EL DESENCUENTRO ENTRE DRAŽEN PETROVIĆ Y VLADE DIVAĆ

Eran los mejores jugadores de baloncesto de su país en su momento y, sin dudarlo, estaban entre los mejores del mundo entero. De hecho, lograron proclamarse campeones mundiales. Y, paradójicamente, la euforia tras vencer ese Mundial supuso la ruptura de la fuerte amistad que tenían. Ellos eran Dražen Petrović y Vlade Divać, los máximos componentes de la mejor generación del baloncesto –por entonces- yugoslavo.

Ambos había nacido y crecido en lo que era aún una Yugoslavia unida. Petrović era croata y Divać serbio, pero habían coincidido en la misma selección desde muy jovencitos. Aunque jugaban en los equipos rivales del país (Cibona Zagreb y el Partizan Belgrado) los momentos compartidos en aquella gloriosa selección balcánica unieron a estos jugadores.

Esa generación, que integraba también a astros de la canasta como Toni Kukoć, Dino Radja o Željko Paspalj, consiguió una meritoria plata en los Juegos de Seúl 88. Se temía que un equipo compuesto de tantas individualidades pudiera funcionar como conjunto, pero los jugadores mostraron su entusiasmo por poder juntarse con compañeros de tal calibre. De hecho, Vlade Divać confesó tener como ídolo a Dražen Petrović desde que éste despuntaba ya con 17 años, mientras que el serbio aún contaba con 13.

La concentración que precedió a los Juegos estuvo llena de camaradería. Nunca jamás se hablaba de ningún tema político. Presidía un auténtico sentido de la familia en el ambiente. Divać y Petrović fueron elegidos para compartir habitación.

Tras la medalla olímpica, el país albergaría el siguiente campeonato de altura: el Eurobasket de 1989. Esa generación tenía que continuar con sus éxitos colectivos y así lo hicieron en su propia casa. La ceremonia de premiación nos ofrece imágenes de la unidad de todos, cantando el himno yugoslavo.

Al poco, tanto Divać como Petrović fueron captados por la NBA, abriendo de esta manera una brecha para los –futuros- jugadores europeos. En diferentes equipos de nuevo (Lakers para Divać y Trail Blazers en un principio para el “Milagro de Šibenik”) los compañeros de selección afianzaron su amistad compartiendo, en la mayoría de los casos vía telefónica, su nueva y radicalmente diferente experiencia profesional y de vida. Eran un apoyo el uno para con el otro; su “familia” mutua, a miles de kilómetros de distancia de las verdaderas. Dražen lo estaba pasando mal al jugar pocos minutos en su equipo. Vlade era su principal apoyo. Esas conversaciones telefónicas ayudaron sobremanera a Petrović.

La situación política en su país iba adquiriendo unos tintes que posteriormente se teñirían de drama, pero la selección yugoslava seguía unida y deslumbrando al mundo. Llegó el Mundial de 1990, a disputar en Argentina, y los “plavi” vencieron sucesivamente a los todopoderosos Estados Unidos en semifinales y a la no menos potente URSS en la final. Había una sensación de que Yugoslavia se consagraba ya, de facto, como la gran dominadora del baloncesto mundial.

En la celebración de la victoria final saltó el desencadenante del principio del fin: un seguidor croata alcanzó el parquet enarbolando una bandera croata. Divać reaccionó enojado arrebatando la bandera. “Era el momento de la selección yugoslava. Habría hecho lo mismo si hubiese sido una bandera serbia”. Divać se sentía de siempre yugoslavo de corazón; le enojó que se “arrebata” esa victoria del colectivo individualizando en una única república. Pero ese gesto le sentó mal a Petrović, un nacionalista croata convencido. Ese arrebato significó un antes y un después en la relación entre los dos grandes amigos.

Sin hablar nunca abiertamente del tema, Dražen adoptó, de vuelta ya en Estados Unidos, una actitud de rechazo hacia su otrora confidente. Le huía y, pese a la insistencia del serbio en hablar y reconciliarse, Dražen ya le veía con otros ojos. Seguía habiendo un trato educado entre ambos cuando se cruzaban en partidos de la NBA, pero nunca retomarían el trato anterior. Famoso fue el desencuentro que vivieron durante un entrenamiento. Petrović se encerró en su vestuario evitando toparse con Vlade y, cuando se vieron, le dio evasivas. Los intentos de reconciliación de Divać no fructificaron.

Entre tanto, y pese a que los componentes de la selección yugoslava nunca llegaron a hablar en el postpartido del “incidente”, a Divać le esperaba de regreso a su país una campaña de la prensa croata, abiertamente en su contra. Con su simple gesto se había convertido, casi sin darse cuenta, en un héroe para Serbia y un villano para Croacia.

Si se había enfriado la relación entre Divać y Petrović no ocurrió nada diferente entre el serbio y el resto de jugadores croatas, que se sintieron realmente coartados por la opinión pública croata y por su propio entorno para no relacionarse con el ya rival. Los Kukoć. Radja, etc. lo lamentaron, pues seguían teniendo una buena opinión de Divać, pero la presión en casa era demasiado grande. Divać, por su parte, seguía haciendo, en vano, intentos de acercamiento.

Ya nunca más se unió esa selección mágica. En los Juegos de Barcelona 92 se prohibió la participación de Serbia por las sanciones internacionales, mientras que Croacia logró un digno tercer puesto. A Divać le dolió seguir por televisión los logros de Croacia, pues se preguntaba cuán lejos podrían haber llegado de haber continuado juntos.

El resto ya es historia: Vlade continuó con la esperanza de que llegara el día en que consiguieran hablar ambos limando asperezas, pero ese día nunca llegó, en parte porque la vida de Dražen fue segada prematuramente en un accidente automovilístico cuando volvía de un partido con su selección. A Divać le hubiera gustado –según confiesa él mismo en el documental “Hermanos una vez”, sobre su relación con Petrović- haber estado entre aquellos 100.000 que asistieron a su entierro en el cementerio zagrebí de Mirogoj, pero finalmente decidió no acudir a un sitio donde posiblemente no hubiera sido bien recibido. Sin embargo, llegó el día en que se reconcilió con la familia Petrović (con su madre y su hermano, el también baloncestista, Aleksandar). Al fin y al cabo no eran hermanos de sangre, pero en lo más profundo se sentían con un fuerte vínculo. “Se tardan años en construir una amistad y un segundo en acabar con ella”, afirmó Divać refiriéndose a su instintivo gesto al lanzar lejos la bandera croata.

"Once Brothers"

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