MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 35: EL CRITERIO MÁS INVEROSÍMIL PARA CONCEDER UNA VICTORIA OLÍMPICA

La soviética Liudmila Kondratieva y la germana del Este Marlies Göhr protagonizaron, a su pesar –sobre todo pesar para la alemana-, uno de los capítulos más bochornosos de la Historia olímpica. Claro que, de haber ocurrido en Juegos Olímpicos recientes y no en los de Moscú 1980 nada del incidente que las ocupó habría tenido lugar.

Y, hablando de lugares, situémonos, tanto en el lugar como en la época. La edición olímpica de Moscú se vio afectada, como es bien sabido, por el boicot de Estados Unidos y otros países de su ámbito occidental. Ello afectó a la carrera de los 100 metros lisos femeninos, en la que faltó la que era por entones una de las máximas favoritas: Evelyn Ashford. Sin la estadounidense, las posibilidades de llevarse el oro se ampliaban y tanto Göhr como la local Kondratieva aspiraban a lo máximo. De hecho, en las jornadas previas a los Juegos la soviética ya había realizado en los campeonatos nacionales una marca que se habría convertido en récord del mundo, si no fuera que la IAAF llegó a sospechar de la veracidad de la misma. En cualquier caso, Kondratieva era ya una clara aspirante a la gloria olímpica.

Por su parte, Marlies Göhr, aún no inmersa en el escándalo del dopaje de la antigua Alemania del Este (que le salpicaría de lleno años más tarde) brillaba en la prueba más veloz ya desde el Europeo junior de Atenas de 1975. Participó en la Olimpiada de Montreal, ganando el oro en los relevos 4×100 con el temido equipo de la RDA. Poco más tarde se convertiría en la mujer más rápida de la prueba más corta, llegando a batir el récord mundial en dos ocasiones.

Tanto Kondratieva como Göhr ya se habían visto las caras como máximas rivales en competiciones anteriores a Moscú 80. Dos años antes, en el Europeo disputado en Praga, la soviética ganó en la prueba de los 200 m. a la germana, que por entonces era la máxima favorita. Es decir, los Juegos de Moscú 80, en ausencia de Evelyn Ashford, iban a determinar quién era la dominadora de la velocidad en el mundo, pues tanto una como otra de las contrincantes que ahora nos ocupan iban a la cita moscovita en el mejor momento de sus brillantes carreras. La prueba de los 100 m. iba a dejar claro quién era la reina de la velocidad del momento.

Como no podía ser de otra manera, imperó la igualdad. La misma que había entre las dos corredoras. Y eso que la germana tuvo que realizar una remontada para igualar a su rival de la URSS. Igualdad a la máxima potencia; igualdad en su máxima expresión. Y ahí es cuando la falta de tecnología suficientemente evolucionada y fiable jugó una mala pasada a la germana. Ambas corredoras llegaron a la vez a la meta, pero no podía haber un ex aequo. Durante un tiempo, que se hizo eterno para las dos y sus respectivas delegaciones, los jueces fueron analizando mediante los métodos fotográficos de entonces una a una las coordenadas de llegada, comparando todas sus partes del cuerpo. Así, se determinó que habían llegado exactamente en el mismo punto sus hombros, cabeza, sus caderas y sus piernas. Totalmente emparejadas. ¿Cómo decidir, pues, qué atleta había traspasado primero, aunque fuera por la mínima expresión, la línea de meta? Entonces los jueces adoptaron un criterio que hoy en día –incluso entonces- nos parecería como mínimo injusto .además de sexista: determinar qué pecho cruzó antes la meta. En este caso fue el de ¿casualmente? la atleta local. Es decir: Marlies Göhr se vio perjudicada por tener menos pecho que Liudmila Kondriateva. La alemana puede decir libremente que su escaso volumen pectoral le impidió proclamarse campeona olímpica de la prueba reina en los Juegos de Moscú 80; tal como suena. La tecnología actual no habría permitido tener que tomar esa decisión.

Se dice que hay justicia poética y también aplicable al deporte. En este caso Kondriateva acabó lesionada la prueba, lo que le impidió participar en esos Juegos, sus Juegos en casa, en las pruebas de los 200 m. y relevos 4×100, perdiendo de esta manera dos claras oportunidades de medallas. Por el contrario, Göhr se llevó el oro en los citados relevos. Solo años más tarde Göhr tuvo que apechugar con acusaciones de dopaje que habría llevado a cabo en 1983 y 84 con el medicamento prohibido Oral-Turinabol. Seguramente no dejó de ser otra víctima más del dopaje de estado realizado en la ex RDA, donde en muchos casos los propios deportistas ni sabían lo que les estaban haciendo tomar. Pero eso es otra historia…

La llegada a meta. Juzguen ustedes mismos

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THAIS HENRÍQUEZ, DOBLE MEDALLISTA OLÍMPICA: “SE HA DEJADO PERDER LA NATACIÓN SINCRONIZADA ESPAÑOLA”

La natación sincronizada española se ha ganado un puesto en la élite, de todos es sabido. Nombres como los de Gemma Mengual, Ona Carbonell o Andrea Fuentes suenan a todos, más allá de se sea o no aficionado a este deporte que es también arte, pero no debemos olvidarnos de otras componentes del equipo que, como las anteriormente nombradas, han pasado horas y horas de su vida metidas en una piscina y, en muchas ocasiones, han visto recompensados sus esfuerzos con medallas. Hablamos con Thais Henríquez, una de esas componentes, dos veces medallista olímpica: plata en Pekín 2008 y bronce en Londres 2012: Pekín fue un sueño hecho realidad. La verdad es que fueron unos Juegos duros. Eran mis primeros Juegos Olímpicos. Lo dimos todo tanto que casi no llegamos a la competición vivas de la sobrecarga que llevábamos encima para llegar a dar nuestro máximo, pero lo disfrutamos muchísimo”.  Thais, como sus compañeras, no hacían castillos en el aire pensando en una medalla olímpica a modo de sueño convertido en realidad. Se basaba en datos tangibles: “Habíamos ganado la plata en el Mundial anterior. Íbamos pisando muy fuerte, muy cerca de Rusia. Estábamos ahí luchando por un claro podium. Sabíamos que teníamos que hacerlo como en un entrenamiento, que nada fallara, que todo fuera como un reloj y así obtendríamos medalla, porque en unos Juegos Olímpicos todo el mundo se prepara dar su máximo y para conseguir el mejor resultado de los cuatro años”. La España de la sincro ya iba notando presión por aquel entonces. Faltaban por llegar grandes medallas, pero su bagaje ya era considerable en aquella época. Presión que, según nos cuenta Thais Henríquez “intentamos entrenarla para que no nos jugara en contra y saber que tienes cuatro minutos para demostrar que estás ahí  y puedes lograrlo. Es difícil pero para ello nos concienciamos y lo logramos”.

A nivel personal esa medalla significó para la canaria “la suficiente motivación como para aguantar cuatro años más en la sincronizada, que es un deporte muy duro, muy sacrificado. Realmente no puedes tener otra vida aparte. Es un deporte que te deja muy poca libertad. Por suerte hubo resultados, pero es algo complicado de gestionar durante tanto tiempo”.

