CUANDO EL ARTE DABA MEDALLAS EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS

Muchos desconocen la existencia de una especie de “Juegos Olímpicos de Arte” paralelos a la competición deportiva. Tuvieron lugar desde la edición de Estocolmo 1912 hasta la de Londres 1948. Su inicio habría tenido que ser anterior, si se hubieran atendido los deseos de Pierre de Coubertin, para el cual el arte formaba parte del ideal olímpico tanto como el deporte e incluso en una ocasión escribió: “Privados del aura de las competiciones de arte, los Juegos Olímpicos son sólo campeonatos mundiales”. En su afán por emular los Juegos de la antigua Atenas el celebérrimo barón quiso incluir las disciplinas artísticas a la par que las deportivas. Él mismo incluso llegó a participar en las mismas –en la categoría de literatura con un texto titulado “Oda al deporte”-, bajo un seudónimo y, ¡oh sorpresa!, consiguiendo la medalla de oro.

Porque las competiciones de arte otorgaban medallas y existe, por tanto, un medallero oficial de los ganadores –en la que dominan de calle los artistas europeos-, aunque en ocasiones los concursos quedaban desiertos. Como en el deporte, en que los deportistas pueden participar en varias pruebas y conseguir así varias medallas, se dio el caso de artistas que tomaban parte con varias obras y, de esta manera, podían salir multipremiados de unos mismos Juegos, como es el caso del artista suizo Alex Diggelmann.

Como hemos dicho, la primera edición oficial de las competiciones de arte en JJ.OO. tuvo lugar en Estocolmo 12, pero la idea era de realizarlas ya en los Juegos de 1908, que iban a disputarse en un principio en Roma. Las condiciones económicas impidieron obligaron a un cambio de ciudad organizadora y el escaso año de preparación que tuvo Londres para celebrarlos le impidió organizar las competiciones de arte.

La primera edición contaría con una escasísima participación de 35 artistas, lo que hizo que gran parte de las categorías quedaran desiertas. Tras la I Guerra Mundial el programa artístico de los Juegos no pudo contar aún con una destacable participación. El panorama cambiaría en los Juegos de París 24, pero el gran salto se dio en los siguientes, los de Ámsterdam 28, que ya contaron con 1.100 obras artísticas presentadas. Los artistas podían vender sus piezas tras los Juegos, lo que les convertía en profesionales, a diferencia de sus “colegas” deportistas, que por aquella época aún debían ser completamente amateurs.

Hay que decir que todas las obras artísticas debían tener como temática el deporte, estando comprendidas en las categorías de Arquitectura, Música, Literatura, Pintura y Escultura, componiendo lo que se llamó “el pentatlón de las musas”. Cada una de éstas tenía subcategorías, tales como dramática, épica y lírica en literatura o dibujo, diseño gráfico y pintura en la de pintura. Los reglamentos fueron variando mucho a lo largo de los años.

Las competiciones de arte desaparecieron desde la edición de los Juegos de Helsinki 52 debido a que los organizadores alegaron no contar con el tiempo suficiente para prepararlos. Fueron sustituidas desde entonces por un programa cultural (denominado la Olimpiada cultural) que es de carácter obligatorio para los organizadores de unos Juegos y tienen como fin “promover las relaciones humanas, el entendimiento mutuo y la amistad entre los países participantes”.

Como dato curioso señalar que aunque no hay artistas destacados que se atrevieran a competir en estos Juegos con opción a medalla sí que hubo artistas célebres entre el jurado, como el compositor ruso Igor Stravinski. Otra peculiaridad fue el caso de dos medallistas tanto en las competiciones artísticas como en deportivas, como fueron el estadounidense Walter Winans, oro en tiro con revólver en Londres 1908 y oro en escultura en Estocolmo 1012, así como el húngaro Alfréd Hajós, doble oro en natación en Atenas 1896 y plata en arquitectura en París 24.

Las ya olvidadas competiciones de arte demostraron que el deporte y la cultura pueden ir perfectamente de la mano, como quiso mostrar al mundo el barón de Coubertin.

El texto -con seudónimo- que le otorgó un oro olímpico a Pierre de Coubertin

El texto -con seudónimo- que le otorgó un oro olímpico a Pierre de Coubertin

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