LOS TRIUNFOS DE LA ESQUIADORA ŠARKA STRACHOVÁ PESE A SU RARA ENFERMEDAD

ŠNos gustan las historias humanas y Šárka Strachová (de soltera Záhrobská) la tiene y destacada. Esta esquiadora checa, la más grande que ha dado el esquí alpino de su país, ha pasado por dos momentos personales muy malos que trascendían su carrera profesional como deportista de élite. Por orden cronológico primero le afectó un asunto familiar, para más tarde complicarse seriamente su salud, hasta el punto de bordear la muerte. Afortunadamente, de ambos consiguió reponerse.

Strachová es especialista en slalom. Lo lleva siendo años y lo sigue siendo en la actualidad, con 32. Su dominio es aplastante y todo ello, pese a pasar por instantes de crisis. Su padre, Petr Záhrobský, le inculcó el amor al esquí y empezó a entrenarla, junto a su hermano. Al comienzo de su carrera surgieron desavenencias con la Federación de Esquí de Chequia, debido a que Záhrobský prefería primar las competiciones fuera del país y que Šarka entrenara fuera del equipo nacional, convencido de que lo contrario perjudicaría su evolución como atleta. El nivel de Sarka, estaba claro, se situaba muy por encima de sus compatriotas.

Los resultados fueron llegando desde que Šarka tenía 18 años, obteniendo su primera medalla -en su prueba favorita de slalom- con 22. A partir de ahí costó bajarla del podio. Las medallas en las grandes competiciones (Mundiales, Copa del Mundo) también fueron llegando al hogar de los Záhrobský pero, de repente en 2009, año preolímpico, Šarka decidió dejar de ser entrenada por su padre debido a los constantes conflictos que mantenían. Ella no se sentía apoyada por él. La situación era insostenible y Šarka abandonó el nido y voló sola. Y vaya si voló. Al poco consiguió la ansiada medalla olímpica, en su caso la de bronce en slalom en los Juegos de Vancouver 2010. La relación entre padre e hija se había vuelto tan tirante que el progenitor ni siquiera la felicitó por la medalla olímpica conseguida, pese a que ella aspiraba a volverse a ganar el cariño y el orgullo de su padre al lograrla. Este rechazo cambió, según la propia esquiadora, su personalidad.

Pero el peor trauma estaba por llegar. Šarka poco podía sospechar que en 2012 pasaría mucho tiempo, demasiado, hospitalizada. Y la causa era grave. Tenía que serlo para que ella fuera incluso al médico a hacerse pruebas, poco partidaria de ello. Pero es que los intensos dolores de cabeza que empezó a sufrir cuando estaba finalizando la temporada de 2012 eran demasiados. Se hizo todo tipo de pruebas, pero no le encontraron nada. Su estado, no obstante, no mejoraba. O lo hacía a ratos, pero estaba claro que no se encontraba en plena forma.

El 29 de junio de 2012, a las 5 de la mañana, tuvo su mayor crisis. Su por entonces novio Tonda tuvo que llamar a una ambulancia porque Šarka no respondía. Tenía calambres en la cara; no podía respirar por la nariz; parecía padecer un ataque epiléptico; se ahogaba. En el hospital encontraron que sufría un fallo metabólico debido a que dejaron de funcionar sus glándulas pituitarias. Ello afectó a todo el cuerpo dejándola en un estado que llegaron a denominar de pre-muerte . Durante tres días tuvo que estar metida en una burbuja y, a partir de ahí, los lentísimos avances: un día era capaz de levantar de la cama, otro de ir al baño sola, más adelante ducharse sin ayuda. El día que consiguió mantenerse en pie sin ayuda durante cinco minutos le pareció un paso de gigante.

Tuvo que ser operada y, cuando despertó, lo hizo con una sonrisa. Y eso que no sabía aún la sorpresa que le esperaba: en ese mismo instante en que recobró la consciencia su novio la pidió en matrimonio. “No está en disposición de protestar”, alegó Tonda Strach. La esquiadora, que fue avanzando rápidamente hasta el punto no solo de volver a tener una vida normal, sino de deportista de alta competición y con éxito (entrena unas seis horas al día durante los meses de pretemporada) afirma que todo el proceso médico la cambió. Con la operación y la cura ha querido dejar atrás todo lo malo de su pasado. Ha perdonado a su padre; asegura que nunca se ha sentido tan querida como en el proceso de su restablecimiento. Ahora ha llenado de positivismo su vida, mediante el yoga, entre otras cosas. Encara su vida con una sonrisa y su carrera deportiva con total profesionalidad y confianza en sí misma. Despertar del coma en el que estuvo cambió su forma de ver la vida, sintiéndose más sensible. Una sensibilidad que no está peleada con entrenamientos duros, consistentes en boxeo, piragüismo, maratones, mountain-bike e incluso Ironman. Šarka Strachová ha reafirmado lo que ya era: una atleta muy a tener en cuenta y temida por sus rivales.

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