EL MEDIOFONDISTA POLACO ADAM KSZCZOT: “AÚN NO SE HAN HECHO SERIOS MOVIMIENTOS PARA ERRADICAR EL DOPAJE EN EL ATLETISMO”

Adam Kszczot es heredero de la tradición polaca en atletismo, que tan pronto da al mundo campeones en marcha como en lanzamientos, pasando por la media distancia de la que precisamente Kszczot es especialista –en concreto de la carrera de los 800 metros-. Habiendo despuntado en los grandes torneos internacionales junior, se esperaba mucho de él ya en los Juegos de Londres 2012, pero la final se le escapó por un pelo. En el siguiente ciclo olímpico los resultados fueron llegando, sobre todo a nivel europeo y de pista cubierta, aunque en las últimas dos ediciones de los Mundiales al aire libre el mediofondista polaco ya dio la campanada, con sendas platas en Pekín 2015 y la recientísima de Londres 2017. Por ello también extraña que su paso por los Juegos de Río volviera a ser decepcionante, de nuevo escapándosele un puesto en la final. Como él mismo contó en exclusiva a Rincón OlímpicoNunca puedes saber qué ocurrirá en carreras como las de 800 metros, mi especialidad. Ocurre muy a menudo que gente que lleva muy buena temporada e incluso consigue medallas en Mundiales y Europeos se quedan fuera de la final olímpica. La carrera de los 800 m. es una distancia en la cual es muy difícil repetir el éxito pasado”. No escurre la autocrítica el atleta europeo, que reconoce haberse decepcionado él mismo de sus actuaciones olímpicas: “Es difícil expresar mi sensación de mis resultados personales en Londres. En Río yo fui a luchar por las medallas, pero me quedé fuera de la final, así que puedo decir que los dos resultados en sendos Juegos resultaron decepcionantes para mí, pero así es el atletismo”.

Aun con todo, Adam Kszczot se declara muy feliz de su paso olímpico en dos experiencias que califica de totalmente diferenciadas una de la otra: “Son dos ciudades muy diferentes (Londres y Río). En mis primeros Juegos estuve realmente muy nervioso. Era entonces un joven que trataba de “existir” en el mundo del atletismo. Por otra parte en Río ya tenía mucha más experiencia; ya era medallista en Mundiales, así que fue otra cosa. Me sentía seguro de mí mismo y traté de hacerlo lo mejor que pude”. También las diferencia desde el punto de vista organizativo: “En cuanto se refiere a la organización los dos Juegos fueron totalmente diferentes. Es como visitar, por ejemplo, digamos Gran Bretaña y España: dos culturas y sitios tan distintos y asimismo gentes muy distintas, así que son muy difíciles de comparar”. Destaca Kszczot de Río 2016 el semi caos organizativo que al menos él sí que padeció: “la organización no fue de las mejores, tengo que reconocer porque, por ejemplo, en la víspera de la carrera desconocíamos cómo serían las cámaras de llamada. Recuerdo que no sé si el día de las semis o de las baterías estuvimos pidiendo durante una hora el horario del orden de llamada, ya en el estadio, y no nos lo decían durante toda esa hora. Eso no es propio de una buena organización. Es más bien lo que ocurre en una reunión pequeña a nivel nacional. Era una situación confusa, que ocurrió principalmente en los primeros días”.

Adam Kszczot en los Juegos de Río 2016

Para Río, como decimos, se esperaba no solo que fuera finalista, sino que subiera al podio. Todo hacía prever ello, entre otras cosas porque, según nos confesó “para mí en Río era mucho mejor atleta porque no estaba tan nervioso. No traté de forzarme a todo coste. Ya sabía que era capaz de luchar por un buen resultado, por eso fue una experiencia bien distinta. En tus segundos Juegos Olímpicos ya sabes dónde están los “puntos de estrés” y, de esta manera, te puedes centrar en las partes más duras, más difíciles. En tu primera experiencia olímpica estás estresado por todo, esa en la mayor diferencia”.

Con medallas en todas las competiciones del mayor nivel pero ninguna en Juegos Olímpicos Adam Kszczot, nacido en 1989, se pone la cita de Tokio 2020 como nuevo reto y tiene una teoría sobre la longevidad de los atletas:“Actualmente hay una tendencia de atletas que llegan a su mejor momento de forma más mayores. Antes no podías ni imaginarte que un atleta corriera al mejor nivel internacional cinco, seis, siete años seguidos, pero ahora eso ya es una realidad y te encuentras con atletas de entre 35 e incluso 39 años que están mejorando sus marcas personales, sin tener que entrenarse como locos como se hacía anteriormente y, sin embargo, están entre los mejores del mundo. Así que espero que sea mi caso (ríe)”.

Este atleta, que le quitó el récord nacional –que ya duraba una década- a su ídolo Pawel Czapiewski (primer polaco en lograr una medalla mundial en 800 metros) y que él define como “un tipo capaz de hacer las cosas más extrañas en una carrera: tan pronto era el último a los 700 m como que adelantaba y acababa primero” nos explicó a qué se deben los éxitos del atletismo polaco: “En Polonia tenemos buena tradición en el atletismo porque tenemos muy buenos entrenadores nacionales. Prácticamente todos nuestros entrenadores son locales. Ellos han empezado a extender sus conocimientos, lo que ayuda a entrenadores más jóvenes, así que supongo que pronto llegarán nuevos y jóvenes buenos entrenadores”.

Finalizamos la charla con el mediofondista polaco tocando un tema peliagudo: el dopaje en su deporte y en esto Kszczot tiene una postura clara: “Mientras no se hagan serios movimientos para erradicar el dopaje es simplemente una pérdida de tiempo hablar del tema. La Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y la Federación ya sabían que muchos atletas eran sospechosos. En 2013, creo, ya publicaron el dato del porcentaje, por distancias, de atletas con resultados sospechosos y no es normal que saliera un porcentaje muy alto. Si la IAAF no escucha los resultados de los tests y las recomendaciones de la AMA es inútil para nosotros, los atletas”.

Nos quedamos con ganas ya de ver la actuación de Adam Kszczot en la próxima cita olímpica: será entonces o nunca. Su trayectoria merece auparle a un podio olímpico.

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MOMENTOS OLÍMPICOS MÁGICOS 37: EL DÍA EN QUE EL PÚBLICO CAMBIÓ UNA NOTA DE GIMNASIA EN UNA FINAL OLÍMPICA

El momento olímpico del que hablamos en el artículo de hoy, además de insólito e inaudito, tiene dos caras de una misma moneda: escándalo de una parte y ejemplo plausible de deportividad. Los protagonistas de cada una de las caras son los jueces encargados de la final de barra fija de los Juegos de Atenas 2004 y Alexei Nemov, gimnasta ruso en los últimos momentos de su brillante carrera.

