MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 31: EL TROPIEZO QUE IMPIDIÓ LA MEDALLA DE LA “NOVIA DE AMÉRICA” EN LOS ÁNGELES 84

Los que tengan cierta edad como para recordar los Juegos de Los Ángeles 84 no podrán olvidar uno de los momentos olímpicos más polémicos: la carrera femenina de los 3.000 metros. Las imágenes de la misma dieron la vuelta al mundo y aún hoy en día se sigue hablando de lo que aconteció en dicha carrera. Pongámonos en antecedentes:

Las dos protagonistas del incidente que tuvo lugar no podrían –en teoría- ser más distintas: por un lado tenemos a la novia de América Mary Decker, la rubia y quasi perfecta mediofondista local que había destacado ya con solo 14 años. Por el otro, a una jovencísima atleta sudafricana famosa por correr descalza, Zola Budd. Participaba defendiendo los colores británicos porque su país no lo hacía, sancionado debido al apartheid entonces imperante. La joven corredora se había visto agraciada por una nacionalización express que resultó ya en sí un tanto polémica.

En el fondo, ambas atletas tenían mucho más que ver de lo que podría parecer: a Mary le persiguió la mala suerte para ser olímpica, ya que, aunque ya despuntaba cuando se celebraron los Juegos de Múnich 72, su edad le impidió tomar parte. En los de Montreal una fractura no le permitió participar. En Moscú el boicot de su país fue la causa. La mala suerte le siguió acompañando tras los Juegos de Los Ángeles, ya que en Seúl 88 se vio afectada por un virus, mientras que a Barcelona no fue ni convocada. Finalmente, en la cita de Atlanta unos altos niveles de testosterona fueron, esta vez, los causantes de su ausencia. Mary Decker aún no lo sabía pero los de Los Ángeles iban a convertirse en su única participación olímpica.

Zola Budd se había dedicado al atletismo por una triste causa: la prematura muerte de su hermana por cáncer la lanzó a la costumbre de desahogar sus penas corriendo campo a través, siempre descalza. La rabia la impulsaba a correr cada vez más y más rápido, batiendo los récords mundiales que por aquel entonces estaban en posesión de Mary Decker. La desgracia le perseguiría a Budd, pues su padre le engañó apropiándose del 80% de sus ganancias. No llegó a aclarar sus asuntos con su padre antes de que éste fuera asesinado por un hombre que le acusó de intentar acosarle sexualmente. La vida en lo personal tampoco le sonreía a la rubia Decker. Mientras, casi una niña aún, encandilaba al público atlético arrasando en las carreras con sus trenzas, Mary sufrió abusos de uno de los novios de su madre separada. En ese mismo instante Mary abandonó su casa.

Para 1984 Decker era la máxima favorita en los Juegos por sus marcas. Todo el estadio esperaba celebrar con ella el oro, que se daba ya como casi seguro. La estadounidense se posicionó en los inicios de la carrera –por lo demás, lenta- detrás de Budd. La neobritánica dio un traspiés en un momento dado, tocando a Mary Decker, quien fue a parar al suelo, al lado interior de la pista. Su caída fue fea; se había hecho serio daño en la cadera. Ya no podía continuar en la que tenía que ser “su” carrera. Mary se echó a llorar desconsoladamente, cogida en brazos por su novio, el lanzador de disco Richard Slaney. Ese llanto, tan reproducido y transmitido le causó el apodo de “La llorona de América”. La carrera continuó y Zola Budd, que se había conseguido mantener en pie, acabó séptima. El oro acabó en posesión de la rumana Maricica Puică.

Tras la carrera la atleta local dio una rueda de prensa en la que acusó a Zola Budd de tener toda la culpa, por su inexperiencia. Algunos llegaron a afirmar que no se trató de un simple accidente, sino de una caída causada adrede. Budd se disculpó, recibiendo de la agraviada un arrogante “Ni te molestes”. Solo años más tarde Decker reconoció que la culpa había sido propia por no haber sabido situarse bien en el grupo. Durante el resto de la carrera los abucheos fueron tan persistentes contra Zola Budd que solo años más tarde –en concreto, 32 largos años-, la corredora confesó que no quiso forzar y entrar entre las tres primeras para no tener que subir a un podio siendo tan recriminada.

Las dos atletas dejaron de hablarse durante décadas. Ni se saludaban. Había demasiado rencor en algo que ocurrió en una fracción de segundo. Pero la realización de un documental sobre el incidente, titulado precisamente “La caída”, que tuvo lugar en la víspera de los Juegos de Río, las unió de nuevo. Y se produjo la sorpresa: vieron que tenían más en común de lo que imaginaban, incluso echaron unas carreras en la pista del estadio lugar del incidente que tanto las marcó. Por fin un gesto deportivo entre dos atletas que estaban destinadas a los triunfos olímpicos y que las circunstancias impidieron.

Foto de AP

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