BIANKA PANOVA, LA ESTRELLA DE LA RÍTMICA QUE SE QUEDÓ SIN MEDALLA OLÍMPICA

Los años 80 en el deporte olímpico se caracterizaron por un dominio de países del Este europeo, dominio que fue abrumador en la gimnasia rítmica. En aquella época no solo destacaba la Unión Soviética, sino que la escuela búlgara –actualmente de capa caída, desgraciadamente- competía con un estilo bien diferente de las soviéticas y con un plantel de gimnastas en situación de plantarles cara en las grandes competiciones. De entre todas ellas destacó Bianka Panova quien, curiosa y lamentablemente, no obtuvo en los Juegos Olímpicos el éxito que sí obtenía en Mundiales y Europeos.

Panova deslumbraba a todos por su maestría en adaptarse a todos los estilos y ritmos, atrapando al público tanto con músicas lentas y dramáticas como con totalmente opuestas, llenas de dinamismo. En la búlgara se unía lo mejor de las escuelas búlgara y soviética: rapidez de la primera y corrección de la segunda. Dominaba particularmente los lanzamientos de los distintos aparatos. Era, casi sin dudarlo, la más talentosa de las llamadas “chicas búlgaras de oro” que competían de tú a tú con las grandes soviéticas de por aquel entonces,

Formada en el club Levski empezó con Vera Tornova como entrenadora, pero fue otra, Neshka Robeva, la que le aportó lo mejor y lo peor en su vida de gimnasta. Aunque empezó a entrenar en serio a una edad tardía –trece años-, a los 15 años ya ganó sus primeras medallas de peso: oro en cinta del Mundial celebrado en Valladolid en 1985, que la dio a conocer internacionalmente, y bronce individual. Otros dos Mundiales la marcaron de forma bien distinta. En su país, en Varna, dos años más tarde hizo Historia. Y lo ponemos con mayúsculas porque así fue, al lograr dieces en todas sus actuaciones, un total de ocho. Huelga decir que logró todos los oros en disputa: cinco. Ello le llevó tangencialmente a entrar en el Libro Guinness de los récords y, por otra parte, a recibir un premio de parte del COI -entregado por Juan Antonio Samaranch- por su logro.

Esos resultados impecables tuvieron lugar en año preolímpico, por lo que se esperaba mucho de ella en los Juegos de Seúl 88. El rígido sistema deportivo búlgaro exigía medallas para lavar la cara del país mediante éxitos deportivos internacionales. Los deportistas búlgaros se jugaban más que los de otros países cuando competían. En el caso de Bianka Panova, aún más. A la presión de contar ya de antemano con su título olímpico se unía un método de entrenamiento que años más tarde la propia Bianka ha denominado como “cruel, sádico, de pesadilla y como un lavado de cerebro”. Las gimnastas búlgaras tenían que entrenar 14 horas al día hasta que lograran la más absoluta perfección. Además del duro entrenamiento, que en muchas ocasiones empezaba antes de que amaneciera y acababa bien entrada la noche, hay que unir un trato vejatorio y excesivamente exigente de la citada Neshka Robeva. Gritos, dolor, insultos, lágrimas. Eso era lo que suponía entrenar con Robeva en la preparación olímpica.

El libro autobiográfico publicado por Bianka Panova

Un entrenamiento que se vio erróneo y excesivo, pues en la cita olímpica Panova “sólo” fue cuarta. Todo debido a una caída de una maza que le costó los improperios de Robeva. Panova siempre sostuvo que su fracaso en Seúl fue debido al trato (o maltrato psicológico) de Robeva y a su mala planificación, así como al error de base que según la gimnasta tenía su maestra: no permitía que sus pupilas pusieran corazón en sus ejercicios, basándose exclusivamente en la técnica.

Esa caída de una maza le costó a Panova no solo el podio olímpico, sino el ser expulsada del equipo nacional. Las tensiones entre entrenadora y gimnasta estallaron tras Seúl y la peor perjudicada sería Bianka Panova. Llegó a retirarse, pero el carácter competitivo hizo que empezara a entrenar sola, por su cuenta, con la ayuda de su marido, hasta el punto de presentarse en solitario al siguiente Mundial, el de Sarajevo de 1989. Lo hacía humildemente, presentándose con un simple malliot blanco. Su estilo por fuerza tenía que ser radicalmente opuesto al inculcado por su ex entrenadora. Ahora Bienka iba a mostrarse de una forma más personal. Panova demostró su valía en ese Mundial, consiguiendo la plata en el concurso general, oro en en cuerda y aro y ayudando a Bulgaria a conseguir oro por equipos individual. Años más tarde publicaría un libro (”In the name of the big goal- a look behind the scenes”) sobre sus experiencias con el fin de evitar en el futuro que se sigan dando métodos tan crueles y ayudar a las gimnastas que estén pasándolo mal.

Después del Mundial de Sarajevo se retiró y ejerció de entrenadora en varios países, habiendo creado una academia propia. La estrella que más brilló en la constelación de gimnastas búlgaras, aquella que había encantado con sus interpretaciones de “Claro de luna” de Debussy y Beethoven nunca, irónicamente, logró una medalla olímpica.

 

 

 

 

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