LAS JAPONESAS DEL ESPARTANO DAIMATSU LOGRAN VENCER EL ORO DE VOLEIBOL EN TOKIO 64

Puede parecernos normal que el segundo programa más visto en la Historia de la televisión en Japón haya sido una final olímpica en los Juegos disputados en su tierra, los de Tokio 64 en la que participaba la selección local. Sin embargo, nos llama algo más la atención que se trate de un deporte no particularmente asociado con la cultura deportiva japonesa y, aun más, que se trate de deporte femenino. Pero la final de voleibol entre Japón y la entonces Unión Soviética acaparó la abrumadora cifra del 94.5% de la población japonesa. El país estaba volcadísimo con las chicas entrenadas por el considerado incluso despótico Hirofumi Daimatsu, más aún tras la derrota del ídolo local, el judoka Akio Kaminaga de manos del holandés Geesink.

El equipo nipón femenino de ese estético deporte llegaba a los Juegos de Tokio con una sólida base que se fundamentaba en un único y potente equipo: el Nichibo. Todas las jugadoras de la selección olímpica, menos dos, pertenecían a ese equipo centrado en Osaka. Las japonesas llegaba a sus Juegos con la vitola de campeonas mundiales, campeonato que se disputó en Moscú. Tras él algunas de las estrellas, entre la que destacaba Masae Kasai, pensaron en retirarse debido a su edad, pero recibieron más de 5.000 cartas de aficionados pidiendo que reconsideraran la idea.

Lo que les esperó en esos últimos meses –en realidad, en los dos años previos a los Juegos- a Kasai y compañía no era otra cosa que durísimos e interminables entrenamientos. Daimatsu las trataba como a un auténtico pelotón de soldados. No por nada era conocido por el nombre de “ogro” o “demonio”, así como el equipo, en general, fue bautizado como las “brujas de Oriente” por la Prensa rusa, una vez que les arrebataron el Mundial en su propio país.

Daimatsu tenía unos sistemas brutales de entrenamiento, aunque produjera 258 victorias seguidas. No perdonaba ningún día de fiesta, salvo un breve descanso el día de Año Nuevo. Los entrenamientos se sucedían desde las 4:30 de la tarde (por la mañana las chicas trabajan en la empresa de Nichibo Corp.) hasta medianoche, con un único descanso de quince minutos. Cuando se acercaron los Juegos Olímpicos aumentaron las horas: de 3 hasta las 2 o 3 de la madrugada. Eso no era lo peor: la parte física resultaba demoledora, hasta el punto de llegar a las lágrimas por el auténtico dolor que les producían a las chicas los ejercicios a realizar. Los gritos del entrenador Daimatsu eran, cuanto menos, duros: “Si prefieres irte a casa con tu madre, vete”, exhortaba a las jugadoras. Se llegó a denominar su método de entrenamiento como satsujin taiso, o entrenamiento homicida. Daimatsu reconocía el grado de crueldad de sus métodos, pero los veía como algo necesario no solo desde el aspecto físico, sino para fortalecer un espíritu de lucha necesario para batir a las potentes soviéticas. Pese a la dureza de su estilo, las jugadoras siempre defendieron a su entrenador.

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Llegó por fin la ansiada cita olímpica (debut, por cierto, en unos Juegos Olímpicos, del voleibol, tanto masculino como femenino): la URSS realizó un concurso impecable en su camino a la final: todo victorias y sin haber perdido set alguno. Japón se mostró potente, pero llegó a perder un set ante Polonia. Bien es cierto que en dicho encuentro no jugaron las titulares ya que Daimatsu no quería mostrar todas sus cartas a los posibles rivales futuros y que, de esta manera, pudieran estudiar el equipo nipón.

La final enfrentó a las dos principales potencias. La presión sobre las japonesas iba en aumento. Ninguna mujer deportista japonesa había ganado un oro olímpico en 28 años. Japón quería mostrar al mundo que se había repuesto totalmente de la humillación sufrida en la II Guerra Mundial. Esos y otros muchos elementos daban más peso al resultado de la final femenina de voleibol, de la que tanto se esperaba. Las jugadoras llegaron a pensar seriamente que tendrían que abandonar Japón si perdían. Las calles del país, por un día, se veían desiertas, pues todo el mundo quería seguir el partido por televisión. Para que nos hagamos una idea del impacto de la final diremos que las estadísticas de uso telefónico en esas horas fue casi nulo, pues todos estaban ante el televisor. El recinto sede de la competición, el palacio de los deportes de Komazawa, bullía con sus 4.000 espectadores.

Las soviéticas imponían su altura sobre las japonesas, la más alta de las cuales no superaba el metro 74. Pero el partido fue mucho más fácil de lo esperado para las locales, que ganaron los tres sets, poniendo las soviéticas solo algo de oposición en el tercero. 15-11,15-8 y un 15-13 final. Con esta victoria, considerada como uno de los diez hitos deportivos de Japón en el siglo XX, el hoy gigante asiático se labró un prestigio que no era tan claro en esos años. Se ha llegado a decir que esta histórica victoria conllevó, paralelamente, el renacer de la economía japonesa –en realidad, debido en parte a la celebración de los Juegos en Tokio en general-.

El colofón a este histórico resultado resultó anecdótico: la capitana, Masae Kasai, se quejó ante el mismo primer ministro en una recepción a las campeonas sobre la falta de tiempo para “encontrar marido” que le había producido su dedicación al voleibol. El político le buscó él mismo pretendiente y, en efecto, se acabaría casando con el militar de alto rango Kezu Nakamura un año más tarde, en una de las bodas más mediáticas y seguidas en todo el territorio japonés.

Las jugadoras del equipo mantean al entrenador Daimatsu tras conseguir el oro

Las jugadoras del equipo mantean al entrenador Daimatsu tras conseguir el oro

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