hermana. Al alcanzar cierta edad Jennifer pidió a sus padres la verdad e, investigando, pronto descubrió que su ídolo era su hermana. Ambas se conocieron (hay que señalar que también Dominique era ignorante del hecho de tener esta hermana dada en adopción) y se han convertido en inseparables y admiradoras mutuas, naciendo entre ellas una relación, aunque con décadas de retraso, de auténtica confraternización.

Dominique ha escrito un par de libros sobre su experiencia vital, abriéndose en el último –“Off Balance”- a las verdades sobre el excesivo control al que se ha visto sometida desde niña y el lado oscuro detrás de su hito olímpico, llegando a afirmar que “sufría una dañada imagen física y mental a causa de los patrones alimenticios, nada sanos, y la baja autoestima”.

Dominique Moceanu con su hermana Jennifer Bricker

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HARLEY WINDSOR Y EKATERINA ALEXANDROVSKAYA: UN EXAMEN DE INGLÉS PARA QUE UN ABORIGEN SEA OLÍMPICO EN JUEGOS DE INVIERNO POR PRIMERA VEZ

Hace pocos meses esta pareja de patinaje ni siquiera había empezado a competir juntos y ahora ya apunta su objetivo en los inminentes Juegos Olímpicos de Pyeongchang. Forman un insólito dúo, especialmente en la parte masculina, pues ¿quién se iba a esperar nada de un australiano aborigen en el mundo del patinaje artístico? Recuerden su nombre, porque oirán hablar mucho de él en un inmediato futuro. Se trata de Harley Windsor, nacido en octubre de 1996 en Nueva Gales del Sur. Con sangre aborigen corriéndole por sus venas tanto por parte materna – de etnias Weilwyn y Gamilaraay- como paterna –mezcla de Gamilaraay también y de la etnia Ngarrable-.

Harley siempre fue el “rarito” de la familia, compuesta por siete hermanos, trabajadores del campo. Empezó en el patinaje de manera casual, como no podía ser de otra forma en su país, sin ninguna tradición en este deporte, cuando dio con una pista de hielo casi por accidente cuando contaba ocho años. Le gustó tanto la sensación de flotar sobre el hielo y sentir su fresca brisa que decidió que, definitivamente, era lo suyo. La familia le apoyó en sus entrenamientos, que pasaron de ser una vez por semana a dos y luego más y luego…el momento de trasladarse a Moscú para mejorar de verdad en su patinaje. Aunque era entrenado en su país por la pareja de entrenadores rusos compuesta por Galina y Andrei Pachin, la prestigiosa entrenadora Nina Mozer, consultada por los Pachin, les recomendó que fuera a entrenar a Rusia junto a una prometedora patinadora rusa, Ekaterina Alexandrovskaya.

Ekaterina consiguió el permiso de Rusia para patinar al lado de Harley cuando la Federación Australiana, ayudada por la propia Mozer, pidió el permiso. Así, pasaron a entrenarse en Moscú con ella, pasando temporadas en Sidney, entrenados entonces por los Pachin. Solo en septiembre de 2016, poco más de un año antes de la siguiente cita olímpica de invierno, debutó la pareja, aún en competiciones a nivel junior. Los éxitos no han faltado, incluso superando a las tres parejas rusas en la prueba junior disputada en Tallin, donde ganaron el oro. Rápidamente se consolidaron como pareja, llegando en pocas semanas a ser la primera pareja sustituta en la final del Grand Prix junior disputada en Marsella.

Alexandrovskaya-Windsor ya han debutado a nivel senior, aunque ella aún tenga 17 años. En su primera competición consiguieron la nota mínima para competir ya en el Mundial senior de Helsinki 2017. Mientras, ya se hicieron con el Mundial junior disputado este mismo año en Taipei.

Todo estos resultados y el hecho de representar a un país y a un continente que tiene el camino mucho más fácil para conseguir plaza en unos Juegos Olímpicos que si procedieran de un continente “fueerte” (como Europa o América)  hace que los jóvenes australo-rusos tengan puesta su mira claramente en la cita de Pyeongchang. Si no se tuercen en su progresión, claramente en ascenso, y en sus resultados, tienen muy factible la clasificación olímpica. Pero…hay un “pero” enorme: la nacionalización de Ekaterina. El reglamento de la ISU (Federación Internacional) les permite competir –como están haciendo hasta ahora- siendo ambos de dos países distintos pero las normas olímpicas son muy estrictas. Ekaterina habrá de nacionalizarse australiana. El problema es que es menor de edad. Las normas son así: su madre –es huérfana de padre- ha de trasladarse a Australia para vivir con ella al no haber cumplido aún Ekaterina 18 años. No es imprescindible que su madre también adquiera la nacionalidad australiana pero sí el permiso de residencia. El asunto se embrolla porque para la obtención del mismo ha de superar un examen de inglés, lengua que aún desconoce. Eso sí, está tomando clases actualmente en el British Council de Moscú. Es decir: la posibilidad de que esta pareja de patinadores –por lo demás, según los expertos, con una técnica más que suficiente para convertirse en olímpicos- acuda a Pyeongchang reside en un examen de inglés que no depende ni siquiera de ellos. De aprobar la señora Alexandrovskaya. Harley sería el primer aborigen en ser olímpico en patinaje artístico. La más famosa aborigen que compitió  en unos Juegos Olímpicos fue la atleta Cathy Freeman. Y no es la única aborigen medallista olímpica, pues la jugadora de hockey hierba Nova Peris logró el oro en Atlanta 96. Junto a otra serie de atletas –pocos-, han compuesto la lista de deportistas aborígenes olímpicos, pero todos lo han sido en Juegos de verano. La peculiaridad que hace especial el caso de Harley Windsor es que sería el primero en hacerlo en unos Juegos de Invierno.