Superados problemas físicos – “estaba delicada de salud con dos hernias lumbares y en enero ya tenía crisis de lumbago, de no poder moverme”- Thais llega hasta su segundo mayor éxito: una nueva medalla olímpica, esta vez en Londres 2012, experiencia ésta en la que cambiaron muchas cosas: “Lo viví de forma increíble, a pesar de que conseguimos un bronce y no una plata, como en Pekín. Hubo un relevo generacional porque solo permanecimos tres de Pekín. El trabajo fue muy duro para poner a todo el mundo al nivel. Se me hizo mucho más cuesta arriba que Pekín, claro que ya era más veterana. Me convertí en un poco responsable del equipo y tienes que estar dando la talla y llevando el peso del equipo”. De esta manera, cambió el rol de Thais: “de dejarte llevar y que te manden al de “mandar” y tirar del equipo y que estén al nivel”. Pese al siempre problemático relevo generacional, España salió con una medalla al cuello, y eso aunque “todos los equipos venían muy fuerte; había equipos veteranos que no se habían renovado y estábamos en ligera desventaja por ese hecho y por eso la recompensa fue mayor si cabe”. Merecieron la pena, pues, los esfuerzos extras de la lesionada Thais, que llegó a tener que pasarse semanas sin poder llevar a cabo los entrenos técnicos porque incidían en su lesión. Por ello, le supo a oro ese bronce: “por ser capaz de sobreponerme a las lesiones”.

Thais Henríquez es una de las nadadoras que han logrado “poner tan alto el nombre de España”, algo que “costó muchísimo”. Como nos cuenta, “la sincronizada es un deporte muy lento, cuya progresión es muy difícil. Tienes que entrenar mucho, cuesta mucho llegar a lo más alto y, sobre todo, posicionarte, decir “Aquí estoy ” y plantarle cara a grandes potencias. Ser capaces de romper esa barrera fue muy difícil. Conseguimos hacer historia y posicionarnos con apenas cien licencias absolutas, o no sé si llegaba a ese número”. Esa es la diferencia con la todopoderosa Rusia, a la que es tan difícil de superar: “Para superarla hay que coger a 20.000 niñas y apuntarlas a la sincro. De entre 20.000 coger ocho o diez para los Juegos te sale una combinación perfecta. Lo importante es que la base siga creciendo”.

Sin mucho menos tantas licencias, España ha mantenido el nivel durante años. Henríquez lo achaca a “el trabajo medido, buscando siempre innovar y buscando nuevas técnicas al mando de la seleccionadora Anna Tarrés. La clave ha estado en que nunca nos hemos creído mejores que nadie ni pensar que lo sabíamos todo. Siempre hemos mirado a nuestros rivales con mucho respeto y a Rusia con muchísima admiración. Ese intentar copiar sus sistemas de trabajo, intentar aproximarnos a lo que ellas hacían, intentar crear nuevas tecnologías, que nos ayudaran los biomecánicos del CAR, buscar siempre la perfección, ha sido nuestro fuerte y rodearnos de gente que Anna necesitaba para las carencias que ella tenía. Tener esa humildad y esa iniciativa ha sido la clave y, por supuesto, el espíritu de equipo y luchar todas por el mismo objetivo”.

Pero esa época dorada de la sincro española pasa por malos momentos, sin haber podido tan siquiera clasificar su equipo para los Juegos de Río. Thais tiene claro dónde está la responsabilidad: “lo achaco a que los profesionales que están ahora no están capacitados para asumir esa responsabilidad y al año y pico, en el Europeo de 2014, en el que hubo una bajada de puntuación de dos puntos y medio pienso que era señal suficiente como para que desde la Federación se tomaran responsabilidades. Era peor que un incumplimiento de objetivos. Se ha dejado ir algo que estábamos ahí. Se ha dejado perder”. Y añade: “Es fundamental que haya confianza plena del deportista al entrenador y viceversa, que era lo que teníamos nosotras con Anna y ella con nostras. Eso fluía. Ahora que cambió el equipo la confianza se desmoronó por completo y así lo demuestran los resultados”. Y no ve futuro claro a corto plazo: “Sólo en un futuro muy, muy lejano, y siempre que cambien al equipo técnico actual, habrá alguna posibilidad. El equipo anterior tiene talento, experiencia”.

 

 

 

 

 

 

 

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LOS MONTANO: REYES DE LA ESGRIMA OLÍMPICA CON SEIS MIEMBROS DE UNA MISMA FAMILIA MEDALLISTAS

Familias olímpicas ha habido muchas, incluso sagas, pero la de los Montano en esgrima supera con creces cualquier otra con logros olímpicos. Los Montano en el mundo de la esgrima nacieron con Aldo Montano, al cual ahora hay que agregar el sénior ya que su nieto, con el mismo nombre, ha seguido aportando muchas alegrías tanto a la familia como a la esgrima italiana. De la pequeña ciudad costera de Livorno, todos han pertenecido al mismo (prestigioso) club Fides, del que Aldo Montano (nieto) nos cuenta que ha seguido dando campeones en sus 150 años de vida sin bajar el nivel pese al paso de los años: Estas pequeñas ciudades cultivan con fuerza una pasión. En Livorno la esgrima es muy importante. Hay técnicos muy buenos”.

Aldo Montano Sr. tuvo la fortuna de tener como maestro al grandísimo Nedo Nadi. Cuando éste, tras ganar cinco históricos oros en Amberes 1920, decidió trasladarse a Argentina fue el pequeño Aldo quien tomó las riendas del club Fides. Desde el mayor de los Montano no ha decaído la saga, aunque hubo un lapso de unos años de sequía –desde los Juegos de Moscú 80 hasta los de Atenas 2004-, hasta que se formara la tercera generación. El iniciador de la saga sentó las bases, ganando sendas medallas de plata en sable, siempre sable (porque los Montano tienen esa peculiaridad, que todos menos uno, floretista, han triunfado con el sable), en los Juegos de Berlín 36 y Londres 48. Le pilló, como se ve, la II Guerra Mundial. De no haberlo hecho muy probablemente estaríamos contando con más triunfos olímpicos. A ello hay que sumar, entre una gran cantidad de trofeos, cinco oros y una plata en Mundiales. El apellido Montano, pues, empieza a sonar bien fuerte en el mundo de la esgrima.

Aldo Montano Sr., “il nonno”

La siguiente generación es la más próspera en cuanto a miembros y fue la que batió récords. Los integrantes fueron Mario Aldo, hijo de Aldo y sus primos –y, por tanto, sobrinos del iniciador de la saga- Mario Tullio, Tommasso y Carlo. Vayamos por partes, porque es fácil perderse entre tanto Montano y sus respectivos y múltiples triunfos. En cuanto a Mario, ganó tres medallas olímpicas, todas en la competición por equipos y todas con el sable: oro en Múnich 72 y plata en Montreal 76 y Moscú 80. Junto a su primo Mario Tullio –curiosamente, ambos nacieron el mismo día: 1 de mayo de 1948- compartió las dos primeras medallas. El hermano de Mario Tullio, Tommasso, se les unió en el equipo para ganar la plata de Montreal y fue en esos Juegos donde los Montano arrasaron literalmente, porque otro hermano de estos últimos, Carlo, también ganó la plata por equipos, pero en su caso en florete. Así que los Juegos de la ciudad canadiense contaron con cuatro miembros cercanos de la misma familia subidos al podio. No creo que tal gesta haya sido repetida antes o después de lo conseguido por los Montano.

