JAMES CONNOLLY: LA AZAROSA VIDA DEL PRIMER CAMPEÓN OLÍMPICO DE LA HISTORIA

El primer campeón olímpico de la era moderna hizo justicia al honor de serlo, resultando ser un dignísimo primer héroe olímpico que, por ende, ha acabado en un lugar de honor en la historia olímpica. James Connolly, estadounidense hijo de padres irlandeses emigrantes en Boston, quizá fuera el participante de aquella primera edición de los Juegos, en Atenas en 1896, que más luchara por competir. Se jugó mucho para poder asistir a los Juegos y fue premiado por ello.

De familia modesta de pescadores, siempre demostró aptitudes e interés por el deporte. Fundó el primer club de fútbol de su ciudad, fue una figura asimismo del club ciclista CLA, del que era capitán. Pero el joven James no dedicaba todo su tiempo a ejercitarse físicamente por los campos de deportes de Boston, que también. Ingresó en la prestigiosa universidad de Harvard aunque, en vista de la inminente primera cita olímpica pidió poder seguir los estudios sin asistir a las clases, dado que los exámenes –amén da la preparación previa- le pillarían en plenos Juegos Olímpicos. Le negaron el permiso, pero él acudió a la cita olímpica de todas formas. Iba a perder todo un curso universitario pero la pasión olímpica ya había entrado en sus venas. Ese fue su primer sacrificio. El segundo iba a ser el económico. A diferencia de otros compatriotas suyos, apoyados por sus respectivos clubes, a Connolly no le subvencionaron ni tan siquiera la equipación. Abordó en el “Barbarrossa”, el navío que iba a llevar a la expedición norteamericana hasta el continente, con nula financiación y pocos recursos propios. Para más inri, le robaron la maleta en la escala que realizaron en Nápoles, lo que nos conduce a su tercer sacrificio y el que aumenta su figura heróica: casi pierde la ocasión de acudir a los Juegos, una vez que estaba ya en Europa, por culpa del hurto. Las autoridades policiales le retenían demasiado tiempo en comisaría con el papeleo. El atleta había conseguido atrapar al ladrón, pero éste se negaba a confesar dónde había escondido su maleta. O maleta o tren hacia Brindisi, siguiente escala, última ya en el camino hacia Atenas. Connolly decide renunciar a sus pertenencias y corre hacia el tren, que acaba de partir. El bostoniano, que más adelante confesaría haber corrido en esa ocasión como en su vida -¡lástima no haber podido medir sus tiempos, seguramente de récord!- alcanza el tren únicamente gracias a las manos que le tienden sus compañeros Arthur Blake y Tom Burke. De no haberlo conseguido, no estaríamos hablando aquí de él.

Monumento a James Connolly en Boston, su ciudad natal

¿Creían que ya habían acabado las desventuras de Connolly? Su participación en los Juegos volvió a correr serio peligro debido a un error de cálculo de la expedición estadounidense. Cuando llegaron a Atenas lo hicieron sólo la víspera del inicio de los Juegos (la primera prueba de Connolly sería la que los abriera) ya que no tuvieron en cuenta los doce días de diferencia con el calendario ortodoxo, por el que se regían todavía oficialmente en aquel entonces los griegos. Un día más y James Connolly, una vez más, no habría llegado a la cita de su vida. Pero sí que lo hizo. Participó en tres modalidades de saltos: altura, longitud y triple salto. La de triple fue la primera competición de los Juegos, así que el que se proclamara campeón sería el primero en hacerlo en siglos, en más de 2.000 años. Nuestro protagonista tuvo ese honor y demostró ser digno merecedor del mismo, ya que superó a su más inmediato seguidor por más de un metro. Posteriormente sumaría dos medallas más, de plata y de bronce, en competiciones sucesivas. Se cuenta que telegrafió al rector de Harvard para decirle: “Los griegos han vencido a Europa. Yo he vencido al mundo entero”.

No acaban aquí ni los éxitos ni los azares de James Connolly. Pese a que fue recibido como un héroe en su vuelta a Boston se encontró sin dinero, sin trabajo y sin poder completar los estudios. Debía buscarse una salida en su vida y se dedicó a lo que mejor se le daba: escribir. Porque James Connolly no fue un héroe deportivo cualquiera: ejerció de periodista y publicó 25 novelas y 200 relatos cortos. Curiosamente no dejó nada escrito de su vida deportiva y éxitos olímpicos. Una pena. Pero no se trataba del típico escritor que se sienta a poner sobre el papel sus pensamientos. Fue un escritor activo, casi casual. Acudió a la guerra hispano-americana en Cuba y desde allí la narró a modo de crónicas en cartas a un amigo. Éste las envía al diario “Boston Globe”, que las encuentra interesantes, hasta el punto de publicarlas en la portada del periódico.

Cuando regresa de la guerra, con 25 kilos menos, se dedica a trabajar como entrenador deportivo y jugador de fútbol americano. Gracias a ese regreso a la actividad física se encuentra en forma para acudir a sus segundos Juegos Olímpicos, los de París de 1900. Allí quería revalidar su título olímpico, aunque “sólo” consigue la plata. Tal vez por la mala alimentación a la que se vio sometido por la escasez de sus recursos económicos, ya que sobrevivía con 25 centavos al día, lo que apenas le permitían un frugal desayuno. A falta de poder pagarse el transporte no le quedaba más remedio que correr en las distancias kilométricas que le separaban hasta el estadio. Quiso participar en la tercera edición de los Juegos, pero allí sólo pudo ejercer de periodista, narrando épicas ajenas.

Durante el resto de su vida Connolly se convirtió en una autoridad literaria de temática marítima, pues se dedicó a realizar travesías no solo en barcos, sino en todo tipo de embarcaciones, entre los que se encuentran dirigibles y helicópteros La vividez de sus relatos de batallas entre submarinos, combates aéreos e incluso reflejos de su singular viajo a la Antártida, además de relatos sobre algo que conocía bien: los pescadores y marineros, le dieron nombre. La universidad de Harvard le ofreció un doctorado honorario, pero lo rechazó. Todo un personaje este James Connolly que, entrevista su vida llena de aventuras y méritos, resultó ser un digno primer campeón olímpico.

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