STALISŁAWA WALASIEWICZ, LA CAMPEONA OLÍMPICA DE LA QUE SE DESCUBRIÓ QUE ERA UN HOMBRE YA MUERTA

Stanisława Walasiewicz vivió su vida entre dos dicotomías: dos nacionalidades, dos nombres bien distintos (o incluso más) y dos géneros. Nació en Polonia a principios del siglo XX. Mal sitio en esa mala época. Sus padres, empobrecidos, quisieron dar una vida mejor a su hija, así que se trasladaron a Estados Unidos, concretamente a Cleveland, Ohio, donde Stasia –así la conocían familiarmente- viviría el resto de su vida. Bien pronto destacó en el deporte. Le gustaban varias pruebas de atletismo: de velocidad, saltos y lanzamientos. Conservaba la nacionalidad polaca, pero eso no le impidió proclamarse varias veces campeona de EE.UU. pues el reglamento de entonces permitía que un extranjero participara en sus campeonatos nacionales. Con solo 17 años ya intentó ser olímpica, en los Juegos de Ámsterdam de 1928, pero cuando se descubrió su pasaporte no fue aceptada en la expedición del país norteamericano.

Walasiewicz quería ser olímpica y desde luego valía mucho. Su talento no escapó a ciertos dirigentes polacos, que la vieron competir en unas pruebas en Europa. La captaron para que participara por su país de origen a cambio de un trabajo en el consulado polaco en Nueva York. Con ello casi se aseguraban una medalla en los siguientes Juegos Olímpicos, los de Los Ángeles de 1932. Dieron en el clavo porque Stanisława se coronó en la prueba de los 100 metros. Oro para ella y para Polonia. Ya entonces empezó a tener marcas de prestigio, batiendo récords mundiales.

La corredora polaca continuó una carrera llena de éxitos hasta que llegaron los siguientes Juegos Olímpicos, a celebrarse en Berlín en 1936. Para entonces ya era más conocida por la versión americanizada de su nombre: Stella Walsh, hasta el punto de que muchos no sabían que se trataba de la misma corredora que con el nombre de  Walasiewicz se había proclamando campeona olímpica años antes. En Berlín “solo” pudo ser plata, detrás de la estadounidense Helen Stephens. Y aquí viene una de las ironías de la vida de la atleta polaca: Stephens también batía marcas inusuales en el circuito femenino y como sus maneras eran rudas –propias de su procedencia de campo del Medio Oeste, donde la atleta de dos metros se dedicaba a cazar y a competir con chicos- saltó la duda: ¿y si en realidad Helen Stephens era un hombre? Se la sometió a una prueba “ocular” de género que determinó que Helen era Helen. Stasia/Stella tendría que seguir compitiendo con su máxima rival, que no solo la batió en los 100 metros, sino que competía con ella por batir marcas en otras distancias atléticas, todas cortas. Ambas, además, eran lanzadoras: la polaca de disco y la americana de peso.

La II Guerra Mundial provocó un largo periodo de pausa olímpica. Stella Walsh quiso volver a ser olímpica. Lo intentó en la edición de Melbourne 56, cuando contaba ya con 45 años. Pero quiso hacerlo ya como estadounidense, pues se había nacionalizado al haber vivido, al fin y al cabo, toda su vida en ese país. Para conseguir el pasaporte tenía que casarse y así lo hizo, en su caso con el boxeador Neil Olson. Todo parece indicar que se trató de un matrimonio de conveniencia, puesto que el matrimonio duró poco, aunque nunca llegaron a divorciarse. Olson tampoco llegó a conocer realmente a Stasia, ya veremos por qué.

Retirada tras no poder clasificarse por poco para los Juegos de Melbourne, Stella Walsh-Olson quedó vinculada, pese a la renuncia a su nacionalidad, a sus orígenes polacos, entrenando a atletas y fundando premios deportivos a polacos de origen, entre otras muchas actividades. Dicotomía en sus nombres (llegó a tener otros, derivados del suyo polaco, como Stefania Walasiewicz o Stanisława Walasiewiczówna) y en su nacionalidad, pues estuvo siempre dividida entre dos países, pero lo que más llama la atención fue la dicotomía en cuanto a su género, que se descubrió de una manera muy curiosa. Cuando contaba 69 años salía de hacer la compra en un supermercado en un centro comercial de Cleveland. Unos ladrones intentaron arrebatarle el bolso. Ella se negó y, en el forcejeo, un disparo acabó con su vida. Al tratarse de una muerte no natural se le practicó una autopsia en la que se descubrió que Stella era en realidad un hombre. En realidad no era ni hombre ni mujer, sino que se trataba de un caso de hermafroditismo; no había desarrollado ni el útero ni los ovarios y presentaba un pene minúsculo y atrofiado, además de dos testículos igualmente diminutos. Un estudio determinó que sus cromosomas XY se combinaron con otros XO, de tal manera que no desarrolló plenamente ningún sexo. Su marido confesaría que sólo habían hecho el amor un par de veces y que, por exigencias de Stella, tenían que hacerlo a oscuras.

Lo curioso es que ni el COI ni la IAAF decidieron quitarle sus medallas ni sus marcas porque determinaron que Walsh no había realizado en realidad trampa alguna, dudándose incluso de si era consciente del todo de su sexualidad. Al no haber voluntad de fraude sus méritos deportivos seguirían intactos, negro sobre blanco, en los anales atléticos, pese a que la familia de Hilde Strike, que había sido plata en Los Ángeles 32, intentó que el COI desposeyera a Walsh de su oro, de la misma forma que el comité polaco lo había intentado, sin éxito, en Berlín 36 con Helen Stephens. “Stella, the fella (Stella, el chico)” se convertiría a partir de entonces en su mote, un gesto irrespetuoso con la que había sido la primera mujer en bajar de 12 segundos en los 100 metros y de 24 en los 200. Ante todo quiso competir y ser olímpica, es más, ser campeona olímpica. Su título en Los Ángeles 32 seguirá para siempre.

h Stasia Walasiewicz/Stella Walsh, a la derecha con Helen Stephens, a la izquierda. Foto de Corbis

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