Nemov, que se había ganado desde el inicio el cariño del público -de todos los públicos fueran del país que fueran- gracias a su simpatía natural, fue uno de los mejores gimnastas de la historia. Para cuando protagonizó el episodio que narraremos ya se había colgado al cuello la friolera de doce medallas olímpicas, cuatro de ellas de oro, dos platas y seis bronces, repartidas entre las ediciones de Atlanta 96 y Sidney 2000. A Atenas 2004 acudió ya en el declive de su carrera, pero capaz aún de realizar ejercicios dignos, cuanto menos, de hacerle regresar al podio. O eso al menos es lo que apreció el público heleno que llenaba el Pabellón Olímpico ateniense.

En realidad, lo que ocurrió durante la final en el aparato de barra fija hizo de Nemov la enésima víctima de los gravísimos errores de los jueces presentes en dichos Juegos. Una gota que colmaba un vaso que ya estaba a punto de sobrepasarse. La injusticia cometida sobre el ruso vino a sumarse al descarado error que había concedido previamente el oro al estadounidense Paul Hamm en el concurso individual (y que la propia Federación Internacional de Gimnasia reconoció pero no reasignó), así como el oro no otorgado a la rusa Svetlana Khorkina. Se realizaron muchas reclamaciones en esos Juegos, en forma de declaraciones públicas de los propios gimnastas o de oficiales por parte de sus federaciones nacionales, pero ninguna llegó a buen término. Sin embargo, el enésimo grave error cometido sobre Nemov sí iba a tener consecuencias, aunque desgraciadamente para su protagonistas, no inmediatas sobre él, sino en el futuro.

Alexei Nemov realizó un ejercicio casi perfecto, puntuado sin embargo excesivamente bajo según muchos y, sobre todo, el público. Toda la grada abucheó con vehemencia mediterránea la puntuación de los jueces. No hizo falta que fueran espoleados ni por el propio gimnasta ni por el equipo ruso, aunque alguno de sus componentes animaba al respetable. La pitada fue sonora como nunca y puede que batiera la duración en cuanto a finales olímpicas se refiere, pues el público griego –y de otras nacionalidades presentes, ya que pitaban todos a una- contestó ruidosamente la nota durante seis minutos. Tanto es así, que el siguiente gimnasta en salir –paradójicamente Paul Hamm- no podía iniciar su ejercicio. Nemov, abrumado, reaccionó de una forma de lo más deportiva. Tras el asombro inicial tuvo que sentarse en una silla, cabizbajo, debatiéndose seguramente entre la sensación de injusticia cometida contra él con la de agradecimiento al público.

Los jueces, en todo ese intervalo, no sabían muy bien cómo reaccionar. Hubo mucho movimiento entre ellos. Algo había que hacer para calmar el ambiente. La medida que tomaron fue inútil: le subieron la nota, sí, pero esas décimas (de 9.725 a 9.762) eran del todo insuficientes incluso para alcanzar el bronce. Simplemente subió dos puestos (acabaría en el quinto lugar), así que el público volvió a arreciar en sus sonoras protestas un par de minutos más. Solo gracias al propio perjudicado en este asunto, Nemov, Hamm pudo por fin salir. El ruso aplaudió al público a modo de gracias y le pidió que se calmara y acabara con la protesta. Ese gesto le honró como deportista y campeón olímpico. Ante todo respeto al rival.

Lo que siguió fue una continuación de desatinos, pues a Paul Hamm, que no clavó la salida, los jueces dieron una nota excesiva de 9.812 que, como era de esperar, fue protestada ruidosamente. Asimismo al surcoreano Yang otorgaron una nota que favorecía a Paul Hamm. Menos mal que al final el oro fue a parar, en justicia, al italiano Igor Cassina, lo que calmó al público y minimizó en parte el tremendo bochorno realizado por los jueces. Pero Nemov se quedó sin medalla, eso es cierto. Nunca llegó a criticar -al menos en público- a los jueces. Sí estará agradecido de por vida al cariño mostrado por el público en aquella célebre ocasión. De algo vale al menos saber que a partir de entonces, por culpa de este escándalo, se cambió el sistema de puntuación, válido desde 2006.

Nemov pidiendo calma al público

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MASCOTAS OLÍMPICAS: ÉXITOS Y FRACASOS

Las mascotas olímpicas no se sabe si sirven como embajadoras de la edición en cuestión, para aportar dividendos con la venta de sus productos de merchandising, para identificar unos Juegos particulares o para animar al público durante la competición. Sea como sea a veces han generado rechazo, otras –las menos- han sido acogidas con cariño. Unas son de lo más tradicionales, otras, de lo más rompedoras. Todas contienen en su imagen elementos olímpicos representativos, como los colores olímpicos, los aros olímpicos –presentes en casi todas- o también y muy frecuentemente, son representaciones de algún aspecto muy intrínseco del país. En ocasiones solo hay una mascota, en otras van en pareja –como en Atenas 2004, los hermanos Atenea y Febo, derivados de dioses de la Antigua Grecia y con forma extraña de cono- y ya el colmo es ir en grupo –en Pekín 2008 llegaron a ser cinco, todas ellas representando a cuatro animales típicos del país más uno que representaba a la llama olímpica-. Desde hace algunos años también los Juegos Paralímpicos tienen su mascota propia, íntimamente relacionada con la de sus hermanos Juegos Olímpicos.

Aunque parezca que siempre han estado así, no fue hasta los Juegos de Invierno de Grenoble 64 cuando apareció la primera mascota, en su caso una especie de esquiador. Las mascotas a veces son fácilmente reconocibles; otras, como en el caso de Atlanta 96, son tan extrañas que se la llegó a llamar Whatizit (=¿qué es eso?) Denominada posteriormente Izzy, sufrió numerosos cambios ante las múltiples críticas y hubo de ser rediseñada en parte.

Si Izzy es el ejemplo de fracaso (nunca fue querida por el público) en las antípodas se encuentra Misha, osito que representó a los ya algo lejanos Juegos de Moscú 80. Pese a su clasicismo a ultranza Misha ha superado todos los años que le separan de los Juegos de Moscú y sigue siendo reconocido y, sobre todo, recordado, además de querido. Quizá ayudara a cogerle cariño la serie de dibujos animados que se realizó en su día y que le dio a conocer en todo el mundo. Puede que Misha haya sido la mascota olímpica más presente en el resto de países –aparte del organizador-. Este amistoso y simpático oso se hizo tan popular que llegó a viajar al espacio acompañando a dos cosmonautas.

