EL EMBROLLO DEL ESTADIO OLÍMPICO DE TOKIO 2020

Está claro que en una candidatura olímpica pesan sobremanera las infraestructuras que se presentan, para bien y para mal. Para mal si no hay casi nada construido (véase el caso de Estambul) y para bien si nos presentan unas futuristas instalaciones de última generación, atractivo plástico y que darán lugar a inversiones. En ocasiones eso sale bien y en otras mal (léase casos de Londres y Río, candidaturas que se hicieron “sobre plano”). En la última elección de ciudad sede de unos Juegos pesó más que nunca. Al parecer Madrid perdió por tener tantas instalaciones construidas de tal manera que la inversión sería escasa, mientras que Tokio ganó en gran parte por la magnificencia de, sobre todo, su proyecto estrella de un nuevo estadio olímpico.

Pues bien, dicho proyecto se está yendo al garete y no solo por cuestiones económicas, como pudiéramos temer. El ultramoderno y, permitidme lo trivial del término pero no se me ocurre otro que lo describa mejor, alucinante estadio ya no nos alucinará tanto. La organización de los Juegos ya ha anunciado que se realizará, pero en una menor escala.

Su altura, metros cuadrados, capacidad y presupuesto serán mermados (en algunos casos hasta en un 50%). Tanto, que se comenta que la autora de su diseño, la arquitecta británica Zada Hadid (responsable también de otro recinto olímpico que sufrió cambios, el centro acuático de Londres 2012) “no reconocerá su diseño. Es una especie de mala imitación. Zada Hadid no va a estar nada contenta con el resultado final”, declaraba el arquitecto japonés Edward Suzuki.

El proyecto ha estado envuelto de polémica desde que se dio a conocer, en noviembre de 2012. El respetuoso pueblo nipón inició sendas campañas de firmas, en algunos casos avaladas por prestigiosos arquitectos locales, quejándose de la grandiosidad del futuro estadio. El principal problema radicaba en su ubicación, en medio de un parque cerca del sagrado templo Meiji Jingu Gaien, parque donde florecen árboles de ginkgo. Surgieron preocupaciones medioambientales. Se tachó al proyecto de “demasiado grande y caro”, al proceso de su elección de “no democrático” y, en general de estar “más allá del sentido común” en su aspecto económico, con “riesgo de hipotecar a generaciones futuras”. El daño potencial en su entorno medioambiental fue la puntilla. Para mas inri, no sería accesible en los Juegos Paralímpicos por su barrera de árboles.

Sin entrar en engorrosas cifras hay que decir que, tras deliberaciones y probablemente sensibilizados por los miles de firmas obtenidos, se ha accedido a minimizar el proyecto. Lo cual no resuelve el problema y nos lleva a pensar: ¿es lícito que una candidatura gane por un proyecto con la promesa de llevarlo a cabo para luego echarse atrás? ¿Le habrían concedido a Tokio los Juegos de haber presentado el proyecto que se llevará finalmente a cabo? Lo que está claro es que ya podemos decir sayonara al fastuoso proyecto inicial que hizo ganar muchos enteros a la candidatura de Tokio 2020.

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