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CARLOS COLOMA: “NO ME CONFORMABA CON MENOS DE UNA MEDALLA EN RÍO 2016”

Seamos sinceros: tras una trayectoria de décadas y con dos Juegos Olímpicos ya a sus espaldas la vida de Carlos Coloma cambió de rumbo en el transcurso de una hora y media el 21 de agosto de 2016. Ese día disputaba su tercera participación olímpica, en Río. Estaban a punto de clausurarse los Juegos y el mountain bike, su especialidad, componía la última prueba del calendario. El aficionado español ya no esperaba más agradables sorpresas. Pero entonces llegó este riojano, a punto de cumplir 35 años, para proporcionar la última medalla sorpresa, algo que él mismo tiene asumido: Mi medalla ha sido un cúmulo de circunstancias para bien, a nivel de repercusión mediática, de repercusión entre el público, a nivel de patrocinadores y de gente que antes no me conocía. Por supuesto mi medalla no suma más que el resto, pero era un domingo por la tarde a una hora muy buena para el horario español, era la última. Esa hora y media que dura mi prueba dio tiempo a que el boca a boca hablase de una posible medalla en un deporte que nadie contaba con ella y que enganchó a mucha gente. Fue un cúmulo de circunstancias y, entre ellas, que la gente no contaba con esa medalla”.

Pero Carlos Coloma sí que contaba con esa medalla, tanto que llegó a “hartar” a su preparador físico con esa seguridad que tenía en conseguirla: “Había dicho muchas veces que no me conformaba con menos que con medalla. Mi preparador físico me decía que no lo repitiese tanto porque era casi imposible que lo consiguiese, que al final iba a quedar como un fracaso si conseguía un quinto u octavo puesto. Por suerte ese punto de locura interna o de garra que tiene un deportista de alto nivel me ha hecho llegar a tocar medalla. Detrás ha habido mucho trabajo, mucha ilusión y mucho trabajo en el apartado psicológico”. Tras un año –el de 2013- prácticamente en blanco por lesión -“pasé de estar el número doce del mundo a estar el 350”- el ciclista consiguió su mejor ránking –el número 7- el año preolímpico: “eso era señal de que estábamos trabajando en una buena línea y que la medalla estaba muy complicada, pero por lo menos la línea era ascendente y podíamos soñar con ella”.

Se preparó para los Juegos de Río de una forma insólita en un ciclista: como si fuera un boxeador. El medallista olímpico nos explica el porqué: “Tuve una doble operación en 2013. Para recuperar el hombro y coger la fuerza y la movilidad necesarias el COE, tanto el doctor Esparza como el doctor Abellán y los preparadores físicos, confiamos en que el apartado de boxeo, sobre todo en pretemporada, me iba a ir muy bien. Lo metimos plenamente en la preparación. Había gente que me decía que me estaba confundiendo, pero por suerte, después de un trabajo muy duro, el resultado se vio en forma de medalla de bronce, con lo cual sigo trabajando duro, con los pies en el suelo y caminando firme hacia Tokio”. Ya ven que Tokio 2020 está en su punto de mira. Sería su cuarta Olimpiada, aunque pudo haber otra más, la primera y nunca competida, la de Atenas 2004: “Yo era el segundo español en el ránking mundial y se decidió llevar al cuarto clasificado. Al final es parte del camino a seguir; yo no lo echo en cara a nadie, y menos ahora que tengo un diploma y una medalla, pero yo ya llevo clasificando a España desde Atenas. De todo se aprende”. Muy filosófico y optimista nos pareció en todo momento Coloma en la entrevista. Respira olimpismo y así lo quiere mostrar al resto, especialmente quiere ser ejemplo para los niños y que, siguiéndole, se aficionen a su deporte: “El sentirme parte de la familia olímpica para mí es un orgullo y transmitírselo a los jóvenes -y a mis hijos- y que vean los Juegos Olímpicos como un sueño a conseguir y como algo que cuesta mucho, mucho, mucho y que hay que trabajar cada día y ser ejemplo del esfuerzo, de no coger atajos ni hacer trampas, para mí es un orgullo poder decirlo abiertamente. Ojalá seamos ejemplo para muchos políticos y para mucha gente, que muchas veces miran el beneficio suyo y no el beneficio global. Hay que trabajar duro por el beneficio global, como hacemos los deportistas”.

Tras el primer revés de no poder debutar en unos Juegos Olímpicos en Atenas se estrenó en los de Pekín, de los que recuerda que “[allí] vivimos una forma de organización e infraestructuras como son en China, todo a lo grande. Había muchísimos voluntarios. Son un ejemplo de disciplina”. Más le marcaron los de Londres, a los que califica de “un ejemplo de seguridad; nos sentimos súper protegidos. Los ingleses son súper metódicos y todo funcionaba muy bien y siempre quieren ser ejemplo de que lo hacen mejor que nadie”. En la capital británica se gestó la explosión que tuvo en Río, pues en Londres 2012 ya obtuvo un diploma olímpico. Así calificó su actuación allí el propio ciclista: “Para mí fue una carrera prácticamente perfecta. Estuve muy cerca de las medallas. El diploma era el puesto más lógico, como casi lo hubiese sido en Río, lo que pasa es que en Río ya tenía más experiencia. Había trabajado muy duro el último año y me había centrado más en lo que es la carrera olímpica. En Londres terminé muy contento. Al final el diploma estuvo de diez”. Londres fue, pues, el primer paso que le ayudó para conseguir la valiosa medalla en Río: ”La peculiaridad con Río era que ya me lo creía más, sabía que estaba más cerca de las medallas y enfoqué el año al 100% en esa medalla que mucha gente pensaba que era imposible, pero por suerte la he conseguido. Trabajando duro y soñando alto y trabajando muy, muy centrado en un sueño se puede conseguir todo”.

Queremos saber cómo vivió desde dentro Carlos Coloma esa carrera que paralizó una tarde de verano en España. Él nos cuenta cómo lo vio en primera persona: “Sobre la pista de Río había tres campeones olímpicos que eran el primero, el segundo y el que llegó octavo. Cuando me puse a tirar con Nino [Schurter] y [Jaroslav] Kulhavy hubo un momento que mucha gente se pensó que estaba loco, pero la verdad es que vi que el día estaba acompañando mucho. Cuando vi que Absalon se había quedado, decidí que era el día de mi vida y que tenía que tirar para adelante con todo. Hubo momentos en los que pensé que podía ganar la carrera cuando me quedé y me cogió [Maxime] Marotte por detrás. Físicamente iba muy bien, pero él no estaba dispuesto a colaborar. Yo tampoco le iba a hacer la carrera para enganchar con los de delante, que estaban muy cerca, para luego al final quedar cuarto. Hubo un momento en que tuve la mente muy fría y trabajé para conseguir el bronce; no es que fuera ni mucho menos pecar de falta de ambición, pero los dos primeros estaban en otro nivel. Pero el bronce sabe a oro”. Fue la última medalla en Río para España y la única del ciclismo, un ciclismo que como reconoce el propio Coloma “tenía pendiente muchas medallas olímpicas y por varias circunstancias no se pudieron conseguir. El mountain bike, por suerte, cogió una que era casi inesperada”.