En el otro extremo, en cuanto a popularidad se refiere, se encuentran otros de ediciones olímpicas incluso muy posteriores porque ¿alguien recuerda al ornitorrinco Syd, el puercoespín Millie o el kookaburra Olly–ave típico de Australia- de Sidney 2000? Por el contrario, otra mascota que perdura en el imaginario colectivo, y contra todo pronóstico, es Cobi. Por cierto, un inciso: las mascotas olímpicas en muchas ocasiones cogen su nombre de la ciudad en la que se celebran los Juegos o en algo de ellas. Así tenemos a Syd por Sidney y Millie por el Millenium Park donde se celebraban pruebas, mientras que Cobi adoptó su nombre por el COOB (Comité Olímpico Organizador de Barcelona 92). Nadie puede negar que Cobi fue de lo más innovador y nunca visto hasta entonces en cuanto a mascotas olímpicas se refiere: de diseño cubista, plano, con ciertas dudas incluso sobre qué animal era. A priori tenía todas las papeletas para resultar un fracaso, sin embargo a día de hoy es la mascota olímpica que más productos ha vendido. Y eso pese a su mal comienzo: como pasa con todas las mascotas, Cobi fue presentado en la ceremonia de clausura de los Juegos anteriores. En su caso apareció a modo de figura hinchable gigantesca…y desnuda. Un horror para Javier Mariscal, su creador. Mariscal lo concibió siempre vestido. De hecho, había un Cobi para cada deporte olímpico, vestido ad hoc. El hecho constatable es que Cobi no ha caído en el olvido, cosa que sí ocurrió con otras mascotas.

Hay que destacar que ha habido casos de interactuación entre mascotas de ediciones muy lejanas. Estamos hablando de la habida entre el ya citado Misha y una de las de Sochi 2014: el Oso Polar. Los dos son osos y los dos representantes de Juegos celebrados en el mismo país. Con 34 años de diferencia el Oso Polar de Sochi quiso hace un guiño a su antecesor Misha, vertiendo una lágrima en la ceremonia de clausura, tal como Misha hizo en su momento.

El proceso de selección de una mascota olímpica puede ser de dos maneras: o concurso entre diseñadores profesionales o concurso abierto a todo el mundo. Es mucho más frecuente el primero, aunque la elección del nombre definitivo sí que es común que se haga por medio de una votación popular, generalmente entre niños.

Los orígenes de las mascotas son de lo más pintoresco, habiendo dos tendencias: o bien escoger a animales representativos del país (como, por citar alguno, el tigre surcoreano en Seúl 88 con el nombre de Hodori) o conceptos más abstractos, como en el caso de Londres 2012. Wenlock, su mascota, debe su nombre en la Sociedad Olímpica Wenlock que albergara los Wenlock Games en el siglo XIX que inspiraron a Pierre de Coubertin. Se supone que la mascota representa las últimas gotas de acero sobrante de la construcción del Estadio Olímpico. Su diseño se completa con más símbolos olímpicos: cinco brazaletes representando los cinco colores olímpicos; en su cabeza se representa el podio y, finalmente, las líneas de su cuerpo que convergen en el logo central simbolizan todos los caminos que llevan a Londres 2012. Un último detalle: su frente simboliza en su forma el techo del estadio olímpico.

Podríamos hablar y hablar de cada una de las mascotas: su simbología y orígenes, su éxito y su fracaso. Aquí hemos querido mencionar a las más recordadas…o a los fracasos más cantados.

Las mascotas de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Londres 2012: Wenlock y Mandeville

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ORLANDO ORTEGA: “ME HIZO ESPECIAL ILUSIÓN DAR UNA MEDALLA A ESPAÑA”

Orlando Ortega es otro de esos atletas cubanos que ha proporcionado gloria olímpica a España. En su caso fue en los Juegos de Río 2016 en la prueba de 110 metros vallas, una plata que, como reconoció el propio atleta a Rincón Olímpico, compensa los duros años previos: “Creo que fue en parte un premio a tanto sacrificio. Gracias a dios siempre tuve fe en que podría hacerlo. Haber logrado ese resultado me hace estar muy contento”. El sacrificio al que se refiere, amén del lógico debido a duros entrenamientos físicos, se debe a su proceso de nacionalización española. La primera vez que pudo competir defendiendo los colores españoles fue precisamente en unos Juegos Olímpicos, donde además consiguió medalla. Doble recompensa al esfuerzo: el propio y el de su nuevo país. Una manera inmejorable de estrenarse que el atleta ex cubano no piensa dejar en esa plata: “Me hizo especial ilusión dar una medalla a España. Era lo que más tenía en la cabeza: darle un buen resultado a España. Llegué aquí con ese objetivo, con esa ilusión. Pero creo que eso no va a quedar ahí, van a seguir llegando muchos resultados para España. Intentaremos darle un poco más cada día”.

Orlando Ortega está como loco queriendo proporcionar más medallas a España, casi tan motivado como cuando, finalizada la final olímpica de Río, fue a buscar como un poseso la bandera española, rechazando incluso una cubana que alguien le presentó: “Estaba como loco buscando la bandera española, la verdad, hasta que apareció, gracias a dios. Ese recorrido no podía faltar. Yo estoy muy orgulloso de estar aquí en España, muy orgulloso de todo lo que España me ha brindado, sobre todo la tranquilidad. Van a seguir llegando resultados como ese”. Se nota que Ortega tiene madera de campeón, pues no le falta la ambición típica de los grandes campeones, siempre ávidos de conseguir más: “Con la plata de Río aún no he cumplido mi sueño, para nada. Eso es un granito más de la comida que estoy haciendo”, aunque añade: “la plata de Río ha sido una plata muy soñada, el estar ahí en una final olímpica y más allá de eso, el resultado de una medalla olímpica. Estoy muy contento, feliz y orgulloso por ello. Sabía que podía tener un buen resultado. Simplemente me concentré en llegar a la final y hacerlo todo”.

Foro de Reuters

El vallista, que ya fue olímpico –por Cuba- en Londres 2012, muestra una gran capacidad para aprender de las peores situaciones que ha vivido y las transforma en algo positivo: “Mis años previos [a la medalla de Río] no creo que hayan sido años malos, simplemente son percances y circunstancias de la vida con los que tenemos que enfrentarnos”. De igual manera aprendió de su primera experiencia olímpica, que no fue todo lo positiva que esperaba: “Competí con 20 años y estuve en la final, cosa que no me esperaba. Súper feliz de mi experiencia en esos Juegos. Los viví igual de emocionado y orgulloso. Tengo buenos recuerdos de esos Juegos, aunque solo de la final, porque estuve dos veces malo antes. Tenemos aún una espinita clavada con Londres, queremos mejorar eso. La experiencia en Londres me sirvió mucho para Río, para que llegara allí con más seguridad y tranquilidad. Sabía muy bien lo que quería en Río y ese punto de experiencia que me faltaba en Londres ya lo tenía en Río”.

