LAS DIEZ MEDALLAS OLÍMPICAS DE ÁGNES KELETI Y SU DRAMÁTICO PASADO

Ante una de las mayoras figuras de la historia olímpica como fue la gimnasta húngara Ágnes Keleti uno no sabe si admirarla más por sus tremendos éxitos deportivos o por su devenir vital y, decididamente, se queda con esto último. Cuesta creer que una de las personas con mayor palmarés olímpico, que debutó en unos Juegos a la edad de 31 años, pasara la vida que le tocó vivir a esta gimnasta. Mala suerte vivir en tiempos de guerra y de odio a los judíos, su etnia y religión. Ágnes pasó por todo tipo de sinsabores y tuvo el coraje de superarlos de forma mayestática.

Poco antes del inicio de la II Guerra Mundial Ágnes decidió cambiar la natación y la danza por la gimnasia, amén de continuar con el violonchelo –con el que llegaría a convertirse en concertista profesional-. Por aquel entonces la joven húngara ya tenía in mente participar en unos Juegos Olímpicos. Pero llegó la gran contienda. Su país cayó ante el régimen nazi, provocando en la vida personal de Ágnes una concatenación de sucesos: su padre fue conducido a Auschwitz, donde acabaría muriendo. Ella, que estaba ausente trabajando en una panadería y en una fábrica de municiones en otra localidad, se encuentra su casa vacía a su vuelta. Su madre y su hermana corrieron mejor suerte que el padre, al ser rescatadas por el diplomático sueco Raoul Wallenberg. Mientras, la propia Ágnes tuvo que sufrir desagradables peripecias por su origen judío. Para empezar, la expulsaron de su club de gimnasia por no ser de raza aria. Tuvo que esconderse y casarse (con un compañero gimnasta del que se divorciaría en 1950) con el fin de no ser reclutada para trabajar a la fuerza en el campo. Más adelante, una nueva humillación: trabajar de criada para una familia nazi eso sí, tras falsificar una documentación que la convertía en cristiana. Por si esta vida -que no hacía predecir su futuro olímpico- no fuera suficientemente dura, aún le quedaba a la gimnasta pasar otro trago: tuvo que dedicarse a recoger cadáveres y colocarlos en una fosa común.

Basta ya de momentos tristes en la vida de Ágnes Keleti. Acabada la guerra retoma su actividad gimnástica, aunque su debut olímpico, con medalla de plata por equipos incluida, en realidad no tiene lugar. Después de haberse saltado sus mejores años sin celebración de Juegos Olímpicos debido a la guerra, Keleti sigue teniendo mala suerte: tres días antes del inicio de la competición de gimnasia en los Juegos de Londres 48 se rompe un ligamento de la rodilla y no puede participar. Aun así, le conceden la citada medalla de plata por equipos.

Pero tiene que llegar el gran momento de Ágnes Keleti. Le llega con 31 años, pero le llega. Ocurre en Helsinki 52. Gana cuatro medallas, proclamándose campeona en suelo. Es un resultado que la propia Keleti no se esperaba. Tras haber ganado el oro en asimétricas en el Mundial de Roma del 54 piensa en retirarse, pero otro acontecimiento político le hace cambiar de opinión. Después de haber sufrido la ocupación nazi de su país no piensa tolerar la nueva, realizada por el rodillo soviético. Keleti piensa que, si participa en eventos internacionales, podrá dar eco a su voz oponiéndose a la ocupación soviética así que, sin entrenar apenas y con 35 años, decide participar en la preselección para los Juegos de Melbourne. Viaja a las Antípodas con más intención de conceder entrevistas a los medios internacionales para contarles la situación de su país “y explicar las atrocidades soviéticas”, según sus palabras, que para ganar medallas. Y, de repente, y pese al concurso de una rival de altura (y, por ende, soviética), Larisa Latynina Keleti se lleva cuatro medallas de oro (en suelo, asimétricas, barra de equilibrio y por equipos en aparatos combinados). Gana además dos platas más, incluyendo el all-around, que pierde por solo tres décimas debido a su pobre actuación en el salto del potro. Tenía entonces 35 años, mientras que su máxima rival –Latynina- 21. Se convierte así en la gimnasta de más edad en ganar el oro.

Mientras Keleti da gloria a su país en Hungría la situación empeora. La gimnasta decide no regresar, algo que hizo más de la mitad de la delegación húngara, y pide asilo político. Se quedó a vivir unos meses en Australia trabajando en una fábrica, hasta que fue reclamada por Israel, donde viviría el resto de sus días, como entrenadora. Tremenda historia personal de alguien que se convirtió en mito y leyenda olímpica como lo podría haber hecho en otras facetas. Con dos participaciones olímpicas consiguió diez medallas. Le faltaron otros tres posibles Juegos -dos cancelados por la guerra y otro que se perdió por lesión- para haberse hecho con un palmarés inalcanzable.

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