MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 34: LAWRENCE LEMIEUX RENUNCIA A UNA MEDALLA PARA RESCATAR A UNOS REGATISTAS EN PELIGRO

La mañana del 24 de septiembre de 1988 la mar estaba en calma en Busan, sede de la vela en los Juegos Olímpicos celebrados en Seúl. El viento sólo oscilaba entre 10 y 15 nudos. Se iban a desarrollar pruebas masculinas de dos categorías diferentes: la Finn y la 470. En la primera –que finalmente ganaría el español José Luis Doreste– marchaba segundo en la clasificación el canadiense Lawrence Lemieux. De repente hubo un cambio en el viento, que subió hasta los 35 nudos, los suficientes para hacer volcar la embarcación de Shaw Her Siew y Joseph Chan, singapurenses que participaban en la regata de la clase 470. Chan fue arrojado a una veintena de metros del barco, mientras Siew colgaba del casco del mismo. Al verlo, Lemieux que, como dijimos, se estaba jugando la medalla –y quién sabe si la de oro- en la clase Finn, no lo dudó un momento y acudió en su rescate. Es muy posible que en ese momento aún no supiera que estaba a punto de protagonizar uno de los momentos más humanos de la historia olímpica y, por descontado, de demostración de lo que es el espíritu olímpico.

Remontándonos un poco en el pasado hay que decir que Lemieux no lo tuvo fácil para participar en su sueño, los Juegos Olímpicos. No pudo hacerlo en Moscú 80 por el boicot de su país y en la siguiente cita olímpica, en Los Ángeles 84, perdió ante Terry Neilson en las clasificaciones nacionales para la clase Finn, viéndose prácticamente obligado a cambiarse a la clase Star si quería ser olímpico, pero por fin en Seúl 88 iba a poder participar en su categoría preferida, la Finn. Y no lo estaba haciendo nada mal, tras las cuatro primeras regatas. Pero Lemieux no dudó en ningún momento arriesgar su puesto de privilegio en la clasificación por realizar lo que, a fin de cuentas, en la regla número uno de la navegación: rescatar a quien esté en problemas, según el propio regatista canadiense reconocería.

Lemieux sacrificó su puesto de cabeza, su posible medalla, la gloria olímpica por salvar a unos participantes de otro país en otra categoría y sin posibilidades de hacer un buen papel, visto que estaban tan necesitados de medios que incluso no pudieron comprarse la equipación de seguridad mínima necesaria (un casco protector que entonces costaba unas cuarenta libras) y, en su lugar, se cubrían la cabeza –en aguas demasiado frías- con unos simplísimos gorros de ducha, los cuales había causado la burla del resto de participantes.

El dúo de Singapur no iba a dejar huella en la competición, pero sí pasaron a la historia por ser coprotagonistas de los hechos que estamos narrando que, según se mire, supusieron la debacle de un más que posible medallista olímpico o, mirado desde otro punto de vista, la hazaña de alguien con auténtico espíritu olímpico. En definitiva, que en medio de un mar que producía en esos momentos olas de cuatro metros, Lawrence Lemieux lo tuvo claro: rescató primero a Chan, alejado de su propia embarcación, para luego hacer lo mismo con Siew, quien además sangraba abundantemente debido a un corte en su mano. Se quedó con ellos hasta que llegó un barco de la Armada de Corea en su rescate. En algunos momentos Lemieux llegó a pensar que su propia embarcación podía volcar debido a las olas y el fuerte viento. Una vez rescatados por la organización local el canadiense volvió a su propia regata, en la que había perdido un valioso tiempo. Llegó así en el puesto 22º. Ello le hizo, naturalmente, bajar mucho en la clasificación general, hasta el undécimo puesto. Bien es cierto que, debido a las circunstancias especiales que tuvieron lugar, la Federación Internacional de Vela decidió volver a ponerle en la clasificación de esa regata en el mismo puesto que tenía hasta que ocurrió el rescate, el segundo.

Aun con eso lo que importa es que Lawrence Lemieux, al hacer lo que hizo, no le importó el hecho de que muy probablemente iba a perder no solo la posibilidad de disputar el oro, sino la de subirse al podio, pero ganó algo que poquísima gente tiene, no llega a la veintena de personas en toda la historia olímpica: la medalla Pierre de Coubertin a la Deportividad (y lo escribimos con mayúsculas) que le entregó Juan Antonio Samaranch. Lemieux siempre ha declarado que volvería a comportarse de la misma forma si se repitieran las circunstancias. Es un ejemplo claro de que en los Juegos Olímpicos no solo son importantes los medallistas y que mucho más valioso que subir a un podio es el comportamiento que se desarrolla en la competición y el respeto hacia los rivales. En definitiva, los ideales olímpicos, que salen a la luz menos veces de las que nos gustarían.

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