El nacido en Artemisa nos cuenta al detalle cómo vivió desde dentro su final de Río: “En Río estaba muy presionado en la semifinal. El principio de la carrera me costó mucho. Gané mi semifinal y cuando fui a hablar con mi padre, mi entrenador, me preguntó si me pasaba algo, que estaba corriendo muy presionado y me dijo que me relajara y me soltara y disfrutara y me dije que la final era, efectivamente, para vivirla y disfrutarla. Lo malo había pasado ya. La disfruté mucho, mucho, mucho, la verdad”. Porque en su anterior experiencia olímpica de Londres 2012 lo pasó incluso peor en cuanto a presión se refiere, tal y como nos contó: “En Londres el que era mi entrenador entonces me decía que tenía que ganar mi eliminatoria obligado. La pasé y llegaron las semifinales. Me dijo lo mismo: “Para llegar a la final tienes que ganar las semifinales, sí o sí”. Tenía veinte añitos y yo decía dentro de mí: “¿Cuándo será que voy a respirar?”. Sabía que tenía que llegar o primero o segundo, una de dos. Llegué segundo y llego a la zona de calentamiento, veo a mi entrenador y le digo: “Ya cumplí con mi objetivo. Ya no más presión” y me dijo “Ya lograste tu objetivo. Ahora a disfrutarlo” y sentí que iba a la final con una presión que me había quitado de encima y, en efecto, esa final la disfruté, aunque no fue muy buena la disfruté mucho”. Toda esa experiencia le sirvió de cara a Río. Tenía que pasar por el trámite de una primera experiencia olímpica y la presión que conlleva para llegar al ansiado podio olímpico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MIRIAM BLASCO: LA PIONERA DE LAS CAMPEONAS OLÍMPICAS ESPAÑOLAS

Estos días – en concreto el 31 de julio- se celebra otro aniversario histórico, al menos para el deporte español. En medio de la vorágine de celebraciones y aniversarios que se están realizando con motivo de los 25 años de los Juegos de Barcelona 92 destaca un hito, el de una pionera del deporte: la judoca Miriam Blasco. Ella ostenta el honor de haber sido la primera mujer deportista española en ganar un oro olímpico. Bien es cierto que el calendario la favoreció, porque en cuestión de días, incluso horas, otras compañeras suyas pudieron haber tenido ese honor. Pero fue la vallisoletana en producir la primera presea dorada del deporte femenino olímpico español. Y, muy probablemente, la primera en haber dado el pistoletazo de salida a un fenómeno que es ya imparable: el auge del deporte femenino de alta competición, que en España supera ya en éxitos al masculino. Una carrera que costó, que fue lenta, de largo recorrido, pero que ahora está esprintando y cogiendo ventaja a sus compañeros masculinos.

Miriam Blasco, por lo demás, ha tenido una vida apasionante, aunque la discreción haya sido su modus operandi. A punto estuvo de perderse los que iban a ser los Juegos Olímpicos que le proporcionaran su mayor éxito deportivo. Su primera medalla de prestigio la ganaría en 1988 en el Europeo de Pamplona, consiguiendo una plata en aquella ocasión, pero sería el oro del Mundial de Barcelona el año anterior a los Juegos el que aumentaría su valor y méritos deportivos. Paradójicamente, ese oro casi le impide ir a Barcelona 92, aunque no por deméritos deportivos.

El oro del Mundial consintió a Blasco permitirse el dispendio de comprar una moto a su entonces marido. Pero un día, un maldito día, el entrenador de la judoca, Sergio Cardell, tomó prestada la moto, sufriendo un accidente que acabó con su vida. El mazazo fue tal que la atleta se planteó muy seriamente no acudir a la cita olímpica, tan destrozada emocionalmente se sentía. Un peso caía sobre ella, que aún pende: el sentirse “culpable” indirectamente y muy entrecomillado porque su oro mundial fue el que permitió la compra de la moto. Afortunadamente, Miriam se lo pensó bien y acudió a los Juegos.

A su entrenador Sergio pudo dedicar la victoria más grande que podía realizar. En él estuvo pensando todo el día de la competición olímpica. Quién sabe si, psicológicamente, ese pensamiento la ayudó para conseguir el oro. Podría haberse hundido, pero antes al contrario, su mente la relanzó hacia lo más alto. El llanto tras el oro llevaba una carga muy importante detrás. Su primera palabra tras lograrlo fue “Sergio” y esa misma palabra, ese nombre del hombre que había llevado en gran medido a Blasco hasta la gloria olímpica, fue la que coreó todo el pabellón. Momento de esos emotivos que ponen los pelos de punta.

El oro de Barcelona cambió la vida de Miriam Blasco. Fue seleccionadora nacional y, asimismo, se convirtió en entrenadora de grandes campeonas, como otro oro olímpico como fue Isabel Fernández o la medallista de bronce en Atlanta 96 Yolanda Soler. Como Isabel Fernández, Blasco también se dedicó a la política, siendo senadora por Alicante –ciudad en la que vive y regenta un gimnasio- por el PP.

Pese a sus méritos y éxitos deportivos, Miriam Blasco ha llevado todos estos años, desde que se retirara a mediados de los 90, una vida discreta…hasta que ahora, estos días en que se celebra el 25º aniversario de su histórica medalla, haya saltado a todas las páginas de prensa, deportiva o no, por dar a conocer un aspecto de su vida personal. La periodista María Escario dio el dato en un reportaje para Televisión Española: Blasco fue la protagonista de un hecho insólito y muy difícilmente repetible: haberse casado con su rival de la final olímpica. Es difícil que se vuelvan a dar tales circunstancias. En efecto, la británica Nicola Fairbrother y Miriam Blasco se casaron, intercambiando los metales en su ceremonia nupcial: Miriam portaría un anillo de plata y Nicola uno de oro. Los detalles de su conocimiento –más allá del tatami- y noviazgo los desconocemos y, la verdad, poco nos interesan. Lo que queríamos destacar es el mérito de Miriam Blasco con su oro, que, por sus circunstancias históricas (favorecido por la casualidad del calendario olímpico, si se quiere) fue algo más que un oro. Blasco se convirtió, desde ese momento de 1992, en la pionera de una lista que sigue abierta; la de los éxitos olímpicos femeninos españoles.

Foto de EFE

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LA NUEVA HORNADA DE “CLAVADISTAS” MEXICANOS, DE ENTRE LOS MEJORES DEL MUNDO

No poseen la pulcritud de la escuela china, la elegancia de la rusa o la exactitud de la alemana, pero la escuela mejicana de saltos de trampolín siempre da espectáculo. De entre todos sus clavadistas, como allí los llaman, hemos querido destacar a algunos de los mejores, íntimamente interrelacionados entre sí. Los saltadores de ese país nunca faltan en los podios de las grandes competiciones internacionales. A su gran tradición hay que sumar el salto de calidad logrado desde que una entrenadora procedente de China –Ma Jin- se hiciera cargo de ellos.

