MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 42: CHRIS BRASHER Y LA FINAL DE 3000 OBSTÁCULOS DE MELBOURNE 56 CON INSÓLITA CONCLUSIÓN FINAL

Esta es la historia de una atípica final, pero más bien lo es de su protagonista, uno de los campeones olímpicos más curiosos y, desde luego, más inquietos. Tiene lugar en los Juegos de Melbourne de 1956. Se trata de la final masculina de los 3.000 metros obstáculos. El británico Chris Brasher, digámoslo desde ya, su vencedor, es la tercera opción de su equipo por palmarés, así que no llega en absoluto como uno de los favoritos. En realidad Brasher empezó en el atletismo en las pruebas de 1.500 y 5.000 metros, pero la falta de calidad suficiente para convertirse en un campeón en dichas disciplinas le hicieron cambiar a la de los 3.000 obstáculos. Ya había sido olímpico en Helsinki 52, pero acabó en un decepcionante undécimo lugar.

Pese a cierta medianía en su nivel en sus comienzos Brasher era un hombre seguro de sí mismo y su determinación se vio recompensada en la final olímpica del 56. A falta de 300 metros para el final superó a todos los corredores en cabeza, no solo llegando el primero, sino haciéndolo batiendo su marca personal en seis segundos; una barbaridad. Con su victoria, Gran Bretaña conseguía su primer oro olímpico en una prueba atlética en 20 años.

Pero esa final iba a deparar un suspense tras cruzar Brasher la línea de meta: fue descalificado al supuestamente haber interferido en la línea de otro corredor, el noruego Ernst Larssen. El británico inmediatamente corrió hasta los jueces para apelar, realizando una queja oficial. Al principio el propio director del equipo británico no le apoyó, pero sí lo hizo tras las dudas iniciales. El jurado escuchó entonces a todos los participantes. Ninguno de ellos, incluyendo al mismo Larssen, había visto ninguna infracción en Brasher, así que finalmente se le declaró como ganador. Sin embargo, debido al retraso producido, se decidió que no se realizaría la ceremonia de entrega de medallas hasta el día siguiente.

Chris Brasher aún sin liderar la final de Melbourne

Chris Brasher se quedó charlando con su compañero de equipo Chataway esa noche. A eso de las 3 de la madrugada dos periodistas llamaron a su puerta. Llevaban consigo botellas para celebrar el tan ansiado oro olímpico. Lo que ocurrió se lo pueden imaginar: el campeón cogió una cogorza de campeonato, nunca mejor dicho, produciéndose en el podio al día siguiente una situación que nos presumimos nunca ha tenido –y esperamos tendrá- lugar en ninguna otra ceremonia de premiación: Brasher estaba clara y considerablemente borracho, algo que él más tarde reconocería, definiendo su semblante al recoger el preciado metal como de “sonrisa de tonto”. Incluso casi llega tarde a su propia ceremonia de entrega de medallas. El hecho fue aireado por su protagonista durante años.

Después de tan peculiar final y ceremonia de premiación Chris Brasher protagonizaría aún más singularidades: el país entero le esperaba para recibir la preciada medalla, pero el atleta se lo tomó con calma. Tardó un mes en regresar, pues, de camino, hizo una larga parada en Estados Unidos por trabajo al estar empleado en una compañía petrolífera de ese país. A su llegada a Londres ya anunció sus próximos retos: fundar en Gran Bretaña el movimiento de la orientación, un deporte originario de Escandinavia. Esa sería solo una de las múltiples inquietudes que le movieron en su vida, pues Chris Brasher, ya retirado como atleta, se dedicó al periodismo deportivo, siendo incluso galardonado, así como que creó una empresa para desarrollar una bota deportiva diseñada por él, derivando al final ostentando el mayor cargo directivo de la poderosa firma Reebok. No contento con ello, fue uno de los cofundadores del ahora prestigioso maratón de Londres. En 1979 corrió el histórico maratón de Nueva York. La experiencia le entusiasmó tanto que se decidió a crear uno equivalente en la capital inglesa, el cual inició su andadura en 1981.

Podríamos seguir contando anécdotas de este sin duda singular personaje del olimpismo, como que rechazó el título de Caballero del Imperio Británico cuando se lo ofreció Margaret Thatcher, debido a la pobre ayuda al deporte que ésta daba, pero necesitaríamos de todo un libro.

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