BLANCA FERNÁNDEZ OCHOA: “EL FANTASMA DE CALGARY ME ACOMPAÑÓ HASTA LA PROPIA META DE ALBERTVILLE”

Su nombre y sus apellidos ya la predestinaban para convertirse en una campeona del esquí: Blanca y Nieves los primeros y Fernández Ochoa los segundos. Perteneciente a una familia amante del más popular de los deportes invernales y viviendo desde niña entre las montañas –del madrileño Puerto de Navacerrada- tomó como ejemplo bien temprano a su hermano Paco, ganador del primer -y hasta ahora único- oro en Juegos Olímpicos de Invierno para España en Sapporo 72. Teniendo siempre presente a su hermano mayor, del que no solo aprendió sino que, según afirma, le abrió puertas, ella estaba predestinada a seguir sus pasos y a emularle en el medallero olímpico. La esquiadora madrileña nos aclaró la cuestión sobre si era mucha la presión de tener un hermano oro olímpico y sentirse obligada a igualarlo: “No tenía presión, pero se me comparó mucho con él y a veces lo llevaba cuesta arriba y otras pensaba: “Por un lado me presiona, pero por otro me abre puertas”. ¿Sabes lo que es llegar al rincón más alejado del planeta, en Austria o Alemania y que te digan Blanca Ochoa y que te conozcan, y que te lleven para acá, para allá y te traten como a una reina? Pues eso era Paco. Eso fue gracias a Paco”. Las deudas de Blanca con su carismático hermano se las toma por el más positivo de los sentidos. Blanca se siente sobre todo agradecida a su “abrepistas” particular: “Soy consciente de haber abierto puertas en el esquí femenino en España, pero yo creo que también arrastrada por Paco, porque mientras yo competía él comentaba las carreras. Es que Paco ha sido mucho Paco. A Paco le conocía todo Cristo, ninguno le ponía mala cara, con lo cual, el que su hermana pequeña continuara ahí pues como que la gente estaba todavía enganchada”. Todo son bellas palabras de Blanca hacia su hermano, tristemente ya fallecido.

Pero ella misma también contribuyó mucho al empuje de este deporte en España. Participó en cuatro ediciones olímpicas, fue abanderada en dos de ellas, consiguió una medalla en su última Olimpiada y, lo que no es menos meritorio, paró a un país cuando casi logró otra –la que hubiera sido la primera-, durante el gigante de Calgary 88. Era líder tras la primera manga. El trazado de la pista olímpica favorecía a sus características. Podría haber adoptado una táctica conservadora ya que hacer el tercer tiempo le habría bastado para ganar, el noveno para conseguir la plata y el décimo el bronce, pero eso no va con el espíritu de Blanca. Arriesgó y se salió, cuando marcaba el mejor tiempo de la suma de las dos mangas. Ese fallo de una milésima de segundo le afectó muy mucho: “La experiencia de Calgary fue dura, ¡y mira que yo llegaba en forma! Es duro, pero es que eso es el deporte: es la dureza pero también la grandeza, y más en un deporte así, en que te lo juegas todo en apenas unos segundos. Y si sale bien no sabes la alegría que es”. El eslalon y el gigante, compuesto por dos mangas con una “mortal” pausa intermedia, es lo que tienen: “La pausa que hubo en Calgary entre la primera y la segunda manga fue muy dura. Se hizo muy larga”, nos confesó la ex esquiadora. Ahondando en la fatídica pausa, Blanca nos dijo: “En mi caso esa espera es negativa, porque soy muy impaciente. Es difícil controlar, yo soy muy como Paco, muy impulsiva. Para mí era un esfuerzo concentrarme, no pensar. Era difícil, sí”.

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Su gigante de Calgary marcó. Para los que hayan vivido ese momento, decirles que se paralizó el país, aunque la protagonista solo se enterara después: “Eso tengo entendido. Se paró una sesión en el Parlamento, se paró un partido de fútbol de España contra no sé quién…Eso es la bomba”. Y tras el subidón por ver a la española con clarísimas opciones de la gloria olímpica, el descenso a la tierra. Esa salida de pista le supuso un trauma a Blanca Fernández Ochoa: “Yo me quería retirar, de hecho. Llegué a anunciar que me retiraba y la verdad es que estuve tres meses que no quería saber nada. Yo lo había dejado, lo que pasa es que después empezaron que si mis hermanos, mis entrenadores, mi marido, Samaranch, que me escribió una carta espectacular con un reloj. Bueno, en Albertville me regaló un reloj para que continuara más años, pero no quise –hace un inciso-. Y entonces tras Calgary empezaron a pincharme y entre que me quedé con mal sabor de boca y que, en el fondo, me gustaba, e iba a echar de menos la competición dije, venga, cuatro años más”. Y Blanca continuó para adelante, como hacen todos los campeones. Y eso que, entre medias, no se le facilitó precisamente el camino a la española: “Tuve dos lesiones entre Calgary y Albertville. La verdad es que el fantasma de Calgary me acompañaba constantemente, hasta la propia meta de Albertville”.

Albertville 92: llega por fin la ansiada medalla, en la prueba de eslalon: “Es lo que decimos todos los deportistas: la medalla es la guindita al pastel. Cuando ya consigues una medalla -da igual el color- es que descansas. Ha merecido la pena”. Hasta la localidad francesa se desplazó todo el clan Fernández Ochoa para sorprenderla, lo cual fue recibido por la esquiadora de la mejor de las maneras: “No me supuso ninguna presión, al revés, es una presión en forma de ánimo. Me dieron alas. El verles allí me impresionó pero, por otro lado, era como “No les puedo fallar”. Me encantó”.

Alguno se puede preguntar qué hubiera pasado con la carrera de Blanca Fernández Ochoa de no haber conseguido la medalla en Albertville. ¿Habría seguido en su búsqueda para acallar los fantasmas del pasado y para deleite de Samaranch y de muchos aficionados al esquí? “Si no hubiera conseguido la medalla no habría continuado. Ya eran muchos años y no podía más. Tenía una necesidad de querer cambiar de vida. De hecho estuve casi seis meses poniéndome el despertador a las seis de la mañana [la hora en la que habitualmente se levantaba para entrenar] para darme el gustazo de pegarle un manotazo y decir ´Ahora me quedo en la cama´” (risas). Una última afirmación de la única española medallista olímpica en Juegos de Invierno: “El esquí de alta competición es duro, como todo, y compensa”. Está claro que la espera, los entrenamientos, las pruebas, las lesiones, los traumas, todo se superó y compensó con la medalla de Albertville, que brilla casi tanto como la perenne sonrisa de Blanca Fernández Ochoa.

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