No podíamos dejar de mencionar en este recuerdo de los mejores saltadores olímpicos mejicanos a Paola Espinosa. Al fin y al cabo, la bajacaliforniana posee dos medallas olímpicas, ambas en la plataforma de 10 metros en la modalidad de saltos sincronizados. En Pekín –donde Paola tendría el honor de ser la abanderada de su país- consiguió el bronce junto a Tatiana Ortiz y en la siguiente cita olímpica, la de Londres 2012, la plata, esta vez acompañada de Alejandra Orozco. Además, en Pekín 2008 estuvo a punto de alcanzar también el podio en la categoría individual, siempre en la plataforma, ya que quedó en cuarto lugar, mientras que en los Juegos londinenses tampoco se quedó lejos, en este caso en un sexto lugar. Con su plata de Londres Espinosa se convirtió en la primera deportista de su país en ganar dos medallas en distintas ediciones de los Juegos.

Ya retirada, ha regalado a la afición mejicana además tres medallas en campeonatos mundiales y nada más y nada menos que trece (ocho de ellas de oro) en los Juegos Paramericanos.

Paola Espinosa con su plata de Londres 2012

Paola fue pareja durante casi una década de Rommel Pacheco, el otro gran saltador del que queríamos hablar. Aunque debutó en los Juegos de Atenas, al igual que Paola Espinosa, su trayectoria posterior le alejó de la brillantez de su compatriota. Pacheco, eso sí, ha competido en tres ediciones olímpicas, obteniendo su mejor lugar en la de Río de Janeiro, donde quedó en quinto lugar en los saltos sincronizados de 3 metros y en séptimo en la prueba individual de la misma altura, aunque Rommel también ha saltado en la prueba más típicamente mejicana: la de la plataforma de 10 metros. Aún en activo, puede que esté por llegar lo mejor de este trampolinista del que siempre se puede esperar lo máximo.

Como decíamos Espinosa y Pacheco formaron pareja sentimental durante muchos años. Algo muy normal entre deportistas que comparten horas y horas de competición, viajes y entrenamientos. La boda entre ambos no llegó a producirse, aunque sí llegó a haber serios planes de la misma y anillo de compromiso de por medio. Hasta que llegaron los Juegos de Río y, con ellos, se destapó algo que, por otra parte, se produce en la vida diaria de tantas y tantas parejas. Cuando acabaron sus competiciones olímpicas se publicaron en sus redes sociales particulares fotos más que esclarecedoras –más su correspondiente texto- de la relación sentimental entre Paola e Iván García, el tercer saltador mejicano en cuestión.

Rommel Pacheco. Foto de Clive Rose/Getty Image

Los que conocen a Rommel Pacheco declaran que la ruptura con Paola, el anuncio público de ésta de su nueva relación y el remate de su embarazo (en una relación rápida, donde todo sucedió de manera veloz) afectó tanto al saltador que hubo de recurrir a ayuda psicológica, además de bajar en su rendimiento deportivo, algo que alarmó a su propia Federación. ¿Y quién es Iván García? Ni más ni menos que un medallista olímpico que en Londres 2012 consiguiera la plata en los saltos sincronizados desde los 10 metros. Acudió también a los Juegos de Río, aunque allí sólo obtuviera un décimo puesto. Con solo 23 años, García promete mucho para dar alegrías al deporte de su país.

Rommel Pacheco fue, por cierto, protagonista de una de esas anécdotas de los Juegos de Río que no nos gusta contar. Durante la competición de saltos sincronizados, participando junto a Jahir Ocampo, la pareja mejicana perdió la concentración y no precisamente por causa propia. A punto de iniciar uno de sus saltos se encendió súbitamente un potente foco de luz, que los distrajo. Pidieron repetir el salto, pero los jueces no se lo permitieron. Décimas que volaron quién sabe si suficientes como para haberles ayudado a subir al podio.

Iván García con su medalla de Londres 2012

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ANTONIO REBOLLO, EL ARQUERO QUE INICIÓ LOS JUEGOS DE BARCELONA 92: “NUNCA TUVE MIEDO DE QUE ALGO FALLARA”

En la retina de los espectadores de la máxima competición deportiva mundial que son unos Juegos Olímpicos quedan momentos, muchos momentos, del deporte en sí. También se recuerdan en ocasiones instantes para la eternidad del tremendo show que suponen las ceremonias de inauguración, pero en Barcelona 92 como en ninguna otra cita olímpica se produjo un momento mágico, dentro de esa ceremonia de inauguración, que causó sensación en su día, imitación después, y admiración aún hoy: el originalísimo y arriesgado encendido del pebetero. Y para protagonizarlo se eligió a un paratleta de gran nivel. Tenía que serlo para confiar en él y cargar el peso de uno de los momentos más recordados de esos Juegos y de la historia olímpica. Todos sabemos su nombre, desconocido hasta ese mismo día, pese a que ya por aquel entonces había cosechado dos medallas en Juegos Paralímpicos (a las que habría que añadir otra lograda en esos Juegos de la capital catalana).

En el momento en que se publica esto se cumplen exactamente 25 años de aquel momento mágico, irrepetible, por mucho que lo hayan intentado copiar. Preferimos pensar que fue motivo de inspiración. Rincón Olímpico habló con el protagonista, Antonio Rebollo, arquero madrileño al que acudió la organización de Barcelona 92 meses antes del pistoletazo de salida de sus Juegos: Un año y pico antes de los Juegos me manifestaron en Madrid la posibilidad de hacer unas pruebas para esto. Tenía por entonces ya varias medallas paralímpicas, también medallas de absoluto porque yo pertenecía al equipo nacional de absoluto y al paralímpico, osea que hacía competiciones dobles. Todo eso de alguna manera tuvo que ver para ser elegido. Según me han manifestado ahora – que son cosas que me he ido enterando-, ya pensaron al ponerse en contacto con José Carlos Mallorquí (el presidente que teníamos entonces) pidiéndole que les contestara en un par de días y él, de acuerdo a los requerimientos de la organización de que fuera un arquero paralímpico, que fuera bueno, etc. dijo “Antonio Rebollo”. Aunque hubo otros arqueros del equipo, pero finalmente yo tuve la suerte de ser el elegido”.

Porque Antonio Rebollo era –como se demostró finalmente- la mejor elección. Eso pese a que hasta un par de horas antes de la ceremonia se llegó a dudar sobre si el madrileño tendría el honor de lanzar esa flecha o lo haría el campeón de Cataluña, Joan Bozzo, que llegó a entrenarse para el evento, pero no tanto tiempo como Rebollo: “Había un compañero que pusieron para hacer las pruebas seis meses antes por si me pasaba algo a mí. Él, lógicamente, no tenía ni la experiencia ni la práctica que tenía yo. Era un arquero de Cataluña, pero no era lo mismo. Yo no tuve nunca jamás fallos de ningún tipo y por eso, posiblemente, es por lo que me eligieran también”, nos contó el arquero. Y aprovecha para dejar claro un punto. “No hubo ni un fallo en los ensayos previos. Ni uno, nunca, jamás”.

