AHMED BOUGHÉRA EL OUAFI: ASESINATO DE UN CAMPEÓN OLÍMPICO

Los deportistas de principios del siglo XX pasaron más penalidades que otra cosa, incluso siendo campeones olímpicos. Que se lo digan al argelino, nacido en Ouled Djellal, Ahmed Boughéra El Ouafi, cuya modesta vida en su Argelia natal no le permitió alimentarse precisamente con una dieta rica y sana, sino en una basada casi únicamente en la leche de cabra. Quizá el calcio y las vitaminas de la leche le dieran la fuerza suficiente para correr 15 kilómetros diarios desde niño. A los 18 la vida de Ahmed dio un vuelco al ser llamado por el ejército para combatir bajo la bandera de la colonizadora Francia. Pero fue precisamente en el ejército donde se descubren sus cualidades físicas y empieza a participar en competiciones militares. Hasta entonces sus cualidades eran innatas, pero debía mejorar muy mucho la técnica, especialmente el control de la respiración.

El joven El Ouafi fue mejorando, hasta el punto de ser seleccionado para los Juegos Olímpicos de París de 1924, terminando séptimo en la prueba de maratón. Pero no es hasta la siguiente cita olímpica, la de Ámsterdam 28, donde el originario argelino alcanzara su máximo logro: el soñado oro olímpico, venciendo a todos los favoritos –como el estadounidense Ray, el japonés Yamada o los finlandeses Marttelin y Laaksonen-. A raíz de ello Ahmed, un pobre ingenuo que nunca llegó a ser (bien) asesorado, aceptó una gira por Estados Unidos para demostrar sus cualidades atléticas en circos, enfrentándose incluso a animales en carrera. Ahmed, ilusionado con la propuesta, se embarca en ella, sin saber que, al recibir dinero a cambio, comete una falta que el mundo del deporte de entonces no tolera: el profesionalismo. Esa pequeña gira americana no hace otra cosa que finiquitar el futuro deportivo de El Ouafi y, con ello, se abre una vida compuesta por el turbio mundo de las apuestas y la compra de un modesto café.

Para más inri, el campeón olímpico es engañado en sus negocios. En esa época ya vivía de nuevo en la más absoluta de las pobrezas –como en sus comienzos en su tierra natal- y en el anonimato. Él, que había conseguido la única medalla para Francia en los Juegos de Ámsterdam, tuvo que ganarse la vida como pintor de aerosol. Más tarde su vida le dio un golpe más, y esta vez literalmente, al ser arrollado por un autobús, lo que le incapacitó para seguir trabajando.

Tuvieron que pasar 28 años y llegar la victoria en la maratón de los Juegos de Melbourne 56 de otro francés de origen argelino -Alain Minoun-, para que se le volviera a recordar. Minoun intercedió por un ya enfermo El Ouafi y le llevó consigo a la recepción en el Palacio del Elíseo. A través de él conseguiría un trabajo de portero en un estadio, Paralelamente, el poderoso diario deportivo francés L´Équipe inició una suscripción para que se le pudiera dar una jubilación digna a alguien que había proporcionado éxitos para el deporte francés.

Si la vida postolímpica de El Ouafi fue triste, no lo fue menos su aún por aclarar muerte. Ésta se produjo debido a un disparo, tomando un café en una terraza, cuando contaba con 60 años. El momento histórico era en plena guerra de Argelia, con los disturbios que provocó en la Francia continental, de los que no se libró el desafortunado El Ouafi. Algunos dijeron que murió por una bala perdida, otros que fue asesinado por razones familiares por motivos de herencias, pero la teoría más extendida es que el ex atleta fue una víctima buscada por el FLN por no querer apoyar la revolución armada en su país de origen. A los militantes del FLN les interesaba Boughéra por su exitoso pasado olímpico, pero el deportista se negó a defender su causa.

Enterrado en el cementerio musulmán de Bobigny, sus funerales corrieron a costa del Comité Olímpico Nacional francés. Sólo muchos años más tarde alguien colocó la bandera tricolor en su tumba agradecido, quizá, a las alegrías que había proporcionado a su país de adopción.

Foto de Getty Images

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