Caso curioso este de Coloma: consiguió la medalla de bronce en un deporte de los menos seguidos durante el año y, sin embargo, se convirtió en una de las más mediáticas. Fue un bronce olímpico que el ciclista reconoce sabe mejor que las medallas de un Mundial: “Después del trabajo que me ha costado conseguir este bronce y ver la repercusión que tiene, que ese día la carrera la ve mucha gente fuera del mundo del ciclismo, es evidente que tiene mucha más repercusión y trasfondo que un Mundial. A pesar de lo bonito que es que te pongan el jersey arcoíris, después de haber visto todo lo que mueve una medalla, que haya gente que te vea como un referente y que te haya visto esa tarde de domingo y que te digan que les he alegrado la tarde eso no tiene comparación con nada. Me emociono cada vez que lo recuerdo”.

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MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 31: EL TROPIEZO QUE IMPIDIÓ LA MEDALLA DE LA “NOVIA DE AMÉRICA” EN LOS ÁNGELES 84

Los que tengan cierta edad como para recordar los Juegos de Los Ángeles 84 no podrán olvidar uno de los momentos olímpicos más polémicos: la carrera femenina de los 3.000 metros. Las imágenes de la misma dieron la vuelta al mundo y aún hoy en día se sigue hablando de lo que aconteció en dicha carrera. Pongámonos en antecedentes:

Las dos protagonistas del incidente que tuvo lugar no podrían –en teoría- ser más distintas: por un lado tenemos a la novia de América Mary Decker, la rubia y quasi perfecta mediofondista local que había destacado ya con solo 14 años. Por el otro, a una jovencísima atleta sudafricana famosa por correr descalza, Zola Budd. Participaba defendiendo los colores británicos porque su país no lo hacía, sancionado debido al apartheid entonces imperante. La joven corredora se había visto agraciada por una nacionalización express que resultó ya en sí un tanto polémica.

En el fondo, ambas atletas tenían mucho más que ver de lo que podría parecer: a Mary le persiguió la mala suerte para ser olímpica, ya que, aunque ya despuntaba cuando se celebraron los Juegos de Múnich 72, su edad le impidió tomar parte. En los de Montreal una fractura no le permitió participar. En Moscú el boicot de su país fue la causa. La mala suerte le siguió acompañando tras los Juegos de Los Ángeles, ya que en Seúl 88 se vio afectada por un virus, mientras que a Barcelona no fue ni convocada. Finalmente, en la cita de Atlanta unos altos niveles de testosterona fueron, esta vez, los causantes de su ausencia. Mary Decker aún no lo sabía pero los de Los Ángeles iban a convertirse en su única participación olímpica.

Zola Budd se había dedicado al atletismo por una triste causa: la prematura muerte de su hermana por cáncer la lanzó a la costumbre de desahogar sus penas corriendo campo a través, siempre descalza. La rabia la impulsaba a correr cada vez más y más rápido, batiendo los récords mundiales que por aquel entonces estaban en posesión de Mary Decker. La desgracia le perseguiría a Budd, pues su padre le engañó apropiándose del 80% de sus ganancias. No llegó a aclarar sus asuntos con su padre antes de que éste fuera asesinado por un hombre que le acusó de intentar acosarle sexualmente. La vida en lo personal tampoco le sonreía a la rubia Decker. Mientras, casi una niña aún, encandilaba al público atlético arrasando en las carreras con sus trenzas, Mary sufrió abusos de uno de los novios de su madre separada. En ese mismo instante Mary abandonó su casa.

Para 1984 Decker era la máxima favorita en los Juegos por sus marcas. Todo el estadio esperaba celebrar con ella el oro, que se daba ya como casi seguro. La estadounidense se posicionó en los inicios de la carrera –por lo demás, lenta- detrás de Budd. La neobritánica dio un traspiés en un momento dado, tocando a Mary Decker, quien fue a parar al suelo, al lado interior de la pista. Su caída fue fea; se había hecho serio daño en la cadera. Ya no podía continuar en la que tenía que ser “su” carrera. Mary se echó a llorar desconsoladamente, cogida en brazos por su novio, el lanzador de disco Richard Slaney. Ese llanto, tan reproducido y transmitido le causó el apodo de “La llorona de América”. La carrera continuó y Zola Budd, que se había conseguido mantener en pie, acabó séptima. El oro acabó en posesión de la rumana Maricica Puică.

Tras la carrera la atleta local dio una rueda de prensa en la que acusó a Zola Budd de tener toda la culpa, por su inexperiencia. Algunos llegaron a afirmar que no se trató de un simple accidente, sino de una caída causada adrede. Budd se disculpó, recibiendo de la agraviada un arrogante “Ni te molestes”. Solo años más tarde Decker reconoció que la culpa había sido propia por no haber sabido situarse bien en el grupo. Durante el resto de la carrera los abucheos fueron tan persistentes contra Zola Budd que solo años más tarde –en concreto, 32 largos años-, la corredora confesó que no quiso forzar y entrar entre las tres primeras para no tener que subir a un podio siendo tan recriminada.

Las dos atletas dejaron de hablarse durante décadas. Ni se saludaban. Había demasiado rencor en algo que ocurrió en una fracción de segundo. Pero la realización de un documental sobre el incidente, titulado precisamente “La caída”, que tuvo lugar en la víspera de los Juegos de Río, las unió de nuevo. Y se produjo la sorpresa: vieron que tenían más en común de lo que imaginaban, incluso echaron unas carreras en la pista del estadio lugar del incidente que tanto las marcó. Por fin un gesto deportivo entre dos atletas que estaban destinadas a los triunfos olímpicos y que las circunstancias impidieron.

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MERYL DAVIS & CHARLIE WHITE: LO QUE HAY DETRÁS DE UNOS CAMPEONES OLÍMPICOS

Hoy queremos adentrarnos un poquito en lo que hay detrás de unos campeones olímpicos. Como es lógico, los éxitos no se regalan ni vienen de la nada. Para ser deportista de élite se requiere tener una naturaleza especial, física y psíquica. Cuando la primera tiene algún punto flaco, la segunda ha de redoblarse. Ese es el caso de la pareja de danza compuesta por Meryl Davis y Charlie White. O, más bien, es el caso de ella. Davis no ha querido hacer público su problema, del que más tarde hablaremos, para no influir de ninguna manera en los jueces, de los que dependen las puntuaciones en el patinaje artístico, como es bien sabido. Nadie, contemplando a esta pareja de calidad más que contrastada, podría pensar que detrás de sus títulos y medallas se esconda más del habitual esfuerzo de horas de entrenamiento.