Remontándonos meses antes del momento, Antonio Rebollo se puso a practicar entre semana en Madrid y los fines de semana, durante unos meses, en Montjuïc, teniendo que desplazarse por tanto a Barcelona durante ese tiempo, y eso que ni antes ni durante ni después el arquero recibió compensación económica alguna. Rebollo practicaba, pero sin conocer exactamente los detalles de su actuación, aunque tuvo que guardar silencio sobre sus actividad a todo el mundo: “Durante todo ese tiempo no pude decir nada de nada a nadie, pero fue algo sabido porque durante un año y medio yendo a hacer prácticas a Montjuïc, se juntaban los autocares para ver a un loco tirando flechas allí arriba. Era un secreto a voces”. Un secreto a voces que “un loco”, como le gusta denominarse, se pasaba los fines de semana allí tirando flechas, pero sin saber bien cómo sería su misión. Lo curioso es que se enteró por la Prensa, informada antes que el propio protagonista sobre todos los detalles: “Los detalles de cómo iba a ser yo los conocí cuando “El Periódico” de Barcelona sacó un artículo a página completa donde había un dibujo y ahí se especificaba todo, todo: el estadio, dónde estaba el arquero…Ese artículo salió un par de meses antes de la inauguración. Hasta entonces yo no tenía ni idea de los detalles”.

Mucho se ha hablado sobre si en realidad fue un truco, un efecto visual. Rebollo habría lanzado una flecha en llamas sí, pero sin tener por qué acertar en el centro del pebetero. El arquero niega que haya truco, aunque fundamental sería la labor del encargado en encender el gas del pebetero, sobre el cual volaría la flecha en llamas lanzada por Rebollo que, para evitar peligros mayores, estaba previsto que volara por encima hasta acabar en la calle, detrás del estadio. Pero realizar eso también era complicado y arriesgado. Muchas, muchísimas cosas podían fallar y, de esta manera, iniciarse unos Juegos Olímpicos siendo el hazmerreír de todo el mundo. Pero la sangre fría de Rebollo ayudaría a que todo saliera a la perfección: “Nunca tuve miedo de que algo fallara. Una vez terminado, que ya sabes que lo que has hecho es lo que tenías que hacer, no tenías dudas. No tuve nervios antes del hecho. Si ya me empiezo a poner nervioso y a ponerme peros antes de, no hubiera salido bien. Hasta que no lo hice no lo supe, pero una vez que lo haces sabes que todo ha llegado a su fin por seguir el procedimiento que estábamos teniendo”. Bien pudo ayudar a que todo saliera bien la incuestionable ayuda del propio arquero, con sus conocimientos técnicos, para calibrar un arco y una flecha que iba a ser disparada a una distancia inusual. Durante esos meses, Antonio Rebollo le daba consejos técnicos al constructor de las herramientas.

Es indudable que el nombre de Antonio Rebollo irá eternamente unido al de Barcelona 92, aunque al arquero le pese que no se le hayan valorado en su justa medida sus méritos deportivos en varias ediciones de Juegos Paralímpicos: “Le debo a Barcelona 92 en sí el hecho de que hoy en día se me siga conociendo. También me hubiera gustado que me recordaran un poco por mis éxitos deportivos. He estado en cuatro Juegos Paralímpicos. Indudablemente Barcelona 92 es algo que se sigue recordando. Una vez que tiré la flecha ya nadie se acordaba de que había tenido medallas”. Será algo que le acompañará el resto de su vida. Se convirtió en uno de los héroes de esos Juegos, en una figura tan recordada como los Fermín Cacho, el Dream Team, etc. Y todo porque a alguien ingenioso se le ocurrió esa curiosa e insólita forma de encender el pebetero olímpico. Como reconoce el arquero madrileño “al que se le ocurrió lo de la flecha se la jugó pero bien, poner en manos de un loco un arco y una flecha y que hiciera pasar aquello”.

 

 

 

 

 

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CATERINE IBARGÜEN: “EN RÍO 2016 MIS CONDICIONES ESTABAN PARA ASPIRAR AL ORO O AL ORO”

No sé si a usted, lector, le hacen especial ilusión las medallas olímpicas de ciertos deportistas –al margen de las logradas por compatriotas, claro está-. Están la de los ídolos de siempre, sean del país que sean. Suelen ser poderosos deportistas con un gran palmarés y, en muchas ocasiones, una potencia deportiva detrás que les apoya. Y luego están otros, de países modestos o con poca infraestructura y/o tradición en ese deporte pero que, dentro de su humildad, igualan o superan a las grandes potencias. Ese es el caso de la entrevistada de hoy y que a mí me hace especial ilusión por tratarse de un país con escasas medallas olímpicas. Más razón para celebrar las suyas, las de la atleta colombiana Caterine Ibargüen. Además, quizás por esa escasez de medallas nacionales, parece como si Ibargüen saltara más por su país que por ella misma y así lo confesó a Rincón Olímpico en esta entrevista en exclusiva: Gracias a dios he tenido buenos resultados, para mí personalmente y para mi país. Se siembra [en Colombia] un camino con mis medallas, se motiva a la gente, se da el mensaje a los otros atletas que sí se puede, se puede conseguir éxito, se puede soñar y que a pesar de ser un país pequeño en resultados de esta magnitud si se trabaja, se consiguen”.

Con condiciones físicas innatas, Caterine empezó en el voleibol “un deporte de conjunto que me encanta, pero luego me incliné más por el atletismo por la particularidad de ser un deporte individual. Estoy muy contenta y orgullosa de haber escogido bien por ser el “deporte rey”. Dentro del atletismo tampoco se quedó quieta la colombiana, pues llegó a probar los tres saltos, debutando en unos Juegos Olímpicos –los de Atenas- con el de altura: “Hice un proceso de varias pruebas: fui velocista cuando era infantil, después me especialicé en el salto de altura, de longitud y finalmente en el salto triple. Estoy muy, muy, muy contenta de haberme quedado con el triple porque la verdad es que es una especialidad muy linda”.

Tras debutar en Atenas 2004, con escaso éxito, se dice que el disgusto de no poder clasificarse para los Juegos de Pekín 2008 –siempre en salto de altura- casi le causan una temprana retirada: “Son fracasos que se tienen durante una carrera. Hay altos y bajos y uno de esos fue la no clasificación a lo que más anhelaba, que eran las Olimpiadas del siglo, como se decía, que iban a hacer historia. Entonces tenía mucha motivación para ir a Pekín. No se dio pero gracias a eso se hizo una gran transformación en mi vida. Las cosas malas en sí a veces no son tan malas; tienes que aprovechar los malos momentos y sacar de ellos lo mejor. Gracias a eso cambié de prueba al salto triple y pude estar cómodamente en las siguientes Olimpiadas”.

