RAFAELA SILVA: DE LAS FAVELAS A LA GLORIA OLÍMPICA

Nadie como ella se jugaba tanto en Río 2016. Había sueños de revancha, por lo ocurrido en la cita olímpica anterior; había sueños de orgullo, por demostrar a los que la criticaron lo que de verdad valía y había sueños de recibir, por una vez en la vida, una incómoda y dura vida, lo que ésta le debía por sus esfuerzos. Y había mucha expectación por saber qué haría la atleta local tras su fracaso en Londres 2012. No todos estaban convencidos de que daría para su país, el organizador de los Juegos, su primera medalla de oro.

Cuatro años antes muchos hablaron de ella, y no para alabarla precisamente. Pero 2016 iba a ser su año, justamente en la cita más importante de su carrera y ella no iba a fallar. Toda la Prensa mundial se hizo eco hasta la saciedad de la nueva heroína local, la judoka Rafaela Silva, quien pasó de vilipendiada a admirada. Pasado un año de su momento mágico repasamos los altibajos de su vida.

El primer aspecto que la convierte en heroína es su humildísimo origen. Nacida y crecida en Ciudad de Dios, la concentración más grande de favelas de Río de Janeiro (y, posiblemente, del mundo), ya puede considerarse como heroico el hecho de que no cayera o muerta o matando, así se las gastan en su barrio natal. No exageramos, pues las drogas no faltaron en su entorno, en su caso en un primo con el que vivía y que se dedicaba a traficar con ellas. Rafaela sabía que su vida allí iba a ser dura y que, literalmente, para conservarla tendría que pelear por ella. Por eso se apuntó ya desde niña a clases de judo “para protegerse” en cuanto una ONG abrió un gimnasio en su barrio. Lo llevaba un medallista en Atenas 2004, Flávio Canto.

Muy joven, con 19 años, vivió su primera experiencia olímpica, la cual casi la retira del deporte. En Londres 2012 perdió inesperada y tempranamente contra la húngara Hedvig Karakas. La derrota no fue lo que escoció, sino la manera en que se produjo, puesto que la brasileña considera que no se aplicó bien el reglamento en su caso. Enrabietada, buscaba consuelo y apoyo tras la derrota, pero lo que encontró fue unas redes sociales encendidas en su contra que aprovechaban el anonimato de Twitter para, directamente, insultarla cayendo en lo más bajo. Rafaela sufrió racismo en muchos de esos comentarios, con descripciones físicas que no merece la pena ni reproducir aquí. Quedó muy afectada por todo ello, hasta el punto de plantearse seriamente dejar el judo. Necesitó ayuda psicológica que, afortunadamente, la permitió continuar y llegar, cuatro años más tarde, a contestar a esos críticos de la mejor de las maneras: demostrándoles lo que valía ganando el oro olímpico.

Tras el bajón de Londres 2012 Rafaela Silva consigue el entorchado mundial en 2013, pero hasta la cita olímpica en su ciudad natal logró pocos éxitos. En las vísperas de los Juegos se hablaba de ella “simplemente” por sus méritos de haber conseguido salir de las favelas, pero no eran tantos los que creían en ella, en que pudiera lograr subir a lo más alto del podio. Pero lo hizo. Lo consiguió y, con ello, se impuso no solo a su rival –la mongola Sumiya Dorjsuren-, sino a sus críticos sin cabeza que lograron afectarla cuando tenía 19 años; a la mala vida y malos momentos en su barrio de mala muerte; a las penurias económicas cuando empezaba, pues su familia no tenía dinero ni para su equipación, que le prestó su maestro –y le iba enorme- ni para sus viajes, que pagaba su entrenador, ni a veces ni para comer lo suficiente, por lo que se mareaba en el gimnasio haciendo ejercicio. Rafaela Silva venció el torneo olímpico, venció los prejuicios, venció a la vida. Y la mejor venganza posiblemente sea que muchos de aquellos que la insultaron en redes sociales habrán celebrado su oro de Río. Al fin y al cabo, era un oro también para ellos.

El gesto que dio la vuelta al mundo en Río 2016. Rafaela Silva, vencedora del oro. Foto de AFP/Getty

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