KRISTIN OTTO: REINA DE SEÚL 88 SUPERANDO EL DOLOR

La reina de Seúl 88 pudo haberse convertido en una nadadora al mismo nivel que el mismísimo Mark Spitz en cuanto a medallas olímpicas se refiere si no se hubiera producido el boicot en Los Ángeles 84 que tanto le perjudicó. Kristin Otto fue el vivo ejemplo de la cantera deportiva de la extinta Alemania del Este, beneficiándose de los mejores entrenadores y programas de apoyo a los deportistas con posibilidades, pero sufriendo paralelamente unos duros y hasta crueles métodos de trabajo, en su caso en la academia Halle, de la que salieron otros campeones. El estudio y un fuerte programa físico componía la vida de Kristin desde su infancia, un programa tan estricto que la propia nadadora “denunciaría” en su diario personal, al sentirse agobiada. El sacar campeones olímpicos que dieran un prestigio a un país que no obtenía de ninguna otra manera era imperativo en el régimen de la ex RDA.

El resultado en el caso de Otto fue que con 16 años ya era toda una campeona: hasta tres oros ganó en los Mundiales de Guayaquil de 1982. Éxitos que continuaron en todo tipo de competiciones, aunque sufrieron un doloroso parón en 1984 al no poder asistir a la que tendría que haber sido su primera cita olímpica, la de 1984.

Víctima de la política y de las lesiones: desde 1985 sus padecimientos se convierten en severamente dolorosos. Tanto, que tiene que renunciar en primer lugar a los Europeos de Sofía debido al collarín que ha de llevar por el dolor en las vértebras cervicales y, más adelante, renunciar también al estilo de espalda, que se convertía en un auténtico martirio de dolor para ella. De hecho le desaconsejaron toda práctica de la natación, pero ella prefirió pasarse al estilo libre, algo que le molestaba menos. No podía renunciar a una gloria olímpica que le estaba siendo esquiva.

Pero la gloria olímpica llegó, y de qué manera. Tanto sacrificio y dolor, tantas horas de duro entrenamiento darían su fruto: seis oros en los Juegos de Seúl 88 en pruebas de estilo libre, mariposa, espalda –que retomaría- y los estilos. Es decir: una todoterreno que abarcaba todas las modalidades natatorias. Además, Kristin conseguiría una hazaña quasi imbatible: oro en cada prueba que disputó. Tenía por entonces aún solo 22 años, pero Seúl sería su única cita olímpica.

La nadadora alemana se retiraría cuando aún existía la RDA. De haber podido participar en los Juegos de Los Ángeles y quizá en los de Barcelona, donde aún podría seguir sumando medallas a su palmarés, su historial sería aún más impresionante de lo que ya es.

Sin embargo, una sombra cubre su impecable trayectoria deportiva: el sospechoso dopaje realizado en su país. El Parlamento de la ya unificada Alemania encargó una investigación para esclarecer posibles casos de dopaje a gran escala en la Alemania del Este. Como consecuencia, se descubrió que se practicó uso ilegal de testosterona y/o anabolizantes antes de campeonatos, eso sí, con el desconocimiento de los deportistas, auténticas víctimas de todo este asunto. Algunos –demasiados- lo pagaron con daños en su físico (el más sangrante, el de la atleta Heidi Krieger, que hubo de cambiar de sexo tras los tratamientos sufridos).

La reacción de la nadadora que nos ocupa al enterarse de las maquinaciones de los dirigentes federativos fue de desolación, declarándose inocente, entre otras cosas porque había superado con éxito todos los test de dopaje que se le hicieron en su día. Kristin Otto quiso recalcar que sus éxitos deportivos fueron “el resultado de muchos años de durísimo esfuerzo y entrenamientos”, algo que no ponemos en duda, aunque sus rivales de entonces aún se estarán preguntando si no hubieran podido saborear un metal de mayor prestigio de haber habido controles anti-dopaje más perfeccionados entonces. En cualquier caso, honor a Kristin Otto, cuya fuerza de voluntad y ambición olímpica superó dolores y lesiones.

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