MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 58: EL CONTROVERTIDO PODIO DEL ESLALON MASCULINO DE GRENOBLE 68

Nos retrotraemos 50 años, cuando una final olímpica –en este caso, la del eslalon masculino de los Juegos de Invierno de Grenoble 68- se asemejó más a una película de misterio que a una prueba deportiva. La prueba, que tenía lugar el último día de competición, podía coronar definitivamente al ídolo local Jean-Claude Killy como rey de los Juegos, puesto que ya contaba con dos oros en sendas pruebas de descenso y gigante.

El panorama de la carrera cambió en su segunda manga, en gran parte provocado por la intensa niebla que se produjo. Sin embargo, cuando le tocó bajar al francés Killy ésta ya se había casi despejado. Nada que objetar, pues ya se sabe que las condiciones climáticas pueden ir variando a lo largo de una carrera de esquí alpino beneficiando a algunos a la par que perjudica a otros.

Frente a Killy, un trío de grandes esquiadores austriacos le retaba para conseguir el oro olímpico. Uno de ellos, Karl Schranz, se hizo incluso con unas gafas antiniebla realizadas por la firma –austriaca- Swarowski. La ventaja que le suponían tenía un peligroso inconveniente: si se golpeaban con algún palo de alguna de las múltiples puertas se romperían en mil pedazos. Su compatriota Alfred Matt, otro componente del trío de favoritos centroeuropeos, sí que sufrió un incidente, al golpearse en la cabeza con una de esas citadas pruebas, llegando a sufrir una conmoción. Llegó a la meta con un buen tiempo, pero ni veía ni sabía siquiera si había traspasado la línea de meta. El tercero en discordia (cuarto, si contamos a Killy), Herbert Huber, terminó en tercer lugar en un primer momento.

Jean-Claude Killy (derecha) con el trío de esquiadores austriacos Foto del Archivo Hulton/Getty Images

Lo que ocurrió con el ya nombrado Karl Schranz, ese esquiador que se había preparado tan bien con las gafas Swarowski, es digno de una película o cómica o de intriga, según se mire. En su bajada de la segunda manga se encontró de sopetón con un trabajador –se cree- que de repente se cruzó en su camino. Para no atropellarlo lo esquivó y, como consecuencia de ello, se salió del recorrido. Todo ello en medio de una densa niebla. Para su fortuna, se le permitió repetir la bajada y, esta vez, obtuvo el mejor tiempo. Iba a ser oro olímpico. Y aquí empieza la “película de intriga”: los jueces comprobaron que se había saltado una puerta en aquella bajada interrumpida forzosamente con posterioridad por el desagradable cruce con una persona ajena. Es decir: si se había saltado una puerta antes del incidente, ya debía de ser descalificado. Las deliberaciones fueron largas (se alargaron dos horas) y sólo se llegó a una votación de 3 contra 2 votos, en su contra, es decir: por un margen muy estrecho pasó de ganar el oro olímpico a ser descalificado.

La consecuencia clara de ello fue que el oro fue a parar al ídolo local, Jean-Claude Killy. Hubo incluso quien (el juez británico, en concreto) propuso un doble oro tanto para Killy como para Schranz, algo que se descartó. El podio se completaría con plata y bronce para los compatriotas del descalificado Schranz: Huber y Matt, respectivamente.

El hecho de que los austriacos Huber y Matt subieran al podio a recoger sus medallas también fue motivo de polémica. La prensa de su país les calificó de traidores a la patria por no haberse solidarizado con Schranz y haber dado por bueno el podio final. Llegaron a ser abucheados al regresar a Viena e incluso Alfred Matt llegó a recibir dos cartas de amenazas de muerte.

Dos detalles quedan por decir en todo este embrollo: Schranz no era un esquiador querido, ni siquiera por sus compañeros de equipo, que le tenían por un egoísta sin amigos. El segundo detalle deja la polémica en vilo: uno de los jueces que determinó la descalificación de Schranz era el mejor amigo del padre de Killy (por no mencionar que los Juegos tenían lugar en su país). ¿Polémicas zanjadas 50 años más tarde? No parece así.

El definitivo podio. Foto de Keystone-France/Gamma-Rapho via Getty Images

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