Esta pareja estadounidense ha batido récords, si es que se pueden batir récords en su deporte. Para empezar, son la primera pareja de danza de su país en convertirse en campeones olímpicos y eso ya es mucho decir, teniendo en cuenta el nivel de Estados Unidos en su deporte. Constituyen la primera pareja de su país en conseguir el oro olímpico y el mundial. También son la que ha patinado junta durante más tiempo, ya que se unieron en 1997 y no han tenido ninguna otra pareja. Asimismo, la primera de su país en conseguir dos medallas en unos mismos Juegos, bien es cierto que se vieron beneficiados por estrenarse en Sochi la categoría de equipos. En la ciudad rusa consiguieron el oro en su categoría y el bronce en la de equipos. A ello hay que sumar otra medalla olímpica más: la plata en la cita olímpica anterior, la de Vancouver. Los últimos récords que consiguieron fueron en sus puntuaciones –en los Juegos de Sochi-, tanto en el programa corto como en el libre, donde lograron las mayores puntuaciones hasta entonces alcanzadas por una pareja de danza.

Los dos tienen mucho en común: proceden de la misma zona –Royal Oak, Michigan- y empezaron a patinar bien pequeños y a la misma edad: cinco años. De niños vivían a diez minutos de distancia y sus respectivos padres eran entre sí sus mejores amigos. Ello les ha favorecido como pareja, ya que se conocen perfectamente y la sincronía y compenetración necesarias en su especialidad en su caso es algo natural. Charlie en realidad dominaba varios deportes de hielo, destacando en el hockey. En el patinaje artístico se inició como patinador individual.

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Desde la primerísima temporada juntos no han parado de lloverles todo tipo de títulos. Parecía irles todo viento en popa. Pero pocos saben que Meryl (y, por ende, Charlie) ha tenido que superar para lograr esa excelencia una dislexia que le impide calcular las distancias –algo absolutamente necesario en su especialidad-. Su madre ha sido la que ha dado a conocer el problema. Meryl evita acercarse al resto de los patinadores durante los minutos de calentamiento previos a la competición, cuando salen cuatro parejas al hielo. Se queda pegada a la barandilla porque no calcula a qué distancia están el resto de patinadores y ocho patinadores en una misma pista pueden llegar a ser demasiados. Durante sus programas, Meryl tiene que depender por completo de Charlie en ese aspecto, quien a su vez tiene que prestar una mayor atención. Al haber patinado juntos durante tantos años el conocimiento y la confianza mutua se facilitan. Además Meryl tiene problemas de vista en su ojo derecho. Y no es solo el elemento femenino en esta pareja el que presenta una característica física que les hace redoblar el esfuerzo, pues además de todo lo dicho Charlie es asmático, lo que influye en la respiración durante la práctica deportiva. Todo ello aumenta el mérito en esta pareja. Davis y White inciden en que su éxito se fundamenta “en el entrenamiento y la confianza”.

Y no, Meryl y Charlie no son pareja fuera del hielo. Charlie se casó, no obstante, con otra prestigiosa campeona en su misma categoría, la de danza. Se trata de Tanith Belbin, medallista de plata en los Juegos de Turín 2006. Tanith tiene otra pequeña historia detrás de ella, pues se vio perjudicada por un cambio en la legislación para obtener la nacionalidad estadounidense. Canadiense, se trasladó a la zona de Michigan –donde conocería a Charlie White- para entrenar. Tuvo que esperar más tiempo del habitual primero para conseguir la green card y más tarde el pasaporte de EE.UU. tuviendo que intervenir un senador para acelerar su proceso, ya que había sido injustamente retrasado. A su país de acogida le daría posteriormente una medalla olímpica, como hemos mencionado antes.

No queríamos acabar sin otro dato que une a Meryl Davis y Charlie White y que conviene recalcar: ambos han estudiado carreras universitarias (ella Antropología y él Ciencias Políticas) y se dedican a ayudar en la sociedad (ella es embajadora de Unicef y voluntaria en el hospital infantil de San Judas y él da clases de patinaje en Harlem y apoya el programa “Lee cada día” dedicado a escolares). Dos nuevos ejemplos del deporte olímpico con excelencia en sus vidas deportivas y personales.

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PEDER FREDRICSON, PLATA EN SALTOS DE HÍPICA EN RÍO: “ESTA MEDALLA ES UN PREMIO A TODA MI CARRERA”

Peder Fredricson es heredero de la tradición sueca en la hípica. No es de extrañar que ya cuelguen sobre su cuello dos medallas olímpicas, ambas de plata: una por equipos en los Juegos de Atenas 2004 y otra individual en los más recientes de Río 2016. Lo que es más curioso es que participara en otros Juegos –en este caso, sus primeros- con solo 20 años en la ya algo lejana cita olímpica de Barcelona pero en otra competición hípica: la de concurso completo. 24 años han pasado, pues, desde su primera experiencia olímpica a la más reciente y ahora la disfruta más que nunca, según nos contó en una entrevista exclusiva: En Río he disfrutado de mi mejor experiencia olímpica porque estaba más relajado y organizado. Según vas adquiriendo experiencia cada vez te puedes relajar más y disfrutar más de la competición. Sigues teniendo que estar centrado en tu objetivo, pero es más fácil relajarte”.

En Río disfrutaría, pero no se pudo relajar tanto porque le tocó vivir un emocionantísimo desempate ya que hasta seis jinetes habían acabado con cero puntos en el concurso de saltos. En el desempate final sólo el sueco Fredricson y el británico Nick Skelton acabaron con otro cero al no haber derribado ningún obstáculo, pero Skelton fue algo más veloz y ganó al escandinavo por tiempos. Pese a que le pudo haber quedado un regusto amargo,  Fredricson, se mostró muy contento con la forma en que mi caballo saltó. Todo salió muy bien, quizás un poquito demasiado lento en el desempate, pero por el resto me siento muy feliz de cómo salió todo. Fue estupendo”. Sin embargo, reconoce que “fue un poquito decepcionante estar tocando el oro y luego no alcanzarlo, pero me siento igualmente feliz con mi medalla, en cualquier caso. Si pudiera hacerlo de nuevo iría un poco más rápido en el desempate pero de esa manera igual acababa tirando uno o dos obstáculos. Así es el deporte. En esta ocasión fui un pelín lento para conseguir el oro pero soy extremadamente feliz con mi medalla de plata”. Y es que a Río Peder Fredricson fue a por lo máximo: “Mi objetivo antes de Río era conseguir el oro. Casi lo logro. Ya había conseguido una medalla de plata antes, en la competición por equipos”.