Aprendió del fracaso Caterine Ibargüen y de él sacó lo mejor de sí: el convencimiento de que el salto triple iba a ser su prueba definitiva, cuya técnica sigue tratando de perfeccionar día a día. Tanto es así, que tras una errática trayectoria olímpica antes de pasarse al triple la gloria le llega con este técnico salto –no es que no lo sean los otros- a partir de Londres 2012, donde consiguiera una brillante plata: “Con mi medalla en Londres se hace historia para mi país, en una medalla de plata y en lo que es el salto triple. Teníamos anteriormente a Ximena Restrepo [bronce en Barcelona 92]. Después de Londres hemos seguido haciendo historia, al ser oro en Río, gracias a dios, y seguimos trabajando para eso”. En efecto, en los recientes Juegos en un país vecino al suyo Ibargüen consiguió lo máximo a lo que puede aspirar un atleta: el oro olímpico. Nos cuenta las claves y cómo vivió la final, a la que se clasificó sin problemas y llevó en todo momento sin peligrar en lo más alto del podio: “Conté con una excelente preparación. Era mi competición importante del año, la fundamental, y llegamos en óptimas condiciones, por eso la fluidez de cada salto. Se consiguieron cada una de las metas planteadas en esa competición. Por eso se disfrutó al máximo y se gozó de unas óptimas condiciones físicas. Viví excelentemente la final olímpica. Era mi gran objetivo y se consiguió. Estaba súper tranquila. Quería mucho más, quedé con un sinsabor porque, como atleta de alto rendimiento, siempre queremos más y nos llevamos al límite, queremos un récord mundial…Cada día te vas exigiendo más, yo creo que eso es la clave de esto. Terminé muy contenta, pero hubiera querido más”. Habla Caterine en plural, como lo hacen todos los grandes campeones, sabedores de que, aunque su prueba sea individual, le deben mucho a su equipo. Caterine, además, siente un gran respeto hacia todos sus rivales: “Cada uno de los atletas olímpicos tiene un sacrificio para estar ahí. Cada medalla olímpica tiene una historia y un sacrificio. Cada una de ellas me motiva; de algo se aprende”.

Si, como ella misma nos confesó, en Atenas 2004 se sentía -por su juventud e inexperiencia-  impactada “cada vez que lograba conocer a un campeón olímpico”, al cual ella consideraba “como alguien sobrenatural, como un extraterrestre, era cuestión de admiración” y fue a Atenas “a disfrutármela”, a su segunda experiencia olímpica, la de Londres 2012 fue” con grandes posibilidades de medalla y lo pude conseguir. En Río las condiciones eran óptimas para aspirar a lo más alto que era oro o oro. Cada experiencia ha sido un proceso lento pero creo que seguro. Los tres Juegos Olímpicos que he tenido la oportunidad de vivir han sido excelentes, parte de un proceso. Todos mis Juegos me han llenado de mucha experiencia”. En cuanto a la valoración de sus medallas, la atleta sudamericana las pone en su justa medida: “Cada una de mis medallas me llena de orgullo y de placer porque cada una representa un esfuerzo de ese preciso momento. Londres fue una prueba que me abrió los ojos, que me hizo ver que verdaderamente valía la pena hacer esfuerzos cada día y salí de ahí a preparar lo que fue Río, así que cada una tiene un sabor dulce”.

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LAS HERMANAS WILLIAMS: LAS REINAS DEL TENIS OLÍMPICO

No vamos a descubrir a las poderosas y quasi imbatibles hermanas Williams, muy probablemente las más talentosas hermanas del tenis. Juntas, en la modalidad de dobles, no han tenido prácticamente rival. Cuando juegan por separado, los éxitos de una se han solapado con los de la otra, teniendo en cuenta el escaso año de edad que les separa. Pero las Williams, al margen de sus récords en los títulos de los mayores torneos WTA –destacando los Grand Slams-, innumerables, han sido y quién sabe si seguirán siendo, las mejores tenistas del torneo olímpico. Si juntamos sus medallas estas ascienden a nueve, ocho de ellas de oro y una de plata.

Venus, la mayor (nacida en 1980), se estrenó en cuanto a Juegos Olímpicos con el oro individual en Sidney 2000. Para entonces ya contaba con victorias en tres de los cuatro Grand Slams y se había convertido en una de las sensaciones del deporte de la raqueta. Pocos meses más tarde consiguió otro logro por el que pasó a la historia: ser la primera tenista de color número uno del ránking WTA. Pero es que en esos Juegos del cambio del milenio también conseguiría el oro en dobles femeninos y lo que hacía más especial esa medalla era que la obtuvo con su hermana Serena, que no era todavía por aquel entonces la “monstruo” de las pistas en que se convertiría en los años sucesivos.

Volvamos a la mayor de las Williams, quien recientemente, con 37 años, ha vuelto a volver a casi tocar el cielo de los más importantes torneos tenísticos. Y eso que tuvo que pasar por un largo periodo de inactividad debido a un problema de salud relativamente grave. La estadounidense padece el llamado Síndrome de Sjogren, el cual le causa fatiga y dolor en las articulaciones –entre otras dolencias-, algo básico para un deportista. Venus Williams ha podido con eso y con la edad. Doble mérito de la californiana. Siguiendo con su trayectoria olímpica -y sin entrar en sus numerosos triunfos en el resto de torneos- su doble triunfo en Sidney no pudo ser revalidado en la siguiente cita olímpica, pues en 2004 tendría un mal año, pasando casi desapercibida. Pero en Pekín volvería el triunfo, en forma de nuevo de oro en la modalidad de dobles y, huelga decir, con su hermana Serena. Título que reeditarían en Londres 2012. Cuando ya parecía que estaba acabada, Venus salió de le edición de Río con otra medalla, esta vez plata y en otra modalidad diferente, la de dobles mixtos (junto a Rajeev Ram). Con este palmarés, Venus puede presumir de ser una de las únicas dos tenistas femeninas que han ganado cuatro oros olímpicos. ¿Adivinan quién es la otra mujer con la comparte ese honor? Efectivamente, su hermana Serena.

Las hermanas Williams tras su victoria en dobles en Sidney 2000. Foto de AP

De Serena, un auténtico animal de la pista de la que se ha llegado a decir que podría estar a muy buen nivel compitiendo contra hombres en el circuito de la ATP y de la que se afirma, sin dudarlo, que estando motivada no hay mujer que pueda vencerla, ya hemos mencionado sus oros en dobles en los Juegos de Sidney, Pekín y Londres. Como no podía ser de otra forma, Serena también se coronó campeona individual, en su caso en los Juegos de Londres. Cuatro oros que parecen escaso botín para la que, con poca discusión, puede ser considerada si no la mejor, de entre las tres mejores de la historia del tenis femenino. También hay que tener en cuenta que hubo de renunciar a los Juegos de Atenas (Juegos que parecían gafados para las dos hermanas Williams) debido a una lesión en la rodilla izquierda que se produjo el 30 de julio de ese año en los cuartos del torneo de San Diego contra Vera Zvonariova.