Ni que decir tiene que, si sumamos las medallas en otros grandes campeonatos llegamos a cifras que quitan la respiración. Por citar solo una, la familia superaría entre todos la treintena de medallas únicamente en campeonatos mundiales. No hay estantería en el hogar de los Montano que pueda acoger tanto trofeo.

La segunda generación de Montano en Montreal 76

Pero llegamos a la tercera generación con Aldo Montano, hijo de Mario, nieto de Aldo y sobrino de todo el resto de Montano. Con él no solo llegó el ansiado oro olímpico individual en sable, que se hacía esperar para Italia desde los Juegos de Amberes de 1920. Aldo consiguió tres medallas olímpicas en total: oro en Atenas individual y bronce por equipos tanto en Pekín como en Londres y recogió el testigo de los Montano, de la escuela Fides y de la siempre exitosa esgrima italiana. Se ha dicho de él que en su persona convergen las mejores características tanto de su abuelo como de su padre, reuniendo del primero la solidez con la clase del segundo. Con tanto tirador de éxito en casa, “no podía hacer otra cosa que respirar la pasión por la esgrima desde pequeño, una pasión que mi abuelo llevó por la esgrima a mi padre y a varios sobrinos”. De su padre Aldo heredó también el ya en estos días habitual “grito de liberación” que los tiradores realizan en cuanto acaban victoriosos un enfrentamiento. Hasta que llegó Mario Montano solía reinar la compostura de los tiradores, seguidores de un deporte sucesor de las maneras a la antigua. Se da la circunstancia que el maestro de Aldo no fue su padre –“nunca quiso convertirse en entrenador”-, sino su máximo rival, Viktor Sidyak: “Fue enemigo acérrimo de mi padre en los años 70 y 80, pero mi padre estaba contento con que fuera mi maestro, ya que siempre lo respetó mucho por ser un tirador completísimo, sólido y agresivo. Duro pero fuerte y cuando uno es fuerte es respetado por todos”.

Mario Aldo Montano

¿Continuará la saga Montano con generaciones venideras? De momento la pequeña Olympia, hija de Aldo, nacida a principios de 2017, ya tiene una fuerte base de inspiración (su madre también es deportista, pero en su caso se dedica al atletismo y quiere llegar a Tokio 2020 junto a su marido) y respirará ambiente deportivo y olímpico en casa. Los Montano, en fin, son como la escuela Fides: pasan los años pero continúan sus éxitos y su alto nivel. Los seguidores de la esgrima sabemos que alguna edición olímpica puede pasar sin ellos, pero tarde o temprano llegará algún Montano y, seguro, se subirá al podio.

Aldo Montano Jr, la tercera generación

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VERO CUADRADO: “EL BALONMANO FEMENINO ESPAÑOL SE VE DE OTRA MANERA DESPUÉS DE LONDRES 2012”

Ha vivido la mejor época del balonmano femenino español y ahora se dispone a –espera y desea- hacerlo del futuro como entrenadora de la selección nacional. De momento está en el equipo junior, al lado de Jorge Dueñas, con unas jugadoras que confía estén en la próxima cita olímpica, al menos algunas de ellas: Esperemos que alguna pueda llegar a Tokio 2020. Veo bastante bien al equipo. Tampoco sabía qué nivel nos íbamos a encontrar y luego también había que compararlo con el nivel de fuera. Hemos ido al preuropeo y ha resultado que las chicas han ganado los tres partidos. Estamos muy contentos con ellas y con las ganas que tienen, que vienen con muchísimas ganas de aprender. Yo creo que es un grupo que tiene futuro”. Es Verónica Cuadrado, la jugadora integrante de las ya míticas Guerreras que solo ha podido vivir unos Juegos Olímpicos, pero ¡qué Juegos! Porque los de Londres 2012 serán recordados incluso por los no aficionados habituales del balonmano, al menos del femenino, con esa medalla de bronce que supo a oro.

Ya llegaremos a ese momento, pero antes Vero Cuadrado nos va contando al detalle la que, sin duda, ha sido “la mejor experiencia deportiva que he tenido en mi carrera”. Porque a la cita de Londres las Guerreras ya habían enseñado los dientes, aunque quizá aún no las garras. Su bagaje previo hacía prever algo positivo, aunque no tan grande: “La primera medalla que conseguimos fue en el Europeo del 2008, de plata, en Macedonia y no tuvo casi nada de repercusión y luego conseguimos medalla de bronce en el Mundial de Brasil en el 2011. Pero ya cuando conseguimos la medalla olímpica fue un cambio tremendo; la gente se ha volcado, tenemos un montón de seguidores…El balonmano femenino se ve ya de otra manera”.

De manera modesta, a la chita callando, el conjunto español llegó a la capital británica con la intención de ir “partido a partido, paso a paso porque no creíamos en un principio que podíamos llegar tan lejos. Entonces al final cuando lo conseguimos fue como un sueño. No nos lo podíamos creer”.  Y es que, según confiesa la ex Guerrera: “No nos esperábamos la medalla para nada al llegar a Londres. Claro que tienes un sueño y claro que tienes un objetivo como deportista, pero al final siempre te planteas: he venido a competir, he venido a hacer las cosas bien, vamos a tomárnoslo partido a partido y a ver cómo se da la cosa”.

Y se plantaron en un partido que suponía la lucha por una medalla. Sólo las ganadoras se la llevarían, la de bronce. Esa medalla que se gana mientras que la de la plata, cuando se trata de partidos de equipos, parece que en realidad se pierda. Todos recordamos la emoción de ese partido, incierto hasta el pitido final. La jugadora cántabra nos aporta sus impresiones de primera mano: “Fue un partido de una gran tensión y que lo llevamos al máximo. Fue muy bonito porque al final mucha gente se enganchó de tal manera que estaban viendo el partido y al final luchando por nosotras y al final conseguir una medallas es un sueño para cualquier deportista”.

Foto de Getty Images

Hay un antes y un después en la visibilidad y la apreciación del balonmano femenino español con la medalla de Londres 2012, así lo reconoce la propia Cuadrado: “Somos conscientes de que ha habido un antes y un después en el seguimiento del balonmano femenino español. Para nosotras ha habido un cambio tremendo. Para nosotras esa medalla de bronce fue como un oro y el sentimiento para el público es igual. Mucha gente nos decía que para ellos éramos las campeonas“.

Los éxitos deportivos de las Guerreras no fueron acompañados todo lo que debieran con inversiones. A la propia Cuadrado le tocó “emigrar”, en su caso a la potente liga danesa: “Me “tuve que” ir allí porque las cosas ya andaban mal en mi equipo, el Sagunto, ya desde el año anterior. Aguantamos un año más, luchamos, pusimos un poco todas de nuestra parte para que pudiera salir el equipo y al final salió, pero al siguiente año se hablaba de lo mismo, que no iba a salir. La situación económica en España ya había bajado muchísimo, no había sponsors…Las cosas en ese sentido veo que van un poquitín hacia arriba, pero en aquel momento eran todo puertas cerradas y no había soluciones. Entonces me llegó una buena oferta del extranjero y lo pensé mucho pero al final me dije: ´O ahora o nunca´”.

