MICHELINE OSTERMEYER: LA PIANISTA QUE LLEGÓ A SER BICAMPEONA OLÍMPICA

Una concertista de piano que fue campeona olímpica. Así declaró un día Micheline Ostermeyer que quería ser recordada. En ella se mezclaron dos vocaciones que parecen contradictorias entre sí, pero que, como ella misma demostró, pueden ser perfectamente compatibles: el arte y el deporte. Esta francesa, bisnieta de Victor Hugo y sobrina del compositor Lucien Laroche conjugó el amor de su madre por la música y el de su padre por los deportes, llegando muy alto en ambas facetas.

Su madre se empeñó en que estudiara piano en el Conservatorio de París y eso hizo. Cuando la II Guerra Mundial le pilló en pleno proceso y la familia se trasladó a Túnez continuó con su carrera de piano allí, ofreciendo recitales semanales en Radio Túnez. Pero no abandonaba la actividad física, insistido a su vez por su padre, un apasionado de los deportes. Como era alta -1.80 m- empezó con el baloncesto, que combinaba con el atletismo. Brillante en sus dos dedicaciones, en sus comienzos Micheline ganó sucesivamente el Prix Premier del Conservatorio de París (entre 1945 y 48) y, paralelamente, empezaron sus éxitos deportivos, concretamente en la prueba de lanzamiento de peso en el Europeo que se disputó en Oslo.

Ostermeyer siempre confesó su preferencia de la música sobre el deporte. Cuando se estaba preparando para la cita olímpica a disputar en Londres en 1948 se embarcó en una agotadora gira de conciertos, lo que no le impidió para salir como una de las reinas de los Juegos del 48, su gran momento deportivo (pese a las cinco horas diarias que dedicaba a la práctica del piano). La joven francesa iba a asombrar a propios y a extraños con una excelente actuación en tres pruebas, las máximas que por aquel entonces se permitían, aunque Ostermeyer fue campeona, cuanto menos nacional, en hasta seis disciplinas, incluyendo el pentatlón, prueba que aún no existía en el calendario olímpico.

La primera prueba en la que participó en Londres 48 fue la de lanzamiento de disco, su especialidad a priori más floja, puesto que no la había practicado en su vida hasta un par de meses antes. Sin embargo, con su último lanzamiento superó a la favorita, la italiana Gentile-Cordiale. Ostermeyer, que ganó el oro, no iba a ser en principio ni siquiera incluida en el equipo de su país y lo fue solo en el último momento y como tercera de las francesas gracias al buen criterio –que se demostraría acertado- de que si era buena en lanzamiento de peso lo sería igualmente en el de disco.

ostermeyer-piano-y-disco

Después llegó la prueba en la que era favorita: la del lanzamiento de peso. Hay que señalar, no obstante, que le favoreció el boicot soviético, pues Tatiana Sevryokova, por entonces plusmarquista mundial, no pudo acudir, así como Anna Andreyeva y Claudia Tochenova, quienes en una prueba paralela acabaron superando la marca de Ostermeyer en Londres 48. En la cita olímpica la pianista francesa ganó a otra italiana: Amelia Piccinini. Se ha dicho que el sentido del ritmo que Micheline poseía gracias a la música le ayudó a mejorar en las técnicas de lanzamiento.

La tercera prueba en la que Ostermeyer salió como medallista –esta vez, sin embargo, solo pudo subir al tercer cajón del podio- fue en salto de altura. Aquí se vio beneficiada de la ausencia de la grandísima atleta Fanny Blankers-Koen, quien poseía la mejor marca, ya que competía en otras tres pruebas y no podía hacerlo en esta. Precisamente se dice que el brillo de los triunfos de la atleta holandesa, auténtica reina de los Juegos de Londres 48 fue el único obstáculo que impidió que Ostermeyer no se convirtiera en la mayor vencedora de esa edición. Aun así, batió muchos récords: primera medalla para una atleta francesa (y el siguiente oro tardaría dos decenios en llegar) y primera francesa en ganar dos oros individuales en Juegos de Verano.

La leyenda dice –esta vez hay pruebas de que fue más real que leyenda- que la atleta francesa celebró sus triunfos olímpicos con un recital de piano en los barracones que hacían de alojamiento para los participantes olímpicos. Posteriormente daría otro recital en un recinto más adecuado: el Royal Albert Hall londinense.

Tras su momento olímpico Ostermeyer quiso dedicarse en cuerpo y alma a la música. Su pasado como deportista le cerró puertas, pero ella aceptó el reto de abrirlas y lo hizo brillantemente atreviéndose a “callar bocas” con un recital de piezas exigentes. Logró su propósito. Solo volvió a las pistas atléticas para el Europeo de 1950, atreviéndose con las vallas también. Sin embargo, tuvo que retirarse definitivamente de la actividad física debido a una deformidad que sufría en la espina dorsal, lo que no le impidió realizar una media de un centenar de recitales al año. Micheline protagonizó una anécdota que demuestra que por el deporte sentía pasión, pero no lo consideraba su profesión primera: tras sus éxitos olímpicos una firma de zapatillas de deporte le ofreció un contrato para asociar su nombre a un modelo, a lo que la francesa se negó porque, de esa manera, su nombre “iba a estar manchado por el lodo, el único nombre que tenía”. Después de saber su caso ¿hay quien dude de que arte y cultura son compatibles con el deporte?

ostermeyer

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