Para cuando se disputaron los Juegos de Pekín Serena era la indiscutible reina del tenis femenino. Era de esperar su oro olímpico en la categoría individual. Sin embargo, no pasó de cuartos al ser derrotada por Elena Dementieva. Tras el esperado oro individual de Londres el mundo seguía esperando lo máximo de Serena en los Juegos de Río. Sin embargo, las cosas se torcieron tanto para ella en el cuadro individual como para las hermanas en dobles al recibir su primera derrota en esta categoría en toda su historia olímpica. Y, dolorosamente, ocurrió en la primera ronda. A nivel individual Serena demostró no estar en forma en dichos Juegos, pues aguantaría solo una ronda más, perdiendo en segunda ante la ucraniana Elina Svitolina.

Quien piense que hay rivalidad entre las hermanas –pues en varias ocasiones han disputado entre sí finales- se equivoca. De hecho, Venus ya afirmó tras ganar el primer oro de dobles en Sidney 2000 junto a Serena que esa victoria era “más grande que la recientemente ganada individual por lograrla junto a mi hermana y amiga, cosa que no ocurre a menudo”. En efecto, ese histórico día del año 2000 se convirtieron en las primeras hermana en ganar el oro en dobles. Más récords olímpicos, en este caso para Venus: ese día también se convirtió solo en la segunda mujer en ganar en individual y dobles, siendo la anterior Helen Wills…que lo lograría en los remotos Juegos de 1924. En Sidney 2000 puede que Venus batiera otro récord, pues ganó once partidos en diez días.

¿Veremos a las Williams en Tokio 2020? Solo depende de ellas, de su forma mental, porque parece que la física no les faltará. Serena ha anunciado que quiere volver al tenis tras su maternidad y ya sabemos que Serena juega para ganar. Venus, pese a que contaría en Tokio con 40 años, ha vuelto por sus fueros y también ha expresado sus deseos de llegar a la siguiente cita olímpica. Los genes, el trabajo, la mentalidad ganadora y una fuerza que tal vez se impulsara aún más en ambas hermanas desde el suceso que vivieron cuando muriera en circunstancias trágicas su hermana mayor Yelunde -asesinada mientras paseaba junto a un amigo en el suburbio natal de las Williams, en Los Ángeles-, han hecho de Venus y Serena Williams las campeones olímpicas (y no solo) que son.

Con el oro de dobles de Londres 2012. Foto de Elise Amendola. The Associated Press

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ELISABETA LIPĂ: LA MUJER RÉCORD CON OCHO MEDALLAS EN SEIS JUEGOS OLÍMPICOS

Les presentamos a la mejor remera del siglo XX. Pese a ello y a ser olímpica en seis Juegos, ganando medallas en todos ellos no se ha convertido en una estrella mediática a nivel mundial. Quizá por ser mujer, más probablemente por su deporte, que podríamos considerar entre los minoritarios y, finalmente, por no tratarse de una deportista estadounidense, rusa o de un potencia europea occidental, sino de Rumanía. Es Elisabeta Lipă y tiene un puesto en el olimpo de los dioses de los Juegos modernos. Porque solo cuatro personas, hombres o mujeres, especialistas de cualquier deporte y en toda la Historia olímpica han logrado lo que ella.

Elisabeta empezó a practicar el remo bastante tarde, a los 14 años, pero no demasiado, a juzgar por sus resultados posteriores. Como se pueden imaginar, es difícil ganarse la vida con el remo y menos en un país con escasos recursos económicos –y más en la época en la que compitió Lipă -desde los 80 en adelante-. De esta manera, la joven  Lipă empezó a trabajar desde los 28 años para el servicio secreto rumano. Pero donde en realidad Lipă realizaba una labor excelsa era remando, con continuas victorias en prácticamente todas las categorías. Ello la convirtió no solo en la remera más laureada de la historia, sino en la más admirada. Sus rivales afirmaban que, cuando se enfrentaban a ella, el saberse compitiendo a su lado les añadía un impulso extra, absolutamente necesario si querían batirla.

A los 14 años un cazatalentos deportivos fue a su escuela de Botoshani. Afortunadamente, captó en ella el potencial que tenía y la llevó a entrenar a Bucarest, al mismo Centro Olímpico de Remo (Rumanía siempre ha sido una potencia en este deporte). Se trataba tan solo de los inicios de una carrera espectacular, llena de bravura y lucha, unida al espíritu de equipo (Lipă ganó medallas no solo individuales, como ya veremos). Y, desde luego, demostró una enorme capacidad de tenacidad, pues su carrera duró décadas.

Sus récords apabullan, aunque de entre todos queremos destacar el de remera con más edad en ganar un oro olímpico. Sucedió en Sidney, récord superado por ella misma en los siguientes Juegos de Atenas. Si hablamos de su longevidad tenemos que citar que su primer campeonato lo ganó con 16 años, en unos Mundiales ni más ni menos. Poco después, con 19 años, disputó su primera Olimpiada, la de Los Ángeles 84 y allí empezó su racha en el podio, ganando el oro en el doble scull.

Elisabeta Lipă suma a sus cualidades la de ser una todoterreno y poder con categorías tan dispares como el single y el ocho. De hecho, se convirtió en la primera persona en ganar oros en esas dos modalidades tan diferenciadas.

Largo sería relatar todas sus medallas en Mundiales y Europeos, pero sí es obligado mencionar sus medallas olímpicas. Tras Los Ángeles de Seúl “solo” se llevó dos platas: la del doble y el cuádruple scull. Otro par de medallas cayeron en la siguiente cita olímpica, siendo éstas el oro en el single scull y la plata en el doble, en Barcelona 92. En Atlanta 96 la cosecha fue escasa, para ser ella: oro en el ocho. Le seguiría Sidney con otro oro en el ocho, medalla que revalidaría en Atenas 2004, con casi 40 años de edad. En definitiva, y citando otro de sus muchos récords: ganó medallas olímpicas –y de oro- con veinte años de diferencia. En absoluto al alcance de muchos. Como muestra del increíble talento de esta remera, el Comité Olímpico rumano la eligió como abanderada no en una, sino en dos ocasiones: en los Juegos de Sidney y en los de Atenas.

Unos 25 años dedicada al remo en el que llegó a retirarse varias veces, volviendo a lo grande otras tantas. Una de ellas fue tras los Juegos de Atlanta, llegando a estar en el dique seco –nunca mejor dicho- durante tres años. Como se sabe, volvió para ganar el oro en Sidney. Otra retirada la hizo tras estos Juegos, pero su espíritu de equipo la hizo regresar para ayudar a la embarcación de ocho rumana clasificarse para los Juegos de Atenas. Ya allí, de nuevo, ganó el oro.

Una vez retirada definitivamente de la práctica deportiva Lipă no ha podido ni querido alejarse demasiado del deporte. Así, ha alternado importantes cargos directivos, entre los que destacan ser la presidenta de la Federación Rumana de Remo, hasta llegar al cargo político deportivo más alto: ministra de deportes, cargo que también ha ostentado otra colega mujer y deportista de élite: la fondista Gabriela Szabo. 

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