El jinete sueco reconoce que de niño no soñaba ni remotamente en conseguir una medalla olímpica. Es más: ni se veía participando en unos Juegos. Simplemente eligió el deporte de la hípica porque le gustaban los caballos, pero no se visualizó nunca cabalgando en la máxima cita deportiva. En sus comienzos no se dedicó a las pruebas de saltos, sino a la exigente prueba del concurso completo, donde los participantes tienen que demostrar sus habilidades en la doma, los saltos y el campo a través. Así, fue el jinete sueco más joven en participar en esa modalidad en unos Juegos Olímpicos –los de Barcelona 92- .

Seguramente influyó en su elección sobre qué deporte practicar el hecho de que su padre fuera veterinario. Su hermano también se ha dedicado a la hípica. Aunque de niño no se viera en unos Juegos Olímpicos el sueño de una medalla sí que le persiguió una vez que empezó a dedicarse al deporte: “Ganar una medalla olímpica es algo muy grande. Lo veo como un premio a toda mi [dilatada] carrera”. Como participante y como espectador, Fredricson no se ha perdido varias de las citas olímpicas en años recientes. Comparándolas nos confesó que “en Londres no competí, aunque puede que el entorno fuera más bonito, pero en Río estaba mejor para los caballos, con más espacio”. Como el resto de los jinetes que compitieron en Río, muestra satisfacción total por la organización de este evento concreto en la ciudad brasileña, lejos de las críticas que haya podido haber en otras modalidades deportivas: “En cuanto a la organización en Río a mí personalmente me pareció estupenda, creo que fue superior. Los establos para los caballos, por ejemplo, eran muy buenos”.

Lo que está fuera de toda duda es que Peder Fredricson es un claro ejemplo de disfrute de una medalla olímpica con 44 años, como si de un reconocimiento a su carrera se tratara, como él mismo nos reconoció. Otra manera de vivir los éxitos olímpicos.

 

 

 

 

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BRAD LEWIS: EL ORO QUE SALVÓ AL REMO DE ESTADOS UNIDOS EN LOS ÁNGELES 84

Brad Lewis no estaba destinado a competir en unos Juegos Olímpicos. Es más, no estaba destinado a entrar en la élite de su deporte, el remo. Nacido y criado en California lo tenía más que difícil para entrar en el restringido círculo del remo estadounidense, limitado a la zona noreste, entre las universidades que se sitúan a las orillas del río Charles. Todos los integrantes de la escuadra de Estados Unidos para competir internacionalmente pertenecían a esa zona. Lewis era claramente un outsider. Le tocó vivir como deportista una época difícil: demasiado joven para competir en los Juegos de Montreal 76, impedido de hacerlo en los de Moscú 80 debido al boicot y con una responsabilidad inmensa para representar a su propio país en los de Los Ángeles 84.

La papeleta que tenía Harry Parker, seleccionador de EE.UU. para decidir los remeros que iban a competir en casa era de órdago, pues se juntó una generación en la que cualquiera de ellos podría haber representado a su país más que dignamente. En el cuatrienio olímpico previo a Los Ángeles todo fueron especulaciones sobre quién de ellos tendría el honor de competir en la prueba más preciada: la individual de scull. El grupo lo componían Tiff Wood, John Biglow, Joe Bouscaren, Charles Altekruse y el propio Brad Lewis. La mayoría de ellos había decidido, por edad, retirarse tras los Juegos, así que en Los Ángeles 84 habían puesto todas sus esperanzas de ser campeones olímpicos –y, en algunos casos, incluso de ser olímpicos por primera vez en su vida-.

La lucha, casi fratricida, entre ellos por buscar un puesto, EL puesto, cobró vigor pocos meses antes de la decisión final. Brad Lewis finalmente no sería el elegido. El californiano había viajado hasta Montreal 76 como espectador con el convencimiento de que no vería más Juegos Olímpicos en el continente norteamericano. Quería ver con sus propios ojos de cerca a los mejores remeros del mundo. Por tres dólares consiguió una entrada de pie para ver la final del single scull. Pero para 1984 había llegado su momento, dinamitado por la decisión de Parker eligiendo a John Biglow en la prueba individual. Sin embargo, aunque enfadado en un principio por dicha decisión, no todo estaba perdido para Lewis. Sus posibilidades de ser olímpico dieron un giro de 180º cuando fue elegido para competir en el doble scull, junto a Paul Enquist. Nunca habían competido juntos. Mientras otros equipajes lo habían hecho al menos en un centenar de ocasiones ellos constituían un binomio insólito, claramente compuesto para contentar a la fuerte competencia en la categoría individual, en vez de haber creado una pareja de garantías que entrenase junta desde muchos meses previos a la cita olímpica.

Lewis y Enquist poseían un carácter totalmente opuesto. Tanto es así que tomaron una decisión nada habitual: no compartirían dormitorio desde las semanas previas a los Juegos. La distancia caracterial entre ambos era tal, que compartir demasiadas horas juntos podría empeorar la relación, algo que podría influir negativamente en la compenetración necesaria para el doble scull. En la concentración previa a la cita olímpica Brad Lewis se había centrado en motivar a su compañero. En una pizarra colocada donde entrenaban cada día había escrito: “Nadie puede vencernos”. El mismo lema lo escribió con spray en un lienzo gigante antes de los trials, o pruebas clasificatorias nacionales. También le regaló un tiburón inflable con el lema escrito de “Estate hambriento”.

