MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 26: EL ORO MÁS AFORTUNADO PARA STEVEN BRADBURY EN LA CARRERA MÁS ACCIDENTADA

La final de los 1000 metros en la modalidad de short track de los Juegos Olímpicos de Salt Lake City demostró dos cosas: que no es cierto el dicho de “quien arriesga, gana” y que el short track es uno de los deportes más espectaculares que se han creado. También fue una demostración de que el deporte está lleno de sorpresas y que nunca hay que perder la esperanza para conseguir el sueño del oro olímpico. Algo que no llegaron a alcanzar Eddie “El Águila” Edwards  o el equipo jamaicano de bobsleigh, pero que relacionan al vencedor en Salt Lake City por ser, como ellos,  un clarísimo aspirante a quedar en último lugar. El vencedor, Steven Bradbury, ha pasado a la historia como uno de los campeones olímpicos no solo más inesperados, sino afortunados (y muchos piensan que injustos). Hasta el punto que en su país su apellido se ha convertido en un verbo que viene a significar “tener un éxito inesperado”.

Bradbury, con su oro, se convirtió en el primer patinador del hemisferio sur en ganar en unos Juegos Olímpicos en short track y su oro reportó a su vez a su país, Australia, el primer oro en Juegos de Invierno. Todo de una forma de lo más rocambolesca. Huelga decir que en su deportivo país el short track no es precisamente una especialidad popular. Bradbury fue seleccionado con el combinado Aussie para cuatro citas olímpicas y en una de ellas, la de Lillehammer 94, incluso conseguiría medalla –la de bronce- con su equipo en los relevos de 5000 metros. Sabido ese dato podríamos pensar que estamos ante un patinador de nivel cuanto menos medio-alto, posible aspirante a más medallas. Craso error. Este deporte tiene dos características que le permiten, una vez llegados a la final, tener bastantes posibilidades de pillar metal. La primera es el escaso número de finalistas: cinco, debido al pequeño tamaño y anchura de la pista, que no puede albergar a más participantes. La segunda, y quid del oro de Bradbury, es el alto índice de caídas –y consiguientes descalificaciones- que se producen. Los verdaderos contendientes por una medalla mantienen auténticas peleas que hacen quedar en nada las que se producen en las carreras atléticas del medio fondo, con el agravante de hacerlo sobre el resbaladizo hielo, que paga cualquier mínimo error de forma radical: un despiste y adiós carrera.

Bradbury llegaba a los Juegos de Salt Lake City en el ocaso de su relativamente mediocre carrera, con 28 años. Él mismo declararía más tarde que ni su fondo físico ni su capacidad podría compararse con la de sus rivales, entre los que destacaban la estrella de este deporte, el local Apolo Anton Ohno.

Lo que le ocurrió al afortunado australiano en la final tuvo sus precedentes en las carreras anteriores: tras ganar su serie, Bradbury se enfrentaría en los cuartos de final a Ohno y al entones campeón mundial, el canadiense Marc Gagnon. Sólo se clasificaban dos para la semifinal. Parecía que su recorrido había llegado a su fin. Pero entonces empezó su racha de buena suerte: acabó tercero, pero Gagnon sufrió una de esas numerosas descalificaciones por obstrucción que tanto se producen en este deporte. En la semifinal Bradbury iba último y a mucha distancia. Lo que sucedió fue un preludio de lo que acontecería en la final: los tres primeros colisionaron y perdieron sus privilegiados puestos, dejando vía libre para el Aussie. Esos tres primeros eran ni más ni menos que el defensor del título olímpico – el surcoreano Kim Dong-sung- y los ganadores de varias medallas olímpicas el chino Li Jiajung y el canadiense Turcotte.

Vayamos ya con la final, que resultó ser una emocionantísima carrera con desenlace inesperado para todos los participantes y espectadores. Todos -menos nuestro protagonista- disputaron todas y cada una de las vueltas en medio de una feroz lucha por alcanzar el oro. Parecía que cualquier otra medalla fuese insuficiente. El cuarteto en liza lo componían el citado Ohno, Li y Turcotte, quienes habían conseguido el pase pese al choque en la semifinal, y el aún por entonces surcoreano Ahn Hyun-Soo (posteriormente nacionalizado ruso con el nombre de Viktor Ahn) Ver las ocho primeras vueltas de las nueve previstas, con una duración de algo menos de minuto y medio total, es contemplar una lección de patinaje, estrategia, lucha y competitividad entre los cuatro, los cuales se iban turnando en los puestos de cabeza, con el australiano siempre y en todo momento en la última plaza. Cuando quedaban dos vueltas iba totalmente descolgado. Estar a esa distancia del cuarteto de cabeza es lo que le salvó de entrar él a su vez en la caída múltiple que tuvo lugar, a falta de una única vuelta. De haber estado más cerca, posiblemente la medalla de oro no habría finalmente colgado de su cuello. Ajeno a la guerra en la que estaban enzarzados los favoritos, Steven Bradbury pudo cruzar la meta el primero incluso en posición estirada y de manera parsimoniosa. Aún hubo de esperar la decisión de los jueces de no replantear una nueva carrera, con un resultado probablemente muy distinto, pero al fin y a la postre la táctica empleada de esperar una colisión en cabeza, planeada de antemano, sirvió para alcanzar la medalla más preciada. Steven Bradbury era consciente de sus limitaciones y de que su “tanque” no iba a tener suficiente gasolina como para disputar cuatro carreras. Le salió bien la jugada.

Ese oro le reportó una fama desmesurada en su país. Llegaron a emitir un sello con su rostro. Por los derechos de imagen cobraría 20.000 dólares que le vendrían de perlas para comprarse un coche, ya que acababa de pedir un préstamo a sus padres de mil dólares para arreglar el viajo automóvil que poseía, necesario para acudir a los entrenamientos. Su situación económica era tan precaria que, para conseguir financiación, confeccionaba patines él mismo en un modesto taller. Lo más curioso es que le regaló un par de esos patines al propio Ohno para que los usara en la final, sin sospechar ni remotamente que él mismo derrotaría a la gran estrella del short track en esa carrera.

Bradbury, sabedor de que probablemente era el menos merecedor del oro entre todos los contendientes, declararía una vez finalizada la carrera que ese oro se debía más a su capacidad de sacrificio durante diez duros años de competición. En esa década arriesgó incluso su vida en un par de ocasiones. Sólo año y medio antes de lograr el hito de la carrera de su vida se rompió el cuello en un entrenamiento, lo que le llevó a sufrir la tortura de llevar un halo cervical atornillado a su cráneo mediante cuatro barras metálicas. Con todo, su peor momento lo sufrió en 1994, cuando en una prueba de la Copa del Mundo la hoja de otro patinador le rebanó su muslo derecho en un choque, perdiendo hasta cuatro litros de sangre. Al estar en plena competición, con un ritmo cardiaco de 200, la sangre salía con mayor rapidez. Bradbury llegó a pensar que si perdía la consciencia, moriría. Requirió la friolera de 111 puntos, no moverse durante tres semanas y 18 meses de baja. Tras esto, ¿aún pensamos que el oro de Bradbury fue inmerecido?

Foto de Steve Munday/Getty Images

Foto de Steve Munday/Getty Images

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