VERA ČÁSLAVSKÁ: LA GIMNASTA “NOVIA DE MÉXICO 68” QUE LUCHÓ POR LA DEMOCRACIA EN SU PAÍS

No se sabe si tuvo más mérito y repercusión la extraordinaria vida deportiva de Vera Čáslavská o su activismo político en una época en la que, para ejercerlo, había que ser indudablemente un valiente. Esta gimnasta checoslovaca fue la más grande en su tiempo. A ella se tuvieron que rendir las hasta entonces dominadoras en ese campo, las soviéticas, incluyendo a la gran Larisa Latynina que no pudo vencerla en los Juegos de Tokio 64.
Vera venía del patinaje sobre hielo y el ballet clásico, especialidades que sin duda le ayudarían en la gimnasia artística. Sus medallas en los mayores campeonatos internacionales la convirtieron en una grande del deporte –de hecho, en la segunda gimnasta más galardonada en la historia-, destacando sus actuaciones tanto en Tokio 64 como en la sucesiva edición de Méjico 68. Antes de entrar en los aspectos humanos de esta gimnasta checa hay que aportar unos datos determinantes: es la única gimnasta que ha logrado ser campeona olímpica en cada una de las pruebas gimnásticas; en total ganó siete oros y cuatro platas en JJ.OO. aunque, como veremos, el metal debió de ser más preciado en algún caso. Es también la tercera mujer con más medallas olímpicas en la historia de los Juegos. Pero, sobre todo, Čáslavská consiguió arrebatar el corazón de los espectadores con su simpatía y arte, especialmente en aquel ejercicio de suelo a ritmo de música mejicana que puso a todo el público del Auditorio Nacional de Chapultepec de los Juegos de 1968 a sus pies, ejercicio por el que se la recordará siempre.
Vera no lo tuvo nada fácil para conseguir todos estos logros, sobre todo si tenemos en cuenta que vivió en los tiempos del Telón de Acero, luchando contra dos gobiernos: el soviético y el suyo propio. A diferencia de sus dirigentes -estatales y de la Federación-, Vera Čáslavská no se agachó nunca ante los soviéticos. Como siempre mostró inclinaciones a favor del proceso de cambio producido en la Primavera de Praga, llegando a firmar el manifiesto “Dos mil palabras”, estuvo a punto de perderse unos Juegos, los de Méjico de ese mismo año, al ser claramente ninguneada por su Federación, que casi llega  a apartarla del equipo. Vera hubo de refugiarse en las montañas donde tuvo que entrenar los meses previos a la cita olímpica “de aquella manera”: en lugar de disponer de gimnasios usaba las ramas de los árboles a modo de la preceptiva barra de equilibrio. Lo de ir con tiempo a la capital mejicana para aclimatarse al clima, desfase horario y altura ni se contempló. Aun así Vera consiguió llegar al que se convertiría en el momento cumbre de su carrera ¡y vaya si llegó! Su superioridad incontestable sin embargo encontró oposición en los jueces. De Méjico 68 Čáslavská podría haberse ido con un saco de oros, pero eso no se podía consentir. En dos de las pruebas por aparatos los jueces –sospechosamente sobre todo gracias a una jueza soviética- provocaron la polémica y los abucheos del público tras darle el oro en la barra de equilibrio a la soviética Natalia Kuchinskaya y a Čáslavská solo la plata. En el suelo la humillación fue menor. Tras su excelente ejercicio era imposible no darle el oro, así que el jurado consideró que otra soviética, en este caso Larissa Petrik, empataría con ella. Čáslavská no se cortó en sendas ceremonias de premiación, así que agachó la cabeza y miró hacia el lado opuesto de sus rivales soviéticas mientras sonaba el himno de la nación que, en práctica, ocupaba su país. Signo de protesta no solo por las puntuaciones injustas para con ella, sino como gesto en contra de la política autoritaria y de ocupación de la URSS.


Todo ello fue el fin profesional de Čáslavská. A su vuelta Vera siguió con sus gestos, regalando sus cuatro medallas de oro a cuatro dirigentes democráticos de su país. Eso ya era demasiado. Fue incluso interrogada por la policía. La Federación de su país la consideró persona non grata y le prohibió participar en cualquier tipo de competición. Aunque entrenaba clandestinamente ya no podría ganar más medallas e incluso, para poder ganar algo de dinero, tuvo que trabajar en labores de limpieza doméstica.
La fase oscura a la que le sometió su gobierno se interrumpió entre 1979 y 1981 cuando le permitieron volver al escenario de sus mayores éxitos: Méjico. Allí estuvo en calidad de entrenadora, pero lo más curioso es que el gobierno de aquel país, para poder traer a la gran campeona, tuvo que dar a cambio a Checoslovaquia reservas de petróleo, ya que el país europeo sufría por aquella época restricciones. En cuanto Méjico cesó sus exportaciones, Vera hubo de regresar a casa.
Hasta que no cayó el comunismo en Checoslovaquia, Vera siguió en el ostracismo. Sólo el COI, impulsado por Juan Antonio Samarach, le proporcionó una salida en esos años oscuros al concederle el Premio Pierre de Coubertin al Juego Limpio y, sobre todo, al presionar para que pudiera ejercer de jueza y entrenadora en su país. Luego, ya con Vaclav Havel en el gobierno, la ex gimnasta se convirtió en asesora del mismo en temas de deporte, salud, educación y trabajos sociales. También detentó el cargo de presidenta del Comité Olímpico Checo.
Vera gozó de una popularidad inmensa en sus mejores años deportivos. En el olímpico de 1968 fue considerada la “Mujer del Año”, junto a Jackie Kennedy. A las 24 horas de ganar su último oro en esos Juegos Olímpicos contrajo matrimonio allí mismo con Josef Odložil, atleta que había ganado la medalla de plata en los 1.500 metros en los Juegos de Tokio 64. Se habían prometido casarse allí mismo si alguno se convertía en campeón olímpico. La idea era hacerlo en la capilla de la villa olímpica, pero el presidente del Comité Organizador de los Juegos, dada la popularidad de la pareja –sobre todo de ella, considerada la reina de Méjico 68-, insistió en que lo hicieran en la Catedral del Zócalo, ante deportistas olímpicos, sus propios rivales ¡y hasta 100.000 asistentes!. Por doble motivo Vera fue considerada “la Novia de Méjico”.
Años más tarde Vera viviría una tragedia personal que empequeñecía sus penurias para ser gimnasta. Aunque ya estaba separada de Odložil. El hijo de ambos, de entonces 19 años, provocó la muerte de su padre en una discusión. Un golpe asestado provocó una mala caída. Tras varios días en coma, el ex atleta murió. El hijo sería condenado a cuatro años de cárcel, que el presidente Havel conmutó gracias a una amnistía, lo cual no evitó una gran depresión de su madre, quien incluso tuvo que ingresar en un psiquiátrico. Vera Čáslavská fue en vida un auténtico ejemplo de coraje, una deportista a admirar en todos los sentidos.

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