La crisis económica afectó a los clubes españoles y la propia selección se vio afectada. Algunas de sus estrellas, como nuestra protagonista de hoy u otras como Eli Pinedo se han retirado, encontrándose las Guerreras en una fase “de transición, de un poco de renovación de jugadoras que no puede ser de golpe, tiene que ser poco a poco. Pero yo las veo bien, veo que siguen la línea de las Guerreras de antes, de cuando conseguimos éxitos y yo creo que van en la misma línea y con el mismo espíritu de Guerreras”.

La santanderina, como tantos otros deportistas, nos confesó que “los Juegos Olímpicos son lo más, ese espíritu no se puede comparar con nada” mientras recuerda con una sonrisa en la boca la vida en la villa olímpica, en la que, junto a sus compañeras, buscaba impaciente a los jugadores de la NBA hasta que lo lograron, pero recalcando, eso sí, que “no pudimos vivir completamente la vida en la villa olímpica porque estábamos bastante concentradas, con los entrenamientos, los partidos, vídeos, etc. Estábamos bastante enchufadas para lo que teníamos que hacer”.

 

 

 

 

 

 

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LA VICTORIA MÁS INESPERADAMENTE ACLAMADA DE BARCELONA 92: LA DE LOS INDONESIOS SUSI SUSANTI Y ALAN BUDIKUSUMA

Tienen unos nombres harto complicados para nosotros: Alexander Alan Budi Kusuma Wiratama y Lucia Francisca Susi Susanti Haditono. Pocos fuera de su país y su entorno les conocen y nos costará creer que han protagonizado, por separado, una gesta olímpica que les unió y como resultado de la cual fueron recibidos como auténticos héroes nacionales por más de un millón de sus compatriotas en un desfile por las principales calles y plazas de su capital durante dos horas en los que Alan y Susi, subidos a un descapotable, apenas podían moverse. Ambos, indonesios, llevaban en ese momento colgadas al cuello sus respectivas medallas de oro ganadas en sendos torneos individuales de bádminton en los Juegos de Barcelona 92. Sus medallas suponían las primeras de oro para Indonesia en los 50 años de historia del país. El bagaje previo para esta nación de entonces más de 150 millones de habitantes resultaba pírrico, con únicamente un bronce en la edición anterior, la de Seúl 88.

De los Juegos de Barcelona quedaron en la mente y los corazones muchas imágenes: el encendido tan original del pebetero, la creativa ceremonia de inauguración, ejemplo para futuras ediciones, el Dream Team de jugadores de la NBA, por primera vez olímpicos, el oro del local Fermín Cacho en una de las pruebas reinas del atletismo. Esas y muchas más imágenes e historias, pero no ha trascendido –salvo en Asia, cuna del bádminton y donde este deporte es archipopular- que Alan Budikusuma y Susi Susanti (usaremos estos nombres a partir de ahora pues, al fin y al cabo, son los nombres con los que son conocidos en el mundo del deporte) no solo se proclamaron campeones olímpicos de los torneos masculino y femenino del torneo olímpico, sino que fueron –oficiosamente- los Novios de Barcelona 92. Porque por entonces lo eran y hoy en día son un matrimonio que comparte tres hijos y, una vez retirados, dos negocios relacionados con el que ha sido su deporte. Confiesan que los Juegos de Barcelona son especiales para ellos no solo por sus propias medallas de oro, sino porque su pareja también la obtuvo.

Ambos eran considerados poco menos que los “reyes” del bádminton durante los años 90, pues sus éxitos se sucedían. Entre los dos atesoran docenas de medallas en los mejores campeonatos a nivel internacional siendo, lógicamente, sus oros olímpicos en Barcelona 92 su punto culminante. Pero Susi, además, ganó otra medalla olímpica, de bronce, en la siguiente cita, la de Atlanta y, sobre todo, tiene el logro de ser la única mujer que poseyó de manera simultánea los títulos olímpico, mundial y del prestigioso Trofeo All-England. Pese al valor y éxitos de Alan, podemos decir que ha sido Susi la más triunfadora en esta pareja. Su estilo, además, marcó toda una época. Se caracterizaba por largos peloteos repletos de clears (uno de los movimientos claves de este deporte) con un gran porcentaje de acierto sumado a una impenetrable defensa. Solía obligar a sus rivales alejarse al fondo de la pista hasta esperar a que fallasen. Susanti mostraba una gran flexibilidad que le permitía ser muy rápida. Alan, por su parte, también se convirtió en una leyenda para sus compatriotas. Aunque numerosos, sus triunfos fueron algo menos que los de Susi, pero a Budikusuma también le sirvieron las derrotas, como la del All England de 1991, el año preolímpico, que le valió de lección para poder ganar el oro en la cita más importante al año siguiente.

Una vez retirados el matrimonio campeón se sigue dedicando a su deporte. Han creado la empresa ASTEC (siglas de Alan & Susi Technology) que fabrica raquetas de bádminton casi personalizadas según si se trata para un jugador individual o uno de dobles y teniendo en cuenta diferentes estilos de juego, si son más defensivos u ofensivos, etc. Asimismo han creado un club del deporte que tantas alegrías les produjo en el que juegan tanto niños como adultos. El torneo que organizan ha entrado en el calendario de la Federación Mundial de Bádminton. El matrimonio intenta mediante su club elevar el nivel del bádminton indonesio, el cual ha caído muchos enteros desde que ambos se retiraron. Finalmente también Susi se dedica a un centro de fisioterapia deportiva y reflexología del pie. Indonesia entera aún retiene en la memoria aquel día del verano del 92 en el que dos jugadores de bádminton, casualmente pareja en lo personal, produjeron la mayor alegría en décadas al país y lo sacaron a las calles en uno de los recibimientos a campeones olímpicos más grandes que se hayan producido jamás.

Foto de Getty Images

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PAUL WYLIE, EL PATINADOR QUE VOLVIÓ A LA VIDA

Paul Wylie ha  proporcionado al mundo dos grandes sorpresas, una agradable y otra muy desagradable. Este ex patinador de Dallas, que se colocó sus primeros patines con tres años, asombró a propios y extraños en los Juegos de Invierno de Albertville 92 colgándose al cuello la medalla de plata. Durante todo el ciclo olímpico anterior no había conseguido en ninguna competición un puesto más alto del noveno e incluso su participación olímpica estuvo en serio peligro por su mala actuación en el exigente campeonato nacional de Estados Unidos, fundamental para decidir los puestos del equipo olímpico. Únicamente decir que tras el programa corto se situaba en vigésimo lugar…de veinte. Incluso no llegó a entrar en el equipo que, en vísperas de los Juegos de Albertville, participaría en el Mundial de ese año. Su elección final fue cuestionada por la Prensa, la cual no sospechaba que solo unos días más tarde Wylie iba a proporcionar al público de su país un metal en la máxima competición deportiva mundial.

