EL ORO DE FIYI EN RUGBY A 7 EN RÍO 2016: EL TRIUNFO DE LA HUMILDAD

Toda edición olímpica está trufada de gestos simbólicos que perdurarán en la retina y la memoria de los que tuvieron la suerte de verlos, bien en directo o bien en imágenes televisadas. Hoy en día, con la profusión de fotografías de eventos deportivos, nadie escapa de tener la suerte de “vivir” -aunque sea remota y quizás fríamente- alguno de esos momentos. El saludo del equipo masculino de rugby a 7 de Fiyi en Río 2016 protagonizó sin duda uno de esos momentos, con los brazos de todos hacia arriba, unidos en una piña. Imagen impactante, más si tenemos en cuenta dos factores: que ese equipo acabaría campeón de los Juegos y, sobre todo y por encima de todo, los humildísimos orígenes de sus componentes, a años luz de otras millonarias estrellas de los Juegos, como Michael Phelps, Usain Bolt o el Dream Team de baloncesto, por citar algunos ejemplos.

El rugby a 7 debutó en la edición de Río y no pudo tener mejor colofón con la histórica medalla del equipo del Pacífico. Primera medalla de Fiyi y, por descontado, primer oro olímpico. El equipo campeón está lleno de peculiaridades. Para empezar, el total amateurismo de sus componentes, que tienen que realizar para poder comer trabajos modestos, como botones, cortadores de caña de azúcar o carceleros. Bien lejos de las profesiones habituales de los olímpicos de otros países, si es que no se dedican en exclusiva al deporte. Continuamos con las peculiaridades de este equipo que lo hacen único: su mayor característica es su unión. Unión que, en parte, se expresa en los rezos que realizan juntos antes de cada partido. Su religiosidad es llevada hasta el punto de tatuarse algunos en los antebrazos versículos de la Biblia (fíjense en el futuro, si tienen oportunidad de verlos jugar).

De entre todos los jugadores del conjunto de Fiyi nos vamos a centrar en el que es quizá el más popular –y el de más pequeño tamaño-: Jerry Tuwai, aunque su nombre real no sea Jerry, sino Seremaia. Proviene, como la inmensa mayoría de sus compañeros, de un arrabal paupérrimo, incluso algo peligroso. Sus orígenes no podían ser más humildes. En su casa apenas había para comer. Cuando expresó su deseo de jugar al rugby huelga decir que su familia no tenía para pagarle unas adecuadas botas, pero su madre se sacrificó y lo logró. En realidad sacrificó el propio dinero destinado a la comida y, al entregárselas, le dijo: “Aquí tienes tu cuchillo y tu tenedor” y entonces Jerry escribió “cuchillo” en una bota y “tenedor” en la otra.

Jerry Tuwai pudo haber acabado en su juventud en la cárcel por algún que otro trapicheo ilegal que realizó, confiesa. Poca cosa y hasta lógica y normal teniendo en cuenta el entorno y las circunstancias que le rodeaban. Su barrio, Newton, es un sitio indeseable “uno que mucha gente odia”, declara. Con sus cifras de delitos no es extraño. Jerry podría haberse perdido, pero la disciplina familiar y la comprensión de su entrenador lo impidieron. Tuvo que dejar los estudios para dedicarse al rugby, eso sí, pero Tuwai luchó…y al final esa lucha dio sus frutos: el fruto más grande al que podía aspirar, la gloria olímpica. Porque los jugadores de su selección fueron de los más agasajados de entre todos los campeones olímpicos que se proclamaron en Río 2016. Su recibimiento dio la vuelta al mundo. Según el jugador, la victoria es de su pueblo, pues para ellos jugaron y ganaron, para la comunidad, en gran parte humilde. Y, entre ellos y muy especialmente, la madre de Jerry Tuwai, la que más sacrificó por su hijo y la más sorprendida por los derroteros de la vida de su vástago: “Era el más solitario, siempre callado. Nosotros le seguimos y le ayudamos en la persecución de su sueño con el rugby”. Ahora, a cambio de todos esos sacrificios, Jerry paga la educación de muchos niños y el mantenimiento de toda su familia.

Los Juegos Olímpicos y sus campeones nunca dejan de darnos lecciones no solo de deportividad, sino de vida, ejemplarizadas mejor que nunca en este equipo y en este jugador.

Jerry Tuwai. Foto de EFE

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