El equipo de Estados Unidos se había centrado en la lucha por saber quién estaría al frente del asiento de la embarcación individual. Al final, tanto esfuerzo quedaría en nada, pues Biglow sólo pudo alcanzar el cuarto puesto. Nada de himno estadounidense en casa ni tan siquiera podio ante el público local. En contrapartida, Lewis y Enquist lograron dar la gran –y agradable- sorpresa a los californianos que fueron a ver la final del doble scull. Era la primera vez que Brad Lewis competía en aguas cercanas a su casa (vivía a pocos kilómetros). Siempre hubo de desplazarse a la zona del río Charles para las concentraciones y campeonatos nacionales. Nadie daba un duro por el insólito dúo. Además, la relación entre el entrenador Parker y Lewis podría calificarse hasta de pesadilla. En el remero seguía habiendo resentimiento por no haber sido elegido para la prueba individual, mientras que el entrenador pensaba que Lewis podría dar más de sí. En la final del doble scull sí que mostraron compenetración absoluta Lewis y Enquist. Entre ellos hablaban con palabras clave para ahorrar esfuerzo al mismo tiempo que se daban instrucciones. Lewis le iba diciendo a su compañero una serie de palabras que significaban mucho para ellos: “Zelanda” fue la primera y se refería a que se sentara más en alto y estirado en el bote, al estilo de los remeros de aquél país. Más tarde la instrucción que le dio fue “Alemanes del Este”, en referencia a que se sentara aún más alto, al modo de los remeros de esa nación. Cuando faltaban una veintena de paladas para el final de la carrera ya vieron que alcanzaban al equipaje belga, que se había adelantado desde el principio: “Ya les tenemos”, fue lo que le gritó Lewis a Enquist. Ganaron la carrera y, por tanto, el oro olímpico por 1.5 segundos. Había sido tan solo la novena carrera en la que habían competido juntos. Para Lewis iba a ser incluso algo más especial, al ganar delante de todos los suyos.

Tras los Juegos Brad Lewis se especializó en conferenciante motivacional pero fue de los pocos que no abandonó el remo tras Los Ángeles 84. Su objetivo ahora era competir en la prestigiosísima Copa Henley en la embarcación individual al año siguiente. Escribió también varios libros, todos en torno al mundo del remo y realizó documentales sobre su deporte. Quería mostrar al mundo lo que él llamó el “asalto al lago Casitas” (el escenario del remo en Los Ángeles 84). Su medalla de oro acabó descolorida y con aspecto de usada. No es de extrañar, porque Lewis se encargó de que 1.343.675 niños escolares la pudieran tener entre sus manos. Porque según Brad Lewis “una medalla de oro guardada en una caja es una completa pérdida”. Por cierto, el espíritu olímpico de Brad Lewis continúa con los años: no se ha perdido ninguna edición olímpica in situ desde la edición de Montreal, adonde fue con cuatro duros cuando tenía 18 años.

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MARGARET ABBOTT: LA CURIOSA PIONERA DEL OLIMPISMO DE ESTADOS UNIDOS, QUE NUNCA SE SUPO CAMPEONA

Serena Williams, Simone Biles, Katie Ledecky son solo tres de las grandes, grandísimas campeonas que Estados Unidos ha disfrutado en los Juegos Olímpicos pero ¿quién fue la primera? ¿qué deporte practicaba la primera mujer campeona olímpica de la potencia más grande del deporte? La respuesta es Margaret Abbott, jugadora de golf, poseedora de una historia singular, digna de otros tiempos, los que le tocó vivir, pues se proclamó campeona en la lejanísima edición celebrada en París en 1900.

Margaret Ives Abbott había nacido en Calcuta en el seno de una adinerada familia de Chicago. Interesada más por el arte, convenció a su madre para que le diera permiso para viajar a París, donde llegaría a estudiar al lado de dos grandes maestros del Arte, como son Edgar Degas y Auguste Rodin, ni más ni menos. Le acompañó en ese viaje su madre, Mary Abbott, persona culta, novelista y crítica literaria para el prestigioso diario “Chicago Tribune”. En un determinado momento Margaret quiso prolongar su estancia en la capital francesa y no se le ocurrió otro método de persuasión para con su madre que apuntar tanto a su madre como a ella misma en los Juegos Olímpicos que iban a celebrarse con el cambio de siglo. Y Margaret ganó en ellos.

Era la primera cita olímpica en la que se permitió la participación, eso sí, parca, de mujeres. Sólo once tuvieron el honor de ser las elegidas. Participaban únicamente en tres deportes: golf, tenis y croquet. Pero no se lo tomaron muy en serio. La propia Margaret Abbott reconoció siempre que ganó porque sus rivales “no entendieron aparentemente la naturaleza del juego y aparecían en tacones y faldas estrechas”. No era el caso de Margaret, quien vestida más cómodamente se impuso en el torneo olímpico, el cual se disputó a nueve hoyos.

Dos anécdotas insólitas envuelven la participación de esta pionera del deporte: la primera, que fue protagonista, junto con su madre Mary, de un caso que no se ha vuelto a repetir, al conformar la primera pareja madre-hija que hayan participado nunca juntas en una Olimpiada (Mary acabó en séptima posición). La segunda, que Margaret Abbott nunca fue consciente de haberse convertido en campeona olímpica. No fue el único caso, sino que se extendió a todos los medallistas de los Juegos de París 1900. Simplemente pensaban que estaban participando en unas competiciones deportivas a propósito de la Exposición Universal. De hecho, no llegaron a recibir medallas, sino regalos que, en el caso de Margaret Abbott, se trató de un decorativo jarrón de porcelana. Lo más probable es que la pionera Margaret Abbott muriera –en 1955- sin llegar a saber el hito deportivo que protagonizó. Solo años después de su fallecimiento, ya a finales del siglo XX, la profesora de la Universidad de Florida Paula Welch, que investigaba sobre temas olímpicos, contactó con los hijos de la campeona para informarles de que su madre había sido campeona olímpica.

Margaret Abbott, por cierto, hubo de dejar la práctica del golf debido a una lesión en las rodillas por un accidente que había sufrido siendo niña montada en una bicicleta. Quedará para siempre como una pionera del deporte y del fabuloso Team USA, plagado de herederas suyas.

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KOSUKE HAGINO, CAMPEÓN OLÍMPICO EN RÍO: “LA PRESIÓN HACE SACAR LO MEJOR DE MÍ”

No es ni estadounidense, ni australiano, ni ruso, ni  de otro país europeo, pero se ha convertido en una de las mayores figuras de la natación mundial. En tres años se enfrentará a su mayor reto: unos Juegos Olímpicos en su propio país. Se le pedirá mucho a Kōsuke Hagino en Tokio 2020 y él parece llevarlo con la tradicional reflexiva tranquilidad propia de los orientales. Antes al contrario, como contó a Rincón Olímpico en una entrevista exclusiva, la presión en unos Juegos Olímpicos a veces te hace sacar lo mejor de ti y que hagas mejor papel del previsto inicialmente. En mi caso la presión la transformo para que me resulte positiva y me empuje”. 

