LA “MAQUINA ROJA” SOBRE EL HIELO: IMPARABLE HOCKEY SOVIÉTICO

Si Estados Unidos parece el gran dominador del baloncesto, Brasil del voleyball, China del tenis de mesa, etc. hubo un período muy largo de años en los que la URSS era el gran dominador del hockey sobre hielo. Desde que se incorporó este vasto país en los Juegos de 1964 no paró de ganar el oro. Sus métodos de entrenamiento eran implacables: los jugadores internacionales tenían que vivir juntos durante once meses al año para conocerse a la perfección.

El padre de esa gran Unión Soviética del hockey podría decirse que fue Anatoli Tarasov, auténtico creador de su estilo de juego que lo hacía diferente del resto de países. Para él el jugador de hockey debía tener la sabiduría de un ajedrecista y el ritmo de un músico. Esta analogía musical no es exclusiva del entrenador leyenda, pues a su equipo se le denominaba “ballet sobre hielo”. Tarasov era todo un personaje, imprevisible, exuberante. Amado y odiado por sus pupilos en la misma medida. Para él era fundamental que los jugadores llegaran a sentirse sin mirarse ni decirse nada. Se le llamaba el “geómetra de la pista” por sus estrategias.

Ese estilo y esa avalancha de éxitos hicieron que el equipo de hockey soviético fuera admirado en todo el mundo, casi tanto como lo era en su propio país, en que los jugadores eran tratados como héroes al mismo nivel que los cosmonautas. El equipo de hockey soviético pasó a ser más que un equipo exitoso: eran ya el orgullo de un país en plena guerra fría.

A Tarasov le sucedió otro gran entrenador, Viktor Tijonov –éste sí definitivamente odiado por todos-. Las victorias y los oros se sucedían y los jugadores estrella como Vladislav Tretiak, Boris Mijailov o Valeri Jarlamov, por citar sólo a tres, dejaban las calles del país vacías cuando jugaban.

Sus épicas victorias en la década de los 70 contra la potencia que siempre ha sido Canadá no supusieron más que más galones que ponerse en el pecho. La épica de estos encuentros ha llegado a convertirse en un filme presentado el año pasado en el Festival de Cannes (“Ejército Rojo”, dirigido por Gabe Polsky) para que las nuevas generaciones conocieran a esa máquina de hacer hockey que fue la URSS desde los 50 hasta casi la desaparición del país.

Centrándose en la figura del jugador Valeri Jarlamov, hijo de vasca y con una débil salud de niño que le impedía progresar en cualquier deporte (tenía una constitución demasiado pequeña y delgada, además de un defecto en el corazón), lo que impedía pensar que el pequeño Valeri llegara a convertirse en una estrella de un deporte tan exigente en lo físico.

Los jugadores de hockey soviético podían ser los mejores del mundo pero desde luego no cobraban el sueldo de sus colegas extranjeros. Tuvieron que esperar años –y alguno lo hizo ya muy veterano, como Sergei Priajin- para poder recibir el permiso de jugar en la liga profesional americana NHL. Viacheslav Fetisov -otra legendaria figura- abrió el camino al resto en 1989; eso sí, después de esperar un año de sanción. Tras él lo harían otros muchos, como la estrella Sergei Makarov.

Ello tras el período de gloria del hockey soviético, que consiguió 22 campeonatos del mundo, ¡ocho! oros olímpicos y, lo que es mejor, un estilo y finura exclusivos de este equipo, parte del alma rusa en realidad. Pero no siempre saborearon la gloria olímpica…aunque de eso trataré en otra ocasión.

Foto de www.culturabolchebique.com

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