MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 43 : EVANDER HOLYFIELD DESCALIFICADO IMPUNEMENTE EN LA SEMIFINAL DE LOS ÁNGELES 84

Evander Holyfield. Su nombre despierta en nuestros oídos hazañas deportivas, sin duda, pero no lo asociamos con el olimpismo. Su figura en el mundo del boxeo es indiscutible, siendo conocido incluso por aquellos que no han visto ni un segundo de ningún combate en su vida. Pero Holyfield –aún impone pronunciar su nombre- protagonizó un histórico (por polémico) momento olímpico.

Holyfield tenía que haber sido el campeón olímpico en los Jeugos de Los Ángeles 84. Sin embargo, incluso su medalla de bronce fue controvertida. Un bronce indigno de él, aunque más indigno para el mundo del boxeo fue el proceso de las semifinales y final –que, como veremos, no llegó a disputarse- olímpicas. Un resultado corto incluso aunque por aquel entonces ni mucho menos hubiera aún forjado su fama y gloria posteriores. En 1984, eso sí, ya había dejado destellos de una figura que ya se vislumbraba.

El púgil de Alabama llegó a noquear a tres rivales antes de llegar a la semifinal. El único en hacerlo en el torneo olímpico. Antes de llegar al mismo, Evander Holyfield era simplemente un desconocido boxeador de pesos medios que había conseguido llegar al equipo olímpico al vencer por dos veces consecutivas al campeón mundial amateur Ricky Womack en las pruebas clasificatorias para Los Ángeles 84. Pero una vez en el ring olímpico Evander llamó la atención. ¡Vaya si lo hizo! Sus tres RSC (el equivalente al k.o. en el boxeo amateur) lo hacían invencible. Tres combates, tres RSC. Hasta que llegó la semifinal, donde su rival sería el neozelandés Kevin Barry.

Holyfield era ya el gran favorito para el oro. Al ser además el atleta local, tenía al público en el bolsillo, todo el Los Angeles Memorial Sports Arena gritaba su nombre. Ese ambiente olímpico tan especial prendió en Evander, entusiasmado por dar lo mejor de sí en el escenario olímpico. Estaba seguro de sí mismo. No, estaba convencido de su victoria. Kevin Barry no iba a ser un rival a su altura, y sin embargo…

El púgil local dominó el combate. Barry tuvo que “rebajarse”, ante el poderío de su rival, al fácil truco de abrazar al contrincante. Los puñetazos de Holyfield logran poner, literalmente, contra las cuerdas al oceánico, que vuelve a caer abrazado a Holyfield. Una sucesión de nuevos golpes de mano del local hacen que caiga el primer conteo del árbitro, porque Barry ya está dando serios signos de caer derrotado. A duras penas supera el momento y llega al final del primer round sin darse por vencido.

En el segundo round Barry presenta más contundencia, aunque acaba realizando la baja táctica del abrazo, por lo que es amonestado por el árbitro. Como el neozelandés reincide, el equipo de jueces le deduce un punto. El combate continúa y, entre golpe y golpe, más abrazos. Otro punto de deducción para Kevin Barry. Si se produce un tercero será descalificado.

Cuando faltaban escasos segundos para que acabara el round Holyfield se decide a acabar de una vez con el combate. El gancho que le endosa a su rival es determinante, decisivo, como para dar por finalizado ese combate dispar. El árbitro grita algo pero es apenas inaudible dado el griterío del público. Mientras Kevin Barry volvía a abrazar a Evander, el árbitro inicia el conteo. Llega a diez y se desata la histeria colectiva. De repente, cuando todos, absolutamente todos los presentes daban por claro y apabullante vencedor a Evander Holyfield, el árbitro le descalifica. Según él, había golpeado después de que hubiera gritado “¡Break!”.

Las cosas no quedaron así. La primera y más inmediata consecuencia fue el caos que se organizó en las gradas, protestando airadamente por la resolución arbitral. A continuación, el árbitro levantó como es costumbre el brazo del vencedor y así hizo con Barry. Sin embargo, éste levantó la de Holyfield por considerarle el auténtico ganador.

Más consecuencias: pese a la protesta oficial de Estados Unidos no se cambió el resultado, aunque sí se realizó una modificación sustancial: la descalificación le impedía acceso a ninguna medalla. No obstante, dadas las circunstancias, se le concedió la de bronce. Otra consecuencia fue que no se pudo disputar la final ya que, debido a la condición física del neozelandés el reglamento le impedía combatir en los siguientes 28 días.

Hasta ahora no hemos mencionado un dato trascendental: la nacionalidad del árbitro. Gligorije Novičić era yugoslavo, compatriota del que ya se se había convertido en primer finalista, Anton Josipović, quien fue declarado campeón olímpico sin tener que disputar la final, con sus dos posibles rivales fuera debido al reglamento.

Evander Holyfield no llegó a exaltarse por la decisión arbitral, ni siquiera en medio del pandemónium que se había montado entre el griterío del público. En la ceremonia de entrega de medallas el “campeón” Josipović también le reconoció como auténtico ganador, subiéndole al escalón más alto del podio. En los años sucesivos Holyfield se convertiría en el único boxeador en convertirse en campeón mundial de los pesos pesados en cuatro ocasiones, pero eso es otra historia. La que hemos contado aquí es la historia olímpica de “The Warrior”. La que nunca debió producirse de esta manera.

 

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