Hagino deslumbró en Río 2016, donde consiguió tres medallas, pero no le era desconocida la sensación de pisar un podio olímpico, puesto que ya lo había logrado en Londres 2012. Allí, cuando aún no había cumplido los 18 años, impidió a Micheal Phelps anotar una medalla más en su impresionante palmarés. Empezó deslumbrando en las series de los 400 metros estilos, consiguiendo el mejor tiempo. En la final sería superado por Ryan Lochte y Thiago Pereira, pero consiguió una meritoria medalla de bronce, dejando al gran Phelps fuera del podio. El nadador japonés le quita importancia al dato: “Sí, superé a Micheal Phelps en esa carrera e “impedí” así que consiguiera otra medalla pero es solo un resultado, simplemente ocurrió. Tuve suerte. Solo quería hacer el mejor papel posible y es lo que ocurrió”.  Pese a que, tras su mejor tiempo en series, algunos ya soñaban con un oro de Kōsuke, a él le bastó salir con una medalla al cuello, aunque fuera de bronce: “Estoy satisfecho de mi papel en Londres. Fui para ganar una medalla y lo conseguí, así que el bronce en los 400 estilos me supuso una satisfacción. Estoy feliz con lo realizado en los Juegos de Londres”.

Para cuando disputó su segunda experiencia olímpica, la reciente de Río, Kōsuke Hagino ya había engordado su palmarés, pese a sufrir lesiones que, entre otras cosas, le impidieron disputar el Mundial de Kazán de 2015. Pero arrasó en el de Barcelona de 2013, así como en los Juegos Asiáticos y Pan Pacíficos, ambos disputados en 2014. Entre todos ellos Rising Son, como le apodan (haciendo un juego de palabras con el inglés Rising Sun, sol naciente, denominación de su país, Japón), ganó un total de quince medallas. Además, demostró su mejor rasgo: una gran versatilidad. En el Mundial de Barcelona, sin ir más lejos, fue el único nadador que disputó seis pruebas individuales (a las que hay que sumar una de relevos). Y es que Hagino toca todos los palos y no se conforma con una especialidad. Como él mismo nos contó: “Me concentro principalmente en la carrera individual de estilos, pero me gusta retarme con diferentes estilos y distancias y probar muchas carreras diferentes”. Así, Hagino ha disputado con éxito carreras de 100 m libres, 200 libres, 400 libres, 100 espalda, 200 espalda, 200 estilos, 400 estilos y 4×200 libres.

Foto de Reuters

En Río la afición esperaba mucho de él y no decepcionó, consiguiendo el bronce en los relevos 4×200 libres, la plata en los 200 estilos individual y, sobre todo, el oro en los 400 estilos, primera medalla en esa distancia para Japón en su historial olímpico. Es por ello que Hagino se siente particularmente contento de esa medalla: “Mi objetivo principal era ganar una medalla en los 200 metros libres. No lo conseguí, pero gané en los 400 estilos. Tenía como objetivo ganar en esa prueba, que supondría la primera medalla para mi país en esa distancia. Me alegré más que nada por el equipo, así que estoy muy satisfecho de haberlo logrado”.  En ese equipo que menciona no puede faltar Norimasa Hirai, su entrenador, quien entrenó a otra estrella de la natación japonesa como es Kosuke Kitajima. Hagino no solo se fijó en su compatriota, sino que sus ídolos en la piscina han sido dos estadounidenses con los que ha tenido la oportunidad de rivalizar dentro del agua, unas veces superándolos, otros quedando justo detrás de ellos. Se trata de Phelps y de Lochte: “Tanto Micheal Phelps como Ryan Lochte han sido grandes nadadores, contra los que he competido. Son admirados por muchos y muchos quieren ser como ellos, no solo yo, sino otros nadadores también”. Ante las comparaciones con la Bala de Baltimore no han faltado los piropos de admiración mutua. Hagino puede que sea el sucesor del ŌŌamericano en cuanto a versatilidad se refiere, según ha reconocido el propio Phelps. Por otra parte, el japonés nunca ha negado que Phelps es su modelo a seguir. También opina como él en que hay que mantener limpieza en el deporte, concretamente en la natación, tras las insinuaciones del más premiado olímpico sobre casos de dopaje en su deporte. Hagino apoya a Phelps en su lucha contra el dopaje: “Los deportistas debemos estar limpios. Es por eso que competimos, porque estamos limpios. Tenemos que mantener esa limpieza en el deporte”.

Quedan tres años para los que pueden ser los Juegos Olímpicos definitivos para el nadador japonés. Kōsuke está convencido de que la presión que pueda recibir por disputarlos en casa la transformará en energía positiva: “No hay muchos deportistas que puedan disputar en su propio país unos Juegos Olímpicos. Sí que siento presión, pero la transformo de tal manera que se convierta en una forma de impulso para mí, que me dé fuerzas. Como ya habré tenido la experiencia de dos Juegos Olímpicos a mis espaldas para cuando participe en las de Tokio ya estaré totalmente centrado en los Juegos, ya que ya habré vivido la experiencia inicial, en la que quizás no estás tan centrado”. Y mira con optimismo a una edición olímpica que vivirá con especial orgullo: “Las culturas son muy diferentes. Cada edición de los Juegos tiene sus propias características por la cultura del país anfitrión y la idiosincrasia de la gente. En el caso de Japón y los Juegos de Tokio 2020 esperamos ofrecer muestras de nuestra cultura también, como ha ocurrido en Juegos pasados”.

