OLGA FIKOTOVÁ Y HAROLD CONNOLLY: EL MAYOR ROMANCE OLÍMPICO

Los Juegos Olímpicos también cuentan con sus historias de amor. Un evento que reúne durante semanas a jóvenes compartiendo la villa olímpica provoca fácilmente que se conozcan deportistas de todo el mundo y que, ¿por qué no?, surja el amor entre algunos de ellos. De entre todos los casos que se han producido quizá destaque especialmente el de la entonces checoslovaca Olga Fikotová y el estadounidense Harold Connolly, ambos lanzadores –de disco ella y de martillo él- y, curiosamente, ambos campeones olímpicos en los Juegos de Melbourne de 1956.

Esta historia destaca sobre otras por las circunstancias de la época y de la situación política de sus respectivos países. Por ello mismo a Fikotová le llegaron a decir las autoridades de su país que volvía de Melbourne ofreciendo a Checoslovaquia un 50% de honor –por su oro, el único que consiguió la nación centroeuropea en esos Juegos- y otro 50% de vergüenza al “salir con un fascista americano”.

Olga Fikotová era una deportista nata. Empezó en otros deportes, el baloncesto y el balonmano, donde llegaría a ser internacional y sólo dos años antes de los Juegos donde se proclamaría campeona se cambió al lanzamiento de disco. Pero su experiencia previa con esos deportes le ayudó en el nuevo, ya que se trata de especialidades orientadas hacia el movimiento y la coordinación neuro-muscular. Olga ya tenía medio camino recorrido en la técnica y el ritmo necesarios para los lanzamientos.

Por su parte, Harold Connolly había nacido con severos daños en los nervios de su brazo izquierdo, a consecuencia de lo cual creció más de diez centímetros menos que su brazo derecho. De niño llegó a fracturárselo hasta en trece ocasiones. Sin embargo, ello no fue óbice no solo para que se dedicara como atleta de élite -batiendo el récord mundial en seis ocasiones- sino, lo que es más importante, que llegara a ganar el oro olímpico. Cuando lo hizo, los fotógrafos le pedían que alzara ambos brazos en señal de victoria para de esta forma destacar su anomalía en el brazo, pero Connolly sólo alzó el derecho.

Pero vayamos a la historia que nos interesa hoy: pese a todos los problemas, empezando por los idiomáticos (Olga apenas hablaba inglés mientras que Harold chapurreaba un alemán que les servía como lengua común) y siguiendo por los culturales. Como reconoció la europea, venían de dos países lejanos geográficamente y en su mentalidad, recordemos además, en plena guerra fría. Dos países que parecían incompatibles, con una vida cotidiana opuesta la una a la otra. Sea como fuera Olga y Harold se conocieron, se trataron, se hicieron amigos desde la curiosidad de conocer puntos de vista opuestos para llegar, finalmente, al enamoramiento.

El romance fue un caramelo para la Prensa occidental, encantada con la unión. Aunque no fue visto con buenos ojos por las autoridades de Checoslovaquia, para sorpresa de todos Olga recibió el permiso para casarse con el estadounidense, boda que se celebraría en Praga, ceremonia que casi merece un capítulo aparte.

Foto de Getty Images

Los contrayentes querían una boda sencilla, con no demasiados invitados. Demasiado pedir. Por una parte por la fama de ellos mismos, por otra, por la curiosidad de la población local de ver a un campeón de Estados Unidos y sus posibles invitados llegados de América, algo a lo que no estaban en absoluto acostumbrados los ciudadanos de detrás del Telón de Acero por aquellos años. Finalmente –y muy importante- el hecho de que los padrinos fueran los famosísimos atletas (y héroes locales, sobre todo él) Emil Zátopek y su esposa Dana Zátopková. Tarea, pues, imposible la de evitar que se reunieran miles de curiosos, hasta 30.000, para ver el cortejo de boda en la Plaza del Ayuntamiento.

Pero no todo fue vino y rosas. Olga no pudo volver a representar a su país. Había cometido una especie de ultraje casándose con “el enemigo”, aunque ya antes no era bien vista debido al hecho de que era creyente y de “origen burgués”. Totalmente bajo la sombra del ostracismo profesional, a Olga no le quedó más remedio que irse a vivir a Estados Unidos, con su marido. Se nacionalizó estadounidense y representó a su nueva patria en cuatro Juegos Olímpicos más y, lo que es más destacable, en sus últimos Juegos llegó a ser la abanderada de Estados Unidos en la ceremonia de inauguración de Múnich 72, elegida por sus compañeros. Alabada por lo bien que representó ese papel la atleta contestaría: “En Checoslovaquia aprendí a desfilar”.

El matrimonio tuvo cuatro hijos pero no comió perdices hasta el fin de sus días, ya que acabó divorciándose 17 años después de aquella multitudinaria y seguida boda en Praga. Eso sí, su romance olímpico, superando todas las barreras posibles, ha quedado para la posteridad de la historia olímpica, esa que no solo se compone de resultados.


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