Después de su mayor momento de gloria deportiva Paul Wylie se dedicó al patinaje profesional, actuando en infinidad de espectáculos sobre el hielo. Incluso hoy en día, con 52 años cumplidos, lo sigue haciendo, en alguna ocasión junto a sus tres hijos. Pero tras la agradable sorpresa de su medalla olímpica tenemos que hablar de la sorpresa negativa. Paul la dio –y la experimentó- exactamente el 21 de abril de 2015. Ese día estaba practicando deporte junto a unos amigos. Durante una serie de sprints sintió que el ejercicio era demasiado extenuante para él, pero siguió con él porque, al fin y al cabo –pensó- él había sido un deportista olímpico, así que estaba acostumbrado a las grandes exigencias físicas. De repente se sintió caer y a partir de ahí Wylie no recuerda nada. Lo que le ocurrió fue un ataque repentino de corazón. Tumbado, su corazón se había parado. Menos mal que le pilló en compañía y con un aparato de resucitación cardiopulmonar a mano. Alguien llegó a realizarle 450 compresiones en el pecho, intentando reanimarle, hasta que llegó una ambulancia, cuyas urgencias atacaron, tras la “resucitación” manual, las siguientes medidas: desfibrilador e inyección de epinefrina para despertarle.

Una vez en el hospital se procedió a un enfriamiento de la temperatura de su cuerpo a 32 grados (lo que denomina hipotermia terapéutica) para enfriar su cerebro y su cuerpo. A continuación, Paul Wylie fue inducido al coma. En ese estado estuvo dos días. Wylie tuvo mucha suerte. De nuevo había vivido un milagro en su vida: primero consiguiendo una medalla del todo inesperada y, años más tarde, salvando la vida, pues la llegó a tener pendiente de un hilo.

Al medallista olímpico hubo de implantársele posteriormente un desfibrilador dentro de su pecho pero, pese a todo ello, ha querido volver a su vida normal. Y su vida normal incluye el patinaje. Aun hoy en día sigue participando en galas de este deporte. Lo que sí ha cambiado definitivamente en su vida ha sido que se ha convertido en una persona de referencia para los que padecen su problema. Da conferencias informando sobre su enfermedad, cómo afrontarla y, lo que es más importante, cómo evitarla. Al fin y al cabo lo que padeció Wylie es la mayor causa de muerte en mayores de 40 años y causa la muerte en el 95% de los casos. El mensaje de Wylie al mundo cuando ganó su medalla olímpica fue: “No hay nada que perder”; ahora, tras salvar su vida, su mensaje viene a ser que la vida es demasiado valiosa para perderla, así que hay que cuidarla en la medida de nuestras posibilidades. De nuevo un deportista olímpico trasciende su deporte sirviendo de referencia para el resto del mundo.

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SARA BAYÓN, ENTRENADORA DEL CONJUNTO DE GIMNASIA RÍTMICA: “EN RÍO NOS CAYÓ LA MEDALLA QUE SE NOS QUEDÓ COLGANDO EN LONDRES”

Desconozco si a sus chicas, esas que se hacen denominar Equipaso y con la que ha conquistado la gloria olímpica (esa que no pudo conseguir como deportista pero sí ahora como entrenadora), Sara Bayón muestra a menudo esa imagen amable y de sonrisa permanente que nos ofrece al resto de los mortales. Seguramente habrá momentos en que la disciplina se imponga, sobre todo en este deporte suyo tan exigente, pero Sara, la “mamá” del conjunto español de gimnasia rítmica, destila amabilidad combinada –no son incompatibles- con seriedad profesional. Tiene mucha experiencia olímpica a sus espaldas, culminada en los más recientes Juegos de Río 2016 con una muy merecida medalla que es tan de ella –entrenadora ayudante de la seleccionadora Anna Baranova- como de las chicas del Spanish Group. Le pedimos que nos fuera desgranando todo el proceso olímpico del exitoso conjunto español, ¿quién mejor que ella para darnos un certero punto de vista?

Y comenzamos la charla remontándonos a Pekín 2008, donde no todo fue como se esperaba. Empieza contundente Bayón: Los pequeños errores se pagan muy caro y en Pekín 2008 lo vivimos. En ese ciclo olímpico estuvimos siempre situadas entre el 4º y 5º puesto. Ese mismo año rozamos una medalla, en el Europeo. Llegamos a los JJ.OO. muy preparadas, pero hubo un error. En nuestro deporte tú puedes estar muy preparada pero los nervios pueden jugar una mala pasada o cualquier circunstancia que no ha pasado ni una vez en entrenamiento y te pasa en la competición. Ese error nos quitó esa final olímpica. Pero para mí Pekín 2008 sí que fue muy emocionante porque fue un sueño que no cumplí como deportista y lo pude cumplir como entrenadora allí. Nos quedó mal sabor de boca por el resultado pero como experiencia para mí fue espectacular”.

La evolución del conjunto español siempre iba in crescendo, así que se esperaba más, siempre más, en la siguiente cita olímpica, pero se falló en la clasificación directa. Los errores, por minúsculos que sean, se pagan a precio de oro en este deporte, como bien nos dijo la propia Sara: “Cuando no conseguimos la clasificación directa por un nudo no pensamos que se repetía la fatalidad. Cogimos la seleccionadora Anna Baranova y yo el equipo unos meses antes de ese Mundial y sólo estuvimos preparando esos ejercicios seis meses, así que sabíamos que íbamos justas para esa clasificación olímpica. Incluso en las primeras competiciones de 2011, que era año clasificatorio, nos decían que España no contaba para poder estar en una Olimpiada. Ese año fue duro, pero el equipo fue progresando. Tuvimos ese error en el Mundial pero todo quedó olvidado con la medalla de oro en el preolímpico y ya no te digo en Londres con ese cuarto puesto que a nosotros nos supo también a bronce”.

El trabajo se ve recompensado y, además, ese equipo destilaba talento dentro y fuera del tapiz. Ya en Londres 2012, nadie del conjunto español, según nos confesó Sara Bayón, podía soñar con una medalla, dado el algo trabado proceso clasificatorio, pero se rozó el metal y de qué manera: “Si meses antes nos hubieran dicho que quedábamos cuartas en Londres, con todo lo que pasamos en esa temporada, hubiéramos firmado con los ojos cerrados y estábamos contentas con el cuarto puesto, pero sí que fríamente ver la competición sentadas, haciendo dos muy buenas actuaciones y ver cómo a otro equipo tiene un fallo y te lo ponen por delante, en ese momento te parece frustrante”.

