FLORA DUFFY: LA CAMPEONÍSIMA A LA QUE LE FALTA UNA MEDALLA OLÍMPICA

“Impresionante”. Es la término que más se usa estos días dirigidos a la triatleta Flora Duffy. Batiendo récords en las prestigiosas Series Mundiales; arrasando en las mismas; ganando en todas las pruebas que disputa, nadie puede con ella. Es difícil creer que Duffy, tres veces olímpica –en Pekín, Londres y Río- haya hecho tan mal papel en la competición más prestigiosa (no acabó en Pekín al ser doblada, fue 45ª en Londres y obtuvo un decepcionante octavo puesto en Río) cuando en 2017 presenta un estado de forma insuperable. Pero, como ella misma dice “la carrera olímpica tiene que darse en un día perfecto; yo los he tenido buenos en los Juegos, pero no es suficiente”.

Flora Duffy, además de incontables palabras de admiración ante su incontestable campeonato mundial de 2017, tiene la particularidad de converger en ella varias características poco habituales en los deportistas de élite, a saber: proceder del exótico y minúsculo país de Bermudas y haber padecido, en el pasado, anemia y anorexia. Vayamos por partes:

Flora Duffy se ha convertido en la mejor embajadora con la que podría soñar la caribeña Bermudas. La triatleta canta las bondades de su tierra natal, en la que convergen –según ella- las condiciones ideales para la práctica de su deporte. Ha colaborado con Turismo de Bermudas para mostrar las mejores pistas para correr, ir en bici y nadar, es decir: los tres deportes que coinciden en el suyo. De paso se visitan los sitios más vistosos del país, como su jardín botánico, en medio de la que ya se ha denominado “la ruta Duffy”. Bermudas, nación que pese a contar únicamente con una medalla olímpica –la de bronce del boxeador Clarence Hill en Montreal 76- siempre llama la atención en el desfile de atletas de las ceremonias de inauguración de cada cita olímpica por lo peculiar de su ropa, viene a ser un país de sólo 53 kilómetros cuadrados y 68.000 habitantes. Habitantes, por cierto, que encabezan la lista mundial de países más ricos según el nivel adquisitivo y gastos, de acuerdo a los datos del Banco Mundial. Ahora a Bermudas sólo le queda esperar que llegue, por fin, una medalla olímpica de su deportista más universal, Flora Duffy, cruzando los dedos para que llegue a la cita de Tokio…y que tenga allí una jornada perfecta.

Si ya es meritorio que salga un campeonísimo de entre tan poca población más lo es que haya superado enfermedades tan serias como las citadas más arriba. De hecho, parte de la culpa del mal papel de Duffy en Juegos Olímpicos hay que achacarlo a ello. Al menos, el de Pekín 2008, pues la bermudeña llegó con diez kilos de menos y con una evidente falta de fortaleza. La percepción de que algo no fue bien en Pekín por culpa de la anorexia le cambió el chip a Duffy, que inició el proceso de transformación hasta convertirse en lo que ahora es. Y todo empezó por las malas críticas que había recibido en su país natal previamente por el octavo lugar conseguido en los Juegos de la Commonwealth, insuficientes al parecer para sus compatriotas. Ello hundió la moral de Flora Duffy, a quien claramente afectó la presión y se retiró durante los siguientes dos años. Tenía solo 20 años y, según ha reconocido más tarde, los desórdenes alimenticios que padecía la tendrían que haber impedido haber llegado hasta los Juegos. El ser descalificada durante la carrera por haber sido doblada (así ocurre en el triatlón en el segmento ciclista) acabó de hundir su moral.

Tras la anorexia le tocó el turno a la anemia, posiblemente relacionada con aquélla. Lo descubrió tras una carrera en alta montaña, en Beaver Creek, en 2013. Tuvo que dejar de entrenar y, cuando retomó la práctica deportiva, lo tuvo que hacer de forma muy ligera. La anemia llegó acompañada de desmotivación. Por eso es tan meritorio el actual estado de forma y la actitud de esta caribeña, que está intratable ante todas sus rivales. Tras sus éxitos y récords en las pruebas que ha ido ganando a lo largo y ancho del globo terráqueo sólo le queda la guinda de una medalla olímpica. Habrá que esperar tres años, una espera particularmente larga para los bermudeños, deseosos de que su deportista más destacada les “regale” el mejor premio que puede haber: una medalla olímpica.

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