EL SETTEBELLO: MARCANDO ÉPOCA EN EL WATERPOLO MUNDIAL

En cada deporte de equipo suele haber un país que marca el palmarés, el historial, el ritmo , en definitiva, el estilo, gracias a una serie de generaciones en estado de gracia. El denominado Settebello del waterpolo italiano ha ido reinando en diferentes épocas, logrando un total de siete medallas olímpicas (tres de ellas oros), seis en Mundiales (tres veces campeona), once en Europeos (otras tres veces de ellas, campeona), cinco en la Copa del Mundo (un oro) y tres medallas en la World League. Un envidiable palmarés si tenemos en cuenta que ha sido logrado luchando contra las mejores Unión Soviética, Hungría, Yugoslavia y España, los mayores rivales de los transalpinos.

¿Por qué se denomina a la selección nacional italiana de waterpolo Settebello? No es por la belleza de sus “esculturales” cuerpos de deportistas, sino que el término se remonta al lejano 1948 cuando, durante la Olimpiada de Londres, el periodista radiofónico Nicolò Carosio denominara así a los jugadores, en gran parte pertenecientes al club Rari Nantes de Nápoles, los cuales tenían ya ese apodo. Un sobrenombre que ha acompañado al combinado azzurro desde entonces.

Los italianos participan en waterpolo olímpico desde 1920, pero en esta ocasión nos vamos a centrar en su exitosa singladura que comienza con la plata en Montreal 76. En esa época despuntaba el gran Gianni De Magistris, máximo goleador de los azzurri. Llegó pronto un oro importante: el del Mundial de Berlín en el 78, aunque el punto de inflexión fue el Mundial del 86, donde se pasa del noveno puesto en Guayaquil a la plata de Madrid. Se estaba allanando el camino de la Gran Italia de los 90, con Ratko Rudić en el banquillo. El Settebello se convirtió en un mito cuando superó a la favorita y local España en la final de Barcelona 92, tras seis prórrogas.

Esa peleada victoria lograda por los Attolico, Porzio, Calcaterra o Campagna, por nombrar a algunas de sus estrellas, supuso el inicio de un logro aún mayor: el Grand Slam, pues a ella la siguieron la Copa del Mundo –la única que tiene Italia hasta el momento-, los Europeos de Sheffield, El Mundial en casa, en Roma seguido de un nuevo Europeo, en la cita que tuvo lugar en Viena.

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Los triunfos se frenan tras los Juegos de Atlanta, donde “solo” lograría un bronce. Una sucesión de decepciones culmina en Sidney con el fin de la “era Rudić”, cuando el seleccionador fue sancionado por un año dadas sus fuertes declaraciones contra el arbitraje que supuso el fin de los Juegos para Italia, en cuartos de final.

A raíz de la expulsión de Rudić el mítico exjugador azzurro Sandro Campagna toma las riendas del equipo. Él lograría devolver al Settebello  a sus mejores y más gloriosos momentos. Pero la guía de Campagna duraría poco: después de una plata europea y un cuarto puesto mundial toman su puesto hasta tres nuevos seleccionadores. Es sólo cuando Campagna retoma el mando de la selección cuando Italia vuelve a lograr triunfos. Dando la confianza a un grupo de jóvenes en 2010 (entre los que destacan Figlioli, Felugo, Gallo, Pérez y otros, junto con el veterano Tempesti en la portería) vuelven las medallas. Italia vuelve a ser respetada y temida como serio rival por el resto de potencias waterpolísticas. Se trata de un Settebello reconstruido tras los oscuros años 2000. Un combinado que recuerda la mejor Italia de los 90, aunque ahora la competencia es aún mayor, pues la antigua Yugoslavia ha dado a tres fortísimas selecciones (Croacia, Serbia y Montenegro), en lugar de una.

Ahora Italia consigue buenos resultados y presenta el que se ha denominado como el waterpolo más bello del mundo. Mérito en gran parte de Sandro Campagna, puntal de aquel mejor Settebello de los 90 y que ha sabido transmitir corazón en el juego. En la final del Mundial de Shangai de 2011, superando a la temible Serbia, los italianos desplegaron un juego de ciencia-ficción, una fuerza de conjunto que juega en equipo y para el equipo, con gran espíritu de sacrificio. Frente al imponente físico de las selecciones balcánicas, las más en auge en estos últimos años, Italia propone juego imprevisible, de fantasía, una amalgama de individualidades diferentes.

Será tarea harto difícil igualar los mejores momentos de la Italia de Rudić,  pero su pupilo Campagna ha devuelto al Settebello al lugar entre los grandes que nunca debió de abandonar.

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