Como en todo deporte cuyo resultado depende de los puntos dados por jueces, a veces se bordea, cuando no se traspasa, la injusticia. Ahí es cuando el cuerpo técnico entra de lleno para levantar el ánimo de las deportistas. Un papel de psicólogas particularmente importante en el caso de la rítmica, donde las protagonistas son en muchos casos jovencitas aún por formar:“Nosotras [el cuerpo técnico] les decimos a las gimnastas que hay que ganárselo competición a competición, que por hacer una vez bien no te van a dar notas ni te van a poner ahí arriba. Hay que hacerlo una, dos, tres, cuatro veces hasta que llegue un momento en que te lo reconozcan. Este ha sido un poco el lema de este equipo de Río 2016; muchas veces merecíamos medallas y no nos las habían dado, otras las hemos perdido porque hemos tenido fallos, pero al final nos lo han reconocido en el momento clave”.  De todo se aprende, ese momento amargo del cuarto puesto en Londres, con sensación de tener que haber accedido al podio, ha servido: “Claramente el cuarto puesto de Londres nos ha servido mucho para Río. Ver que estás tan cerca de una medalla fue una motivación extra para encarar el ciclo olímpico siguiente y encima comenzamos con dos medallas en el Mundial de 2013 y eso ya fue como un chute de energía y adrenalina para encarar el ciclo de cara a Río”.

Llegamos a Río, parada ¿final? Sara Bayón reconoce que vio la posibilidad de medalla “desde el mismo Londres. Ahí dijimos: este equipo puede conseguir una medalla. Pero eran cuatro años, que hay que ir año por año trabajando con gimnastas veteranas, con sus lesiones y a ver cómo evolucionaban, pero la evolución ha sido positiva, con sus altos y sus bajos, pero creo que lo hemos sabido encaminar muy bien técnicamente el cuerpo técnico para llegar al punto más alto de este equipo en Río 2016”.

Quiere dejar claro la entrenadora ayudante de la seleccionadora Anna Baranova que no todo son alegrías, caras sonrientes como las que se muestran en el tapiz y acierto tras acierto. Detrás de eso el público debería conocer el tremendo esfuerzo de las chicas, sus chicas, que muchas veces compiten lesionadas: “La gente no sabe nuestro día a día, no sabe las dificultades que tenemos. Es mucho más fácil criticar por las redes sociales sin tener ningún tipo de conocimiento de lo que pasa aquí a diario. Las gimnastas pasan sus buenos y malos momentos con nosotras: el cuerpo técnico somos como sus segundas madres y tenemos que llevarlas dejando aparte los momentos malos y solo encaminarlas hacia los buenos, que en su memoria solo recuerden los buenos que es al final lo que te va a motivar para querer llegar a más alto”. Porque el lema de este equipo es que ningún obstáculo debe hundir, sino al revés, ayudar para seguir trabajando: “Como dijo en su momento Anna Baranova: “En Londres se nos quedó la medalla colgando y en algún momento iba a caer”. En Río nos cayó”. En Río se alcanzó la plata, pero la injusta –vamos a ser claros- excesiva nota del conjunto ruso, finalmente oro, privó a las españolas de agrandar aún más su gloria. Sara Bayón nos cuenta que no eran conscientes de todo lo que se producía y nos desvela que hasta la más alta instancia de la gimnasia mundial mostró su indignación por lo que estaba ocurriendo: “No nos dimos cuenta de lo que pasó con Rusia en el momento. Vimos que las españolas habían hecho bien sus ejercicios. Yo sólo decía: “Dios, a ver si nos cae un metal”. No miraba ni color ni nada.; si nos caía el bronce yo iba a estar muy feliz también. Estábamos ahí sentadas esperando y no sabíamos ni la clasificación. No sabíamos si reclamar o no. Entonces Sandra Aguilar nos dijo que íbamos primeras en cinta y ahí empezaron los nervios por poder conseguir una medalla y en ese momento de verdad que no pensábamos ni siquiera en el oro. Solo después hemos visto que sí que hubiera sido posible ese oro. Nada más terminar la competición, cuando las chicas estaban dispuestas a subir al podium, nos vino el presidente de la FIG, Bruno Grandi, y nos dijo muy emocionado y enfadado en italiano: “Oro tenía que ser de España” y entonces fue cuando nosotras nos dimos cuenta, justo antes de recoger la medalla. Nos vino al presidente de nuestra Federación. al del COE y al equipo técnico y nos dijo eso y nos quedamos un poco como paradas porque no sabíamos la situación ni lo que había hecho Rusia”.

No podemos irnos sin preguntarle por lo que va a pasar con el Equipaso tras Río y si llegará a Tokio 2020. La entrenadora muestra cautela: “Hemos acordado con ellas que tenían que disfrutar esta medalla. Las hemos dejado su tiempo de pensárselo, porque llevan muchos años en el alto nivel y ellas tienen que pensarse muy bien si quieren seguir a este mismo nivel. Les hemos dejado la resaca de la medalla, que la disfruten, que vayan por toda España promocionando nuestro deporte porque saben que si quieren seguir el trabajo va a ser igual de duro a como lo están haciendo hasta ahora. No por tener una medalla va a ser más fácil ahora. Han tenido muchos actos, ahora dos de ellas pasan por quirófano -Elena y Alejandra-. Oficialmente ninguna ha decidido su futuro. Vamos a esperar al verano. A partir de ese momento tendrán que decidir si quieren seguir de forma profesional o ayudando al equipo. Si alguna de ellas quiere seguir, nosotras encantadas, porque ahora mismo no tenemos aún una líder en el equipo joven y necesitaríamos de una líder. Si es una de ellas, pues perfectamente, si no, tendremos que crear una líder de estas nuevas”.  Porque Baranova y Bayón ya están fogueando a otro equipo que hasta el año pasado era junior y ahora trata de llegar al nivel de las veteranas, ardua tarea. El equipo técnico ve bien a la nueva generación: “Sabemos que nos falta muchísimo trabajo, pero son niñas con muchísimo talento que yo creo nos van a dar muchas alegrías. Son muy luchadoras, las hemos visto cosas muy buenas. Hemos apostado por dos ejercicios complicados para la edad que tienen. Es nuestra apuesta, porque queremos una buena evolución y progresión y aunque no consigamos los objetivos que la gente espera en  este año los queremos conseguir en un futuro”.

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MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 34: LAWRENCE LEMIEUX RENUNCIA A UNA MEDALLA PARA RESCATAR A UNOS REGATISTAS EN PELIGRO

La mañana del 24 de septiembre de 1988 la mar estaba en calma en Busan, sede de la vela en los Juegos Olímpicos celebrados en Seúl. El viento sólo oscilaba entre 10 y 15 nudos. Se iban a desarrollar pruebas masculinas de dos categorías diferentes: la Finn y la 470. En la primera –que finalmente ganaría el español José Luis Doreste– marchaba segundo en la clasificación el canadiense Lawrence Lemieux. De repente hubo un cambio en el viento, que subió hasta los 35 nudos, los suficientes para hacer volcar la embarcación de Shaw Her Siew y Joseph Chan, singapurenses que participaban en la regata de la clase 470. Chan fue arrojado a una veintena de metros del barco, mientras Siew colgaba del casco del mismo. Al verlo, Lemieux que, como dijimos, se estaba jugando la medalla –y quién sabe si la de oro- en la clase Finn, no lo dudó un momento y acudió en su rescate. Es muy posible que en ese momento aún no supiera que estaba a punto de protagonizar uno de los momentos más humanos de la historia olímpica y, por descontado, de demostración de lo que es el espíritu olímpico.

