CAROLINA KOSTNER: LA CLASE HECHA PATINADORA QUE HA SUPERADO OBSTÁCULO TRAS OBSTÁCULO

Por parte de su familia paterna ha heredado la vocación deportiva, pues está formada de muchos grandes deportistas, mientras que por parte de la materna le ha venido la vena artística. Era evidente que Carolina Kostner, con esta combinación, tenía que ser patinadora artística. Y eso que hasta los 12 años combinaba la práctica de uno de los deportes más elegantes y estéticos como es el patinaje artístico con las bajadas de descenso de esquí alpino, lo opuesto en cuanto a que se tratad de un deporte de velocidad, aire libre, riesgo…Posiblemente Carolina no habría hecho mal papel como esquiadora, no en vano su tía Isolde Kostner fue, entre otras cosas, medallista olímpica en descenso y Super Gigante. También fue olímpico, aunque no medallista, su propio padre, en otro deporte de invierno: el hockey sobre hielo, asimismo practicado por su hermano.

La carrera en el patinaje se encaminó para una entonces niña Carolina cuando tomó la decisión de trasladarse a la localidad alemana de Oberstdorf y ser entrenada allí por Michael Huth. No quedaba más remedio, pues en 1999 cerraron la pista de patinaje de su localidad, la altoatesina de Ortisei, en la provincia de Bolzano. Al fin y al cabo, estaba a “sólo” cuatro horas en coche de casa. Y así empezó una brillantísima carrera, que totaliza un oro mundial, otras cinco medallas mundiales, cinco oros europeos y otras tantas medallas en esa competición y, entre otras cosas, ser proclamada por la ISU en dos ocasiones la mejor patinadora del año (temporadas 2010/11 y 2011/12). Además, por descontado, de ser medallista olímpica. Pero vayamos paso a paso o, mejor, salto a salto sobre el hielo.

Con 19 años a Carolina le toca el honor de competir en unos Juegos en casa. Para entonces ya había conseguido un bronce en un Mundial y los tifosi ya esperan de ella otra medalla en la máxima competición deportiva mundial. Los Juegos de Turín 2006 comienzan para ella con la entrega de la bandera tricolor de manos del Presidente de la República, para más tarde ejercer de abanderada en la ceremonia inaugural. No deja de recibir críticas por ello, básicamente porque entrena fuera del país y porque es demasiado joven. En efecto, los nervios de la inexperiencia la traicionan y la siempre elegante Carolina cae en una combinación en su programa corto de tal forma que sólo puede acabar novena. Gran decepción del país sede de los Juegos.

La zurda Kostner, que siempre se ha caracterizado por brillar en los programas clásicos, en donde se desliza por la pista de hielo cual bailarina dotada de una sensibilidad especial y elegancia naturales, no se arredra pese a la decepción de Turín 2006 y prosigue cosechando triunfos y medallas. Sin embargo, corre el gran riesgo de perderse los siguientes Juegos, a celebrarse en Vancouver. La única plaza de la que disponía Italia la gana Valentina Marchei al superarla en el campeonato nacional. Poco después Kostner consigue una plaza propia al proclamarse campeona de Europa. Todo ello en medio de uno de los peores momentos –el segundo, tras la decepción en la Olimpiada en casa- para la italiana, ya que había cambiado de entrenador, pasando a Estados Unidos con un cuerpo técnico compuesto por Frank Carroll y Christa Fassi. Pero Carroll se desentendió de ella, sin ni siquiera acompañarla en los Juegos Olímpicos y declarar que no era alumna suya. Acompañada únicamente por Fassi (y por De Bernardis, joven entrenador turinés), Carolina realiza una actuación pobre que trae consigue la a su vez segunda polémica sin comerlo ni beberlo, ya que el propio Comité Olímpico Italiano lamenta el dinero invertido en ella para que se entrenara en América y su presidente de entonces, Gianni Petrucci, llega a afirmar que Kostner “no es una auténtica campeona”.

Parece que la cita olímpica, pues, se le atraganta a la elegante patinadora, que no deja de conquistar podios en el resto de grandes competiciones. Su “gafe olímpico” finaliza, por fin, en Sochi 2014, cuando sube al tercer cajón del podio y participa también brillantemente en la competición por equipos. Por fin Carolina Kostner gana lo que más anhelaba. No quiere limitar su palmarés a ese bronce olímpico, pues se ha puesto el objetivo de otra medalla en Pyeongchang como algo prioritario, pese a sus 30 años. ¿Qué le hace a esta veterana, que ahora tiene que luchar contra toda una pléyade de jovencísimas patinadoras rusas a las que dobla en edad, seguir hacia adelante? Carolina -que por cierto en la temporada preolímpica sigue triunfando, sólo superada por la estrella del momento, la joven Evgenia Medvedeva-, tiene una motivación extra, puede que más grande que la que impulsa a todas esas adolescentes patinadoras que tanto están asombrando en las últimas temporadas: resarcirse de su sanción por ocultación de dopaje.

Tristemente el nombre de Carolina Kostner se ha unido al feo término de “dopaje” aun sin haber caído en sus garras. En 2012, siendo novia del marchador Alex Schwazer, comete el error de abrir una puerta y decir una frase que le marcará el resto de su carrera, su imagen personal y su vida: “No está aquí”. Un maldito día de verano, justo antes de los Juegos de Londres donde Schwazer tendría que revalidar su título olímpico, el marchador va a visitar a Oberstdorf a su novia patinadora –que, entretanto, había vuelto a entrenarse con su antiguo técnico Huth-. Alguien llama a la puerta y Alex le pide que, si es el inspector antidopaje, le dijera que no se encontraba allí, porque había comunicado otra localización. Carolina no tiene tiempo para pensar y le comunica al inspector (porque efectivamente era un inspector antidopaje) lo que le ha pedido su novio. Pero, acto seguido, le deja las cosas claras al marchador: “Me voy ahora, pero cuando vuelva no quiero verte más aquí. Ve a hacer el control”. Control que realiza y da positivo, dando pie a una doble polémica: por un lado el dopaje de un campeón olímpico al que se le impide, por descontado, participar en los inminentes Juegos de Londres y por otro, la ulterior sanción a Carolina Kostner por haber mentido sobre la localización del atleta. Si Carolina no hubiera sido deportista no habría sido sancionada; si no hubiera abierto la puerta nada de su posterior pesadilla habría tenido lugar. Nunca antes alguien había pagado por lo que ella hizo.

A todo esto, la patinadora declaró siempre ignorar el dopaje de su novio, con el que cortó. Pero su carrera sufrió un parón de meses que se transformaron en años, más sanción que muchos que han dado positivo. Se pretendió dar ejemplo con su sanción, tomarla como chivo expiatorio. Ni ello, ni el paso de los años, ni la llegada de la tremenda hornada de patinadoras actuales –la mayoría rusas- han podido con ella, que confiesa ser ahora más fuerte y consciente y que, entrenada en la actualidad en San Petersburgo por el gurú del patinaje Alexei Mishin ha vuelto a ganar medallas. “Quiero honrar mientras pueda al patinaje por lo que me ha dado”. Esa es su motivación. Y limpiar un nombre que nunca debió de ser mínimamente ensuciado. Carolina se ha enfrentado a lo largo de su larga carrera con ya más de una generación de grandes patinadoras. Ha vuelto con más fuerza, quién sabe si podrá con (casi) todas sus rivales en la cita olímpica de Pyeongchang. Su arte en el patinaje y los sinsabores que ha sufrido, a su pesar, bien lo merece.

 

 

 

 

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