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CURIOSIDADES DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE MOSCÚ 80

-Fueron los primeros Juegos Olímpicos a los que afectó un boicot masivo, en este caso por la superpotencia de Estados Unidos y otros países de su entorno que se negaron a participar debido a la invasión soviética de Afganistán, por eso se les llamó “los Juegos del boicot”

-El boicot produjo la cifra más baja de países participantes desde la edición de Melbourne en 1956: un total de 80 países

-Pese a la baja participación la edición moscovita superó muchos récords: 36 del mundo, 74 olímpicos y 39 europeos

-Por primera vez los Juegos se celebraban en un país comunista y en una potencia deportiva de primerísimo orden como la Unión Soviética, que nunca más ha vuelto a albergarlos –salvo la edición invernal de Sochi en 2014-

-Fueron unos Juegos deficitarios: dejaron 117,9 millones de rublos

-La antorcha olímpica realizó un recorrido escaso: aparte de Grecia y del país anfitrión, la Unión Soviética, solo pasó por Bulgaria y Rumanía, los países intermedios entre Olimpia y Moscú

-De la delegación española compuesta por 156 deportistas solo nueve de ellas fueron mujeres

-Aún se recuerda su perfecta y mastodóntica ceremonia de inauguración, en la que el país anfitrión quiso mostrar su poderío y capacidad de mover masas a la perfección

-También se recuerda, con mucho cariño, a su mascota, quizá la de más éxito en la historia olímpica: el osito Misha, protagonista de una popular serie de dibujos animados

-De entre todas las instalaciones que se construyeron para los Juegos destaca el Estadio Olímpico Lenin, con una enorme capacidad: 103.00 espectadores, así como el gigantesco hotel Cosmos o la terminal 2 del aeropuerto

-La ciudad se engalanó para la ocasión, plantando 100.000 árboles o restaurando monumentos

-El gran baloncestista local Serguei Belov sería el encargado de encender el pebetero

-Por primera vez se produjo una conexión con el espacio, en las personas de los cosmonautas Leonid Popov y Valeri Riumin, que saludaron desde el Sayut 6 al estadio

-No hubo unanimidad entre los países occidentales del entorno de Estados Unidos para sumarse al boicot: mientras Australia daba libertad personal a cada uno de sus deportistas para acudir o no, otros como Francia, Dinamarca, Italia, Países Bajos, Reino Unido o España, entre otros –la mayoría europeos-, apoyaron el boicot pero acudieron bajo la bandera olímpica

-La lista de países que boicotearon los Juegos quizá nos sorprendería hoy en día, puesto que apenas hay países de la órbita de la OTAN. El principal fue Alemania Occidental, pero encontramos otros como China, Irán, Sudán, Turquía, Argentina, Egipto, Japón y muchos otros, casi todos africanos, caribeños y asiáticos

-La imagen de la mascota Misha en forma de globo de proporciones gigantescas llorando marcó la ceremonia de clausura

-El que posiblemente fue el rey de los Juegos fue el nadador local Vladimir Salnikov, quien bajó por primera vez de la barrera de los 15 minutos en la prueba de los 1.500 metros. Ganó otras dos medallas de oro más (en los 400m y en el relevo 4×200)

Vladimir Salnikov.
Foto de Bettmann/CORBI

-Destacar al gimnasta soviético Alexander Ditiatin, que en Moscú 80 se convirtió en el primer deportista en ganar ocho medallas en una misma edición olímpica

-Alemania del Este se reafirmó como gran potencia deportiva, especialmente en lo que a sus nadadoras se refiere, subiendo a lo más alto del podio en once ocasiones en la piscina

-No menos destacado fue el papel de la RDA en atletismo, donde lograron 13 medallas en la categoría masculina y 14 en la femenina, destacando la gran Marita Koch

-Se cuenta que España iba a boicotear los Juegos pero la intermediación directa de Juan Antonio Samaranch lo impidió

-Decepción la que se supuso la reina de Montreal 76, Nadia Comaneci; ya que aunque acabara en un meritorio segundo puesto en la clasificación general, en la de por equipos y consiguiera dos oros por aparatos se cayó en las asimétricas y no brilló como en la anterior cita olímpica. En Moscú 80 se presentó con un notable cambio en su cuerpo, convertida ahora en toda una mujer

-En Moscú 80 comenzó el reinado de la más brillante piragüista de la historia: la alemana (de la entonces DDR) Birgit Fischer

-La amazona de doma ecuestre austriaca Elisabeth Theurer ganó el oro y lo hizo pese a que su Federación nacional no le dejaba participar. Su compatriota, el ex piloto de Formula 1 Niki Lauda, fue el que la trasladó a Moscú en su propio avión

-Grandes protagonistas fueron dos mediofondistas británicos que marcaron época y realizaron auténticos duelos en el tartán: mientras Sebastian Coe se impuso en la carrera de los 1.500 metros, su compatriota Steve Ovett lo hizo en la de 800

Duelo Coe-Ovett

-La gran sorpresa de Moscú 80 la protagonizaron las jugadoras de hockey de Zimbabue: se trataba de una selección que se había formado con poquísimas semanas de anticipación a los Juegos y, sin embargo, conseguiría el oro

-Aunque pudiera parecer que pocos espectadores se desplazarían a una soviética Moscú lo hicieron en un millón y medio más de personas respecto a la edición anterior de Montreal 76, totalizando cinco millones

-En la competición de salto con pértiga masculina un griterío apoyando a los tres favoritos (un francés, un polaco y un soviético) no cejó en todo momento. Cuando Władysław Kozakiewicz aseguró el oro realizó un corte de mangas a los seguidores soviéticos en lo que se ha denominado en llamar el “gesto de Kozakiewicz” en su propio país

– En varias competiciones atletas que batieron el récord olímpico acabaron sin medalla, tal era el nivel

-Otra estrella de los Juegos fue el boxeador cubano Teófilo Stevenson, que se convirtió en el primero en ganar tres títulos olímpicos consecutivos del peso pesado

-Debido al boicot realizado por los Estados Unidos, en la ceremonia de clausura no fue la bandera de este país la que se alzó –ya que la siguiente edición tendría lugar en su suelo-, sino la de la ciudad de Los Ángeles, sonando el himno olímpico en lugar del del país receptor

-Estados Unidos decidió organizar una competición paralela, con excelentes resultados en cuanto a marcas. Se calcula que habrían conseguido 29 medallas en natación de haber acudido a los Juegos de Moscú

-Como no podía ser de otra forma, La URSS encabezó el medallero, muy por delante de Alemania Oriental y una sorprendente Bulgaria en tercer lugar

-En el torneo de boxeo se dio una circunstancia única: un púgil perdió dos veces el mismo combate. Moussa Sangare, de Mali, fue descalificado por no acudir al pesaje oficial. Su delegación reclamó, alegando que su vuelo se había retrasado. Rehabilitado, acabaría perdiendo finalmente su combate, esta vez ya en el ring

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