Remontándonos un poco en el pasado hay que decir que Lemieux no lo tuvo fácil para participar en su sueño, los Juegos Olímpicos. No pudo hacerlo en Moscú 80 por el boicot de su país y en la siguiente cita olímpica, en Los Ángeles 84, perdió ante Terry Neilson en las clasificaciones nacionales para la clase Finn, viéndose prácticamente obligado a cambiarse a la clase Star si quería ser olímpico, pero por fin en Seúl 88 iba a poder participar en su categoría preferida, la Finn. Y no lo estaba haciendo nada mal, tras las cuatro primeras regatas. Pero Lemieux no dudó en ningún momento arriesgar su puesto de privilegio en la clasificación por realizar lo que, a fin de cuentas, en la regla número uno de la navegación: rescatar a quien esté en problemas, según el propio regatista canadiense reconocería.

Lemieux sacrificó su puesto de cabeza, su posible medalla, la gloria olímpica por salvar a unos participantes de otro país en otra categoría y sin posibilidades de hacer un buen papel, visto que estaban tan necesitados de medios que incluso no pudieron comprarse la equipación de seguridad mínima necesaria (un casco protector que entonces costaba unas cuarenta libras) y, en su lugar, se cubrían la cabeza –en aguas demasiado frías- con unos simplísimos gorros de ducha, los cuales había causado la burla del resto de participantes.

El dúo de Singapur no iba a dejar huella en la competición, pero sí pasaron a la historia por ser coprotagonistas de los hechos que estamos narrando que, según se mire, supusieron la debacle de un más que posible medallista olímpico o, mirado desde otro punto de vista, la hazaña de alguien con auténtico espíritu olímpico. En definitiva, que en medio de un mar que producía en esos momentos olas de cuatro metros, Lawrence Lemieux lo tuvo claro: rescató primero a Chan, alejado de su propia embarcación, para luego hacer lo mismo con Siew, quien además sangraba abundantemente debido a un corte en su mano. Se quedó con ellos hasta que llegó un barco de la Armada de Corea en su rescate. En algunos momentos Lemieux llegó a pensar que su propia embarcación podía volcar debido a las olas y el fuerte viento. Una vez rescatados por la organización local el canadiense volvió a su propia regata, en la que había perdido un valioso tiempo. Llegó así en el puesto 22º. Ello le hizo, naturalmente, bajar mucho en la clasificación general, hasta el undécimo puesto. Bien es cierto que, debido a las circunstancias especiales que tuvieron lugar, la Federación Internacional de Vela decidió volver a ponerle en la clasificación de esa regata en el mismo puesto que tenía hasta que ocurrió el rescate, el segundo.

Aun con eso lo que importa es que Lawrence Lemieux, al hacer lo que hizo, no le importó el hecho de que muy probablemente iba a perder no solo la posibilidad de disputar el oro, sino la de subirse al podio, pero ganó algo que poquísima gente tiene, no llega a la veintena de personas en toda la historia olímpica: la medalla Pierre de Coubertin a la Deportividad (y lo escribimos con mayúsculas) que le entregó Juan Antonio Samaranch. Lemieux siempre ha declarado que volvería a comportarse de la misma forma si se repitieran las circunstancias. Es un ejemplo claro de que en los Juegos Olímpicos no solo son importantes los medallistas y que mucho más valioso que subir a un podio es el comportamiento que se desarrolla en la competición y el respeto hacia los rivales. En definitiva, los ideales olímpicos, que salen a la luz menos veces de las que nos gustarían.

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STALISŁAWA WALASIEWICZ, LA CAMPEONA OLÍMPICA DE LA QUE SE DESCUBRIÓ QUE ERA UN HOMBRE YA MUERTA

Stanisława Walasiewicz vivió su vida entre dos dicotomías: dos nacionalidades, dos nombres bien distintos (o incluso más) y dos géneros. Nació en Polonia a principios del siglo XX. Mal sitio en esa mala época. Sus padres, empobrecidos, quisieron dar una vida mejor a su hija, así que se trasladaron a Estados Unidos, concretamente a Cleveland, Ohio, donde Stasia –así la conocían familiarmente- viviría el resto de su vida. Bien pronto destacó en el deporte. Le gustaban varias pruebas de atletismo: de velocidad, saltos y lanzamientos. Conservaba la nacionalidad polaca, pero eso no le impidió proclamarse varias veces campeona de EE.UU. pues el reglamento de entonces permitía que un extranjero participara en sus campeonatos nacionales. Con solo 17 años ya intentó ser olímpica, en los Juegos de Ámsterdam de 1928, pero cuando se descubrió su pasaporte no fue aceptada en la expedición del país norteamericano.

Walasiewicz quería ser olímpica y desde luego valía mucho. Su talento no escapó a ciertos dirigentes polacos, que la vieron competir en unas pruebas en Europa. La captaron para que participara por su país de origen a cambio de un trabajo en el consulado polaco en Nueva York. Con ello casi se aseguraban una medalla en los siguientes Juegos Olímpicos, los de Los Ángeles de 1932. Dieron en el clavo porque Stanisława se coronó en la prueba de los 100 metros. Oro para ella y para Polonia. Ya entonces empezó a tener marcas de prestigio, batiendo récords mundiales.

La corredora polaca continuó una carrera llena de éxitos hasta que llegaron los siguientes Juegos Olímpicos, a celebrarse en Berlín en 1936. Para entonces ya era más conocida por la versión americanizada de su nombre: Stella Walsh, hasta el punto de que muchos no sabían que se trataba de la misma corredora que con el nombre de  Walasiewicz se había proclamando campeona olímpica años antes. En Berlín “solo” pudo ser plata, detrás de la estadounidense Helen Stephens. Y aquí viene una de las ironías de la vida de la atleta polaca: Stephens también batía marcas inusuales en el circuito femenino y como sus maneras eran rudas –propias de su procedencia de campo del Medio Oeste, donde la atleta de dos metros se dedicaba a cazar y a competir con chicos- saltó la duda: ¿y si en realidad Helen Stephens era un hombre? Se la sometió a una prueba “ocular” de género que determinó que Helen era Helen. Stasia/Stella tendría que seguir compitiendo con su máxima rival, que no solo la batió en los 100 metros, sino que competía con ella por batir marcas en otras distancias atléticas, todas cortas. Ambas, además, eran lanzadoras: la polaca de disco y la americana de peso.

La II Guerra Mundial provocó un largo periodo de pausa olímpica. Stella Walsh quiso volver a ser olímpica. Lo intentó en la edición de Melbourne 56, cuando contaba ya con 45 años. Pero quiso hacerlo ya como estadounidense, pues se había nacionalizado al haber vivido, al fin y al cabo, toda su vida en ese país. Para conseguir el pasaporte tenía que casarse y así lo hizo, en su caso con el boxeador Neil Olson. Todo parece indicar que se trató de un matrimonio de conveniencia, puesto que el matrimonio duró poco, aunque nunca llegaron a divorciarse. Olson tampoco llegó a conocer realmente a Stasia, ya veremos por qué.

Retirada tras no poder clasificarse por poco para los Juegos de Melbourne, Stella Walsh-Olson quedó vinculada, pese a la renuncia a su nacionalidad, a sus orígenes polacos, entrenando a atletas y fundando premios deportivos a polacos de origen, entre otras muchas actividades. Dicotomía en sus nombres (llegó a tener otros, derivados del suyo polaco, como Stefania Walasiewicz o Stanisława Walasiewiczówna) y en su nacionalidad, pues estuvo siempre dividida entre dos países, pero lo que más llama la atención fue la dicotomía en cuanto a su género, que se descubrió de una manera muy curiosa. Cuando contaba 69 años salía de hacer la compra en un supermercado en un centro comercial de Cleveland. Unos ladrones intentaron arrebatarle el bolso. Ella se negó y, en el forcejeo, un disparo acabó con su vida. Al tratarse de una muerte no natural se le practicó una autopsia en la que se descubrió que Stella era en realidad un hombre. En realidad no era ni hombre ni mujer, sino que se trataba de un caso de hermafroditismo; no había desarrollado ni el útero ni los ovarios y presentaba un pene minúsculo y atrofiado, además de dos testículos igualmente diminutos. Un estudio determinó que sus cromosomas XY se combinaron con otros XO, de tal manera que no desarrolló plenamente ningún sexo. Su marido confesaría que sólo habían hecho el amor un par de veces y que, por exigencias de Stella, tenían que hacerlo a oscuras.

Lo curioso es que ni el COI ni la IAAF decidieron quitarle sus medallas ni sus marcas porque determinaron que Walsh no había realizado en realidad trampa alguna, dudándose incluso de si era consciente del todo de su sexualidad. Al no haber voluntad de fraude sus méritos deportivos seguirían intactos, negro sobre blanco, en los anales atléticos, pese a que la familia de Hilde Strike, que había sido plata en Los Ángeles 32, intentó que el COI desposeyera a Walsh de su oro, de la misma forma que el comité polaco lo había intentado, sin éxito, en Berlín 36 con Helen Stephens. “Stella, the fella (Stella, el chico)” se convertiría a partir de entonces en su mote, un gesto irrespetuoso con la que había sido la primera mujer en bajar de 12 segundos en los 100 metros y de 24 en los 200. Ante todo quiso competir y ser olímpica, es más, ser campeona olímpica. Su título en Los Ángeles 32 seguirá para siempre.

h Stasia Walasiewicz/Stella Walsh, a la derecha con Helen Stephens, a la izquierda. Foto de Corbis

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LA TRAVESÍA DE BRASIL PARA PARTICIPAR EN LOS JUEGOS DE LOS ÁNGELES 1932: OLÍMPICOS VENDIENDO CAFÉ

Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932. Otros tiempos, sí, pero tan duros o más –económicamente hablando- como los actuales de crisis. En la década de los 30 del pasado siglo padecían la gran crisis del crack de la Bolsa del 29 que, como ahora ocurre, arrastró a los países occidentales durante años. La Gran Depresión y la lejanía –recordemos que aún no estaban generalizados los viajes en avión- hizo que el número de países presentes en esos Juegos se redujera, especialmente los procedentes de Europa. Ahora leemos sobre los problemas financieros que tuvo –aún tiene- Río de Janeiro para costear sus Juegos Olímpicos en 2016. En la edición de Ámsterdam 1928 Brasil no pudo permitirse enviar a ningún representante por el coste del viaje, así que en 1932 el país amazónico se conformaba con llevar una delegación a la cita californiana, visto que se celebraba, y eso ya era algo, en el mismo continente. Pero Los Ángeles seguía estando lejos, a miles de kilómetros, y el viaje en barco hasta allí obligaba a la expedición brasileña a cruzar por el canal de Panamá, con el coste que ello implicaba. Un gasto demasiado grande. Si a eso le unimos la inestabilidad en el país debido a una revuelta que tuvo lugar en el estado de Sao Paulo tenemos a una nación necesitada de alguna alegría. ¿Qué mejor que algún éxito olímpico para hacer olvidar, aunque sea momentáneamente, a la población su triste situación? Había que ir a los Juegos de Los Ángeles como fuera, literalmente.

No había presupuesto para el traslado de los deportistas, pero la necesidad económica agudiza el ingenio, así que Brasil dio con una solución: ¿por qué no costear el viaje vendiendo café autóctono, el principal producto brasileño? Lo más curioso es que el café lo tendrían que vender, in situ, los propios deportistas, tanto en los puertos donde irían atracando en su recorrido como en el destino final. Al fin y al cabo se trataba de un producto apreciado y que seguramente encontraría compradores en la rica Estados Unidos sin muchos problemas. No fue así.

Ya la travesía fue quasi esperpéntica. Las cifras varían entre sesenta y pico y ochenta y pico deportistas trasladados, no pudiendo entrar más por falta de presupuesto. Eran  todos hombres menos una mujer, Maria Lenk (sí, la que daría nombre a la piscina olímpica de Río 2016), nadadora que tuvo el honor en esa cita olímpica de convertirse en la primera nadadora sudamericana en participar en unos Juegos Olímpicos. Eso sí, los directivos, paradójicamente más numerosos que los propios deportistas, viajaban en unas más que aceptables condiciones, a diferencia de los atletas. El buque Itaquicé tuvo una larga y trabada travesía, pero casi más preciado que sus pasajeros deportistas, futuros olímpicos, era la carga que transportaba en su bodega: 55.000 sacos de café.

Tras casi un mes de viaje el navío brasileño llegó a su destino. Entre medias pasó por su momento más crítico en el canal de Panamá. Para no pagar la alta tasa, el Itaquicé fingió ser un barco militar, simulando llevar dos cañones. Las autoridades panameñas no cayeron ante el engaño, así que a los sudamericanos les tocó pagar el doble de tasa. Al llegar al destino final siguieron los problemas: cada persona que desembarcara tenía que pagar una tasa, de un dólar por cabeza. Como no había para todos casi una veintena de deportistas no pudo poner pie a tierra. Se optó por que bajaran los que tenían mayores posibilidades de un mejor resultado, así como el equipo completo de waterpolo. Los que pudieron bajar a tierra tenían la misión de vender el café que transportaba el Itaquicé. Lo que ocurrió es que Estados Unidos también padecía los efectos de la Depresión y no fue tan fácil encontrar compradores. Más bien lo malvendieron, no llegando nunca a la cifra previamente planeada. Con lo vendido unos veinte deportistas pudieron bajar a tierra, tras pagar el dólar de tasa aduanera.

Nos vamos a centrar con lo que ocurrió con la selección brasileña de waterpolo. Más les hubiera valido a las autoridades brasileñas no haber pagado las tasas por sus jugadores, porque provocaron la deshonra nacional partido tras partido. No contentos con perder por goleada sus encuentros, fueron descalificados de la competición por su mal comportamiento. Llegaron a agredir a un árbitro, al que persiguieron hasta su vestuario (ya se sabe: que si has arbitrado en mi contra, que si…) y, no contentos, tiraron al agua a todo un directivo de la Federación Internacional de Natación. Tanta travesía turbulenta y tanto esfuerzo en vender café para sufragar a una selección semejante…

El Itaquicé que